La cabaña de Alfred y la mansión del presidente Jackson

La casa Jackson

Crónica de una visita a The Hermitage, residencia familiar de Andrew Jackson, museo y monumento histórico nacional

Por Vicente Morín Aguado

HAVANA TIMES – Alfred tal vez gateaba cuando en 1804 Andrew Jackson compró 425 acres-171 ha-cerca de Nashville, fundando una de las mayores plantaciones de Tennessee, que junto a la mujer de su vida, Rachel Donaldson, bautizaron The Hermitage. Custodiados por abetos del Canadá, en el silencioso jardín a un costado de la mansión señorial, yacen estos tres personajes de nuestra historia.

Era un joven abogado ambicioso, enérgico y asiduo lector, quien había alcanzado magistraturas importantes en un país emergente: Representante a la Cámara, General de la Milicia, luego senador, todo por Tennessee, incorporado a la Unión americana desde 1796, cuando tenía solo 29 años.

Una década antes de fundar esta hacienda había comprado una joven negra llamada Hannah junto a su hija Betty, madre e hija cocinaron sucesivamente durante más de medio siglo para el futuro 7mo presidente de los Estados Unidos. Betty se casó muy joven con el carpintero Ned, otro esclavo, de cuya unión nació Alfred.

Según la “ley del vientre”, los hijos de madres esclavas nacían esclavos. Vienen a mi mente dos lecturas de mi niñez: La cabaña del Tío Tom, y Las aventuras de Huckleberry Finn; esta última aún me anima a cumplir las ensoñaciones adolescentes de vivir en un islote del Mississippi.

Este tío de muchos sobrinos sin considerar sangre genealógica, alcanzó al siguiente siglo en la precaria libertad de un negro recién emancipado de los Estados Unidos. Rachel Jackson murió el 22 de diciembre de 1828, recién electo su marido presidente, aún sin jurar el cargo. El General Andrew, héroe de la célebre batalla de New Orleans-enero de 1815-, que consolidó la independencia de la joven república americana, expiró en su mansión tenesiana el 8 de junio de 1845.

El 5 de mayo de 1863 tropas de la Unión ocuparon The Hermitage, rendida Nashville a los partidarios de la emancipación. Un soldado de apellido Taylor describió el lugar, cuyas impresiones asombran, por su coincidencia, al cronista que acaba de visitarlo:

“El camino de los carruajes está densamente ambientado con pinos, cedros y otros árboles de larga data, lo que casi excluye el sol que brilla en el suelo. Hay caminatas de grava que conducen a todos los lugares a los que una persona quiere ir. Luego fuimos al jardín que está situado en el este de la casa, y está lleno de arbustos y flores de todo tipo. También camina corriendo en todas las direcciones lo que embellece el lugar y le da una mirada fría, ya que nunca vi un jardín diseñado de esta manera”.

Las obras de restauración devolvieron la mansión de los Jackson a su estado de 1837, cuando al abandonar la Casa Blanca, el expresidente se retiró de la política activa. La guerra civil determinó el fin de la oprobiosa esclavitud, que junto a la declinación del boom algodonero de la primera mitad del siglo, sumado a la mala administración de los herederos, llevó a la ruina a una plantación otrora próspera, que llegó a sumar 161 esclavos al morir su fundador.

Es mérito del museo retratarnos con sus diversas facetas al muy cuestionado y a la vez alabado 7mo inquilino de la Casa Blanca, quien entre otras “primeras cosas históricas”, instaló inodoros dentro del habitáculo presidencial. No imagino muy bien cómo se las arreglaban antes los ilustres ocupantes del emblemático sitio. La urbanidad instalada en Washington prevalece en la casa particular del expresidente, donde nos envuelve una atmósfera bucólica, contrastante con el inquieto espíritu guerrero de su propietario.

Memorial a los esclavos.

Mérito no menos importante, las amplias instalaciones abiertas a un público invitado a caminar, recuperan la memoria olvidada del centenar de servidores que allí habitaron, sometidos a la más infame de las condiciones humanas, la pérdida de la libertad.

Además de la profesionalidad de los guías, una abundante información acude a cada paso, brindada en posters que combinan fotografías con textos elocuentes y documentos fotocopiados. En la tienda de souvenirs aguardan publicaciones que asombrarían al visitante cubano: denuncias contra la esclavitud, las guerras que despojaron a los nativos americanos de sus territorios y diversas visiones sobre la controvertida personalidad de Andrew Jackson.

Duele al alma de hoy ubicarse en tiempo y espacio, para comprender una época lejana a la nuestra. Jackson es promovido como “El presidente del pueblo”. Una cita célebre de un discurso suyo dice: “We are the free born sons of América; the citizens of the only republic now existing in the world; and the only people on earth who possesses rights, liberties, and property with they dare call their own.”

Durante su mandato habían más de 2 millones de seres humanos, entre ellos unos 150 bajo su dominio personal, que no podían suscribir semejantes palabras. El ilustre orador, propietario de personas, jamás consideró concederles la libertad.

Se dice y hay pruebas, que cuidaba de la salud de sus esclavos. El dueño de vidas y hacienda era a su vez un incansable trabajador, le apodaron The Old Hickory, cuya interpretación viene a ser hombre obstinado, rudo y esforzado. Una larga calle de Nashville, precisamente convertida en la carretera que nos lleva a The Hermitage, conserva ese título, que alude igualmente a la dura y resistente madera del Nogal.

Se han reconstruido varias cabañas que fueron viviendas de los esclavos, la primera al cruzar las cercas de la casona, perteneció al nonagenario Alfred. Apoyados en la arqueología, conocemos la vida de aquellos trabajadores. Es notorio que tuvieron familias numerosas porque los amos promovían los matrimonios y usaban la preservación de estas uniones como arma persuasiva para conservarlos en calidad de buenos y fieles siervos. No escaseaban los alimentos, según muestran las excavaciones, sumando testimonios de supervivientes, junto a diversos documentos.

La cabaña del Tio Alfred

Esta mano de obra era costosa, los archivos indican entre 450 y 500 dólares de la época por un esclavo. En comparación, para 1820 se pagaban 40-50 dólares por un caballo y el salario de un carpintero en Tennessee era de 40 mensuales.

Andrew había quedado en serios aprietos financieros al adquirir la nueva propiedad en 1804. Vivió durante años en una rústica casa de troncos de dos pisos, luego recortada a la planta baja, siendo habitada por sus esclavos. Solo por el avituallamiento interior es posible reconocer la diferencia entre su condición de vida y la de estos últimos.

Nada ha de extrañarnos en este hijo de irlandeses emigrados, huérfano a los 14 años, de confesión presbiteriana, militar de carrera y plantador de algodón.

En La Ermita nos espera una atrevida mujer llamada Rachel, la primera dama de los Estados Unidos que nunca llegó a serlo, un general de Nogal curtido por el tiempo, y, mucho más admirable, los cientos de hombres, mujeres y niños condensados en El Tío Alfred, quien tuvo el privilegio de convertirse en primer guía turístico del museo, al inaugurarse en 1891.

De la biblia que seguramente los allí enterrados leyeron, bien puede copiarse este epitafio:

Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad. ¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol? Generación va, y generación viene; más la tierra siempre permanece. (Ecl:2-4)

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NOTA: Agradecemos a Pamela Miner, M.A.| Vice President, Collections | Ann Dee McClane, M.S., PCM | Vice President, Marketing & Communications Andrew Jackson’s Hermitage, por su apoyo para la realización de esta crónica.

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