Para tener cervezas más baratas en Cuba, se necesita más cerveza

 

Por Ernest Pérez Castillo  (Progreso Semanal)

HAVANA TIMES – Cualquiera que se tome demasiado a pecho las noticias que rebotan por aquí y por allá, que la gente comenta en las colas de la panadería, que los enamorados se susurran en los chats, pudiera creerse que el paraíso ya está ahí mismitico, casi a la mano, a la vuelta de la esquina, pero no. De hecho, tenemos más cerquita el infierno que el reino de los cielos: un solo descuido, un solo tropezón y nos rompemos los dientes contra nuestra dura y subdesarrollada realidad.

Primero, el que de pronto el Estado aprobara —¡por fin!— una sustanciosa subida de salarios (en un país donde hasta hace solo unas semanas las filas para comprar el pollo le daban la vuelta a la manzana), fue un suceso que nos llenó de ganas y de expectativas. Ahora, que los gobiernos provinciales impongan un techo máximo a los precios de algunos productos que oferta el sector privado, pareciera ser una de otras muchas y futuras alegrías.

Pero… maldita sea la inevitabilidad de los peros, todavía nos quema la certeza fatal de lo sucedido cuando se quiso, también a dedo, resolver con un decreto el asunto de la apretadera y el abuso de los taxistas privados y sus precios aeroespaciales: el decreto o lo que sea está a la sombra, bien guardado donde no le da el sol, muy por debajo de la alfombra, y los taxistas siguen haciendo mal y peor lo que les viene en gana.

Mas, entonces se pudo y hubo solución alternativa, además de inteligente: centenares de microbuses amarillos, importados por el estado y explotados como taxis en régimen de cooperativa, desembarcaron por el puerto de La Habana, y casi, casi se acabó el abuso. Las noches, cuando no hay microbuses, o estos pasan a funcionar en la modalidad de taxis libres, son otra historia. Pero, ¿ganó el decreto? No: ganó la oferta, ganó la competencia y, con todo ello, ganó un poco más la gente.

Ahora que se quiere, después que toda el agua del mundo ha pasado bajo esos viejos puentes, que un refresco cueste tanto y una cerveza no pase de no sé más cuánto, pudiera resultar el tiro saliendo por donde menos se le espera, y que al final la gente igual termine pagando más por debajo de la mesa, o quizá que una por una, la cerveza, los refrescos y todo lo otro que vale y brille en esa lista termine desapareciendo hasta más ver.

A corto plazo —una, dos semanas— puede que la intentona funcione. Después… ¿quién sabe? Porque lo cierto es que más y más controles suelen quedar en más y más subterfugios y más y más corrupción, que no hay un batallón de Robespierres para reforzar el cuerpo de inspectores. Así, una ley apresurada, por más ilusiones, entusiasmos y fuegos artificiales que levante en su promulgación, no termina sino en letra muerta o peor: produciendo, donde hasta entonces no los había, delincuentes instantáneos.

Para que los precios de la cerveza no suban, lo que hace falta no son nuevas leyes, ni más regulaciones ni un millar de inspectores, sino solo tres cosas muy simples y nada más: cerveza, cerveza y más cerveza. Y lo mismo para con todo lo demás. No lo digo yo: eso lo sabe hasta el comunista más ortodoxo, hasta el propio Konstantinov lo podría jurar, con los ojos cerrados y la mano puesta sobre las duras y rojas tapas de El Capital de Carlos Marx.

Porque lo cierto es que para beber una cerveza nacional tienes que ir a un bar privado, y para tomarte un refresco frío se lo tienes que comprar al cuentapropista de la esquina. Los sitios estatales nunca los tienen, o jamás los tienen dentro del refrigerador. Ponga usted más cerveza y más fría en los sitios del estado, y más refrescos y más de todo lo demás, y en ninguna otra parte los precios subirán.

Y la gran tarea pendiente, el gran suspenso, el desaprobado más grande, la responsabilidad última en todo ese asunto la tienen tal vez los decisores que, o no han podido, o no han querido, o han retrasado por la razón que fuere y por demasiado tiempo ya, la apertura de los tan reclamados y al menos de dientes para afuera aprobados, mercados mayoristas, donde el sector privado acceda con precios preferenciales a los productos e insumos que luego venden a la población. Mientras eso no ocurra, poco o nada harán ellos para acercar sus precios a nuestros bolsillos.

Lo que pasa es que hacer una ley para esto, una ley para aquello y una ley para lo otro, es siempre lo más rápido y más fácil. Lo difícil es conseguir que esa ley, después, se cumpla.

Un comentario sobre “Para tener cervezas más baratas en Cuba, se necesita más cerveza

  • Siempre quedaría por reconocer que el estado en su red de restaurantes, comercializa todo esto a precios altos, al igual que las cafeterías, sino llegarse a la cafetería de Galerías Paseo y verán los precios…todo es un batalla en contra del sector privado..ese que ingresa al estado fuertes sumas de dinero, realmente las personas creerán que los cuentapropistas se quedan con todo lo que recaudan..por favor hay que abrir las entendederas…no hay abasto porque además y los hoteles también necesitan de todo esto y en grandes cantidades y eso se garantiza.

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