Con unas cañas entre las manos

Por Alejandro Langape

Entrance to Havana at the beginning of the Cuban Revolution.

HAVANA TIMES – Semanas atrás publicamos un primer trabajo con las confesiones de un sobreviviente de las UMAP.  Hoy seguimos buceando en los despropósitos que también marcan los gloriosos años 60. Y es que como el personaje de Gertrudis en la novela Sangra por la herida, y a despecho de los que prefieren el no me acuerdo y si no me acuerdo no pasó, seguimos en combate contra el olvido con otra historia mínima, la de una guajirita crecida entre las cañas.

Crecida entre las cañas o la madre en una versión no gorkiana

¿Por qué lloras abue, si hay tantas luces, carros, gente?  El niño tenía cinco años y ante sus ojos sorprendidos se dibujaba La Habana, definitivamente una ciudad bien grande, nada que ver con el pueblo más cercano a su casa de campo.

Era un año cualquiera de la década del 60 y el niño vivía en un país insular en perenne efervescencia. Unas horas antes, su madre, la madre en lo adelante, con el permiso de Gorki, había visto llegar a los soldados, había escuchado con incredulidad las palabras del jefe de la tropa. Ella y sus hijos debían acompañarlos. ¿Acompañarlos a dónde, para qué, por qué?

Ella era una simple guajirita, crecida entre las cañas, esperando ser pintada por Romañach (1), hija única que había sufrido la desdicha de ver cómo su esposo era apresado por propiciar ayuda al hermano, jefe de una de las bandas de “alzados” opuestos al nuevo estado de cosas. La madre escuchó las palabras limpia, Escambray. Señor, yo no sé dónde queda el Escambray (2), confesó.

Tampoco valieron mucho las protestas de los padres. La madre preparó las maletas, tomó a sus dos hijos pequeños y se marchó con la soldadesca. En las afueras del pueblo, un grupo de guaguas y los rostros conocidos de otras mujeres: su suegra, cuñadas.

La madre no sabía que años atrás, no lejos de aquel pueblo y siguiendo las órdenes del Capitán General Valeriano Weyler, cientos de mujeres y niños habían sido conminados a un recorrido similar, dejando sus modestos hogares entre la manigua y obligados a mendigar el pan, a morir de inanición en las calles de alguna antigua Villa.

Fidel Castro junto a un grupo de las Ana Betancourt. Foto: cubadebate.cu

La Habana, creída por entonces capital de la utopía, una ciudad cuyas hermosas mansiones eran abandonadas por sus dueños. La Habana, que recibía a miles de muchachas campesinas que aprendieron a coser según el método Ana Betancourt (3) y regresaron a sus humildes bohíos con una Singer que les permitiera crear los más hermosos vestidos. La Habana de luces de neón brillando en las pupilas del niño que apretaba la mano de su abuela y le pedía no llorar.

La madre no conoció aquellas alegres aprendices de costureras, ni a las taxistas vestidas de violeta o las exdomésticas devenidas empleadas bancarias. La madre fue llevada a la casa piloto y al día siguiente supo que estaba en Miramar, que ella, sus hijos y otro montón de hijos y madres, como aquella a la que el susto había dejado sin leche en sus senos, eran parte del Plan Miramar 2.

Y la madre y sus hijos iniciaron una nueva vida, ellos, un tanto ajenos en su inocencia, ella, desvalida en su soledad, aterrada ante el cambio de aires, temerosa ante los límites que las autoridades imponían a su movimiento, llena de preguntas sin respuestas.

Pronto, junto a otras madres, supo que los víveres se adquirían en un local no muy lejano y que cada permiso concedido a una de ellas para llegar hasta allí debía ser aprovechado por las otras para hacer sus encargos, que la posibilidad de dejar aquella vida era incierta y las visitas un anhelo, aunque solo trajesen un par de croquetas mal fritas que los hijos de la madre devoraban ansiosos, mientras el visitante enjugaba una lágrima y la madre intentaba sonreír.

Si las Ana Betancourt, instaladas en el ahora Habana Libre se afanaban en sus labores de corte y costura, a la madre le ofrecieron barrer los suelos en una peluquería, en tanto seguía soñando con la propiedad, ese extraño nombre que sus compañeras de infortunio daban a la carta que te permitía regresar a tu vida de siempre.

Mujeres jóvenes que apenas sabían hervir la leche de sus hijos pequeños, abuelas aquejadas por la artrosis, vidas que de pronto convergían en lo que antes fuera mansión de burgueses siquitrillados. Gracias a Dios y a la Virgen (la madre siempre les rogó en el silencio de la noche y a escondidas, para evitar regaños), la propiedad llegó y pudo regresar a la apabullante tranquilidad de su casa de campo.

Arropada por el chirriar de los grillos, la madre se propuso olvidar aquellos días, que nadie supiese, fingir que nada pasó. A fin de cuentas, también ella aprendió a coser por el método Ana Betancourt, a bordar pañales, a buscar el sustento para sus hijos moviendo con su pie derecho los pedales de una Singer.

Un día vio partir hacia Estados Unidos al esposo, devenido expreso político, y optó por quedarse junto a sus padres. No puede decirse que alguien discriminara a los hijos de la madre. Ambos se convirtieron en profesionales, hicieron sus vidas.

Un día, la hija acompañó a la madre a una gestión en una oficina estatal. Por alguna razón alguien evocó la década de los 60. Uno de los funcionarios negó cualquier tipo de discriminación, represalias, la madre habló del Plan Miramar 2 y el funcionario volvió a negar.

Días después regresaron y la hija mostró al incrédulo funcionario la propiedad, aquella especie de carta de libertad que la madre había guardado por tantos años, que aún guarda y contempla alguna vez, cuando siente que basta de negar, cuando vuelve a preguntarse por qué la arrancaron de su hogar sin haber cometido crimen alguno, sin ser más que una guajirita a punto de ser pintada por Romañach con unas cañas entre las manos.
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Notas:

1-Leopoldo Romañach (1862-1951). Uno de los grandes maestros cubanos de la plástica durante los siglos XIX y XX.

2-Escambray: nombre de una zona montañosa ubicada en la región central de Cuba. Lugar donde se sublevaron personas que no estaban de acuerdo con Fidel y sus políticas. Estas personas fueron conocidas como “alzados”, permanecían en las montañas y recibían ayuda de algunos campesinos y de sus propios familiares. La “Limpia del Escambray” fue una campaña realizada por el gobierno para sacar a los alzados de las montañas, y eso implicó alejar a los campesinos de la zona. Muchas de estas familias no regresaron a sus casas, sino que fueron enviadas a poblar otros sitios, es el caso de Sandino, en la provincia de Pinar del Río.

3-Ana Betancourt: independentista cubana (1832-1901), precursora de la lucha por los derechos de las mujeres. En 1961 pusieron su nombre a una escuela para campesinas. De todas partes del país se reclutaron mujeres del campo que aprendieron corte y costura, luego se les regaló una máquina de coser Singer, para que se independizaran económicamente. Las muchachas, conocidas como “Las Anitas” se alojaron en el hotel Nacional de Cuba y allí funcionó la primera etapa de la escuela; más adelante se habilitaron espacios para las clases en lugares cercanos a donde vivían las estudiantes.


One thought on “Con unas cañas entre las manos

  • el 5 noviembre, 2018 a las 9:54 am
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    Interesante articulo, no nos podemos permitir olvidar, el gob cubano se ha tomado muy en serio lo de cambiar la historia, y quiere dar borron a todas estas cosas, quieren sepultar los hechos y despues seguri donde estan.

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