Mi llegada a Colombia

Nonardo Perea

HAVANA TIMES – Estaba a punto de arribar, había sido un viaje de unas 5 horas, y aún creía imposible estar sentado en la parte delantera de un taxi que transitaba por una ciudad desconocida. El trayecto rumbo al hotel Sheraton era de unos 29 kilómetros.

El conductor tenía una apariencia pulcra, y más que chofer parecía un guía turístico, porque sin titubear respondía cada una de mis preguntas, interrogantes de un pasajero que llegaba de otra tierra y que carga con una realidad completamente diferente, una realidad un tanto absurda, disfuncional, y a veces hasta surrealista, le dije- soy cubano. Él se emocionó, sonrió y fue aún más amable.

Se interesó más en mí,  por lo que comenzó a hacerme preguntas, las que respondí de una manera escueta, le narré el ataque de pánico que me había dado en el aeropuerto José Martí en La Habana, poco antes de cruzar por la zona aduanera, ahí donde muestras el pasaporte y te hacen mirar con fijeza a un pequeño ojo que tal vez hasta te escanea por dentro. Justo en ese instante, te tiemblan las piernas y las manos, el ritmo del corazón se acelera, las nalgas te sudan, y te embarga una sensación rara como la de estar dentro de un sauna.

Es como una tortura, eso de no saber si te permitirán salir libremente – le dije, y por la cara que puso pareció no entender mi historia.

En tono de broma le pregunté si en la región había animales peligrosos, como culebras venenosas, serpientes u hormigas asesinas, le hice la interrogación porque en el trayecto del viaje leí un cartel donde solicitaban cuidado en la vía por animales sueltos- pueden ser armadillos, pero no, no hay animales peligrosos acá, eso podría ser en la selva, aquí no, – me dijo.

Poco a poco vi cómo entre las montañas resurgía una gran ciudad que parecía estar siendo tragada por un hueco, guardé silencio ante el instante, la vista era hermosa, tanto que me hizo imaginar que se trataba de un sueño, uno de esos que parecen reales, pero que al final no lo son.

Había llegado el momento de llegar al hotel. Salimos del auto, coloqué mi bolso tras la espalda, el taxista retiró el equipaje del maletero, en poco tiempo apareció el botones del hotel que muy solícito se acercó para ayudarme con la carga. Ya en el lobby se acercó para preguntarme- le puedo ayudar con el morralito. Me quedé mirándolo fijo a la cara, y volvió a reiterarme la pregunta- ¿le puedo ayudar con el morralito?, miré a todos lados, no conseguí entender su pregunta- le dije- no entiendo, entonces comenzó a hablarme en inglés, no pude retener la risa- yo hablo español, no inglés, lo que no entiendo es lo del morralito- Le expliqué.

El botones me sonrió- Es lo que lleva tras la espalda- me dijo, y yo me eché a reír, la situación me hizo saber que no estaba precisamente en un sueño, había llegado a Medellín, Colombia, un lugar donde las personas tienen otras formas de decir las cosas, y, sobre todo, son muy amables.

Nonardo Perea

Nonardo Perea: Me defino como una persona observadora, me gusta escribir con sinceridad lo que pienso y vivo en carne propia. Para mí resulta un tanto difícil el dialogo, soy tímido y de pocas palabras, es por ello que considero que mi mejor medio de comunicación es la escritura. Vivo en Marianao y tengo 40 años.


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