Mi Robotrón

Caridad

Llega la temporada de los tiernos huracanes y la gente echa fuera de su casa los trastos que ya no quieren guardar. Lo hacen antes y después de un huracán. Creo que no quiero saber por qué.

En uno de esos bultos callejeros, llenos de cartones, chatarras, muñecos viejos, encontré ayer una Underwood, maquinita de escribir que nunca soporté por sus letras pequeñas, difíciles de leer.

Siempre preferí mi Robotrón.

La Robotrón viene de la antigua URSS y es un típico equipo ruso: tosco, pesado y resistente. Me la prestó (cuando yo tenía 20 años) un pariente que, a su vez, la robó de alguna oficina donde no se le daba uso. Todavía no la he devuelto. En aquel momento fue parte de mi sueño realizado.

Desde los 12 años me había hecho adicta a escribir “novelas” y ya era hora de tomármelo en serio. Así mi flamante Robotrón me acompañó en mis horas más felices y tristes. Sus teclas un poco rebeldes me ayudaron en el surgimiento de numerosas tendinitis, pero también en más de 10 libros, muchos de ellos perdido entre mis amistades, concursos literarios o comidos por las siempre necesitadas cucarachas.

En la era de la digitalización comencé  a lucir extraña con mi armatoste difícil de ubicar en algún sitio de mi cuarto. Nunca he podido escribir con comodidad. Pero mi Robotrón es mejor que nada. Mejor que el sueño de salir de Cuba – por unas semanas – pedir una carta al ministro de cultura para poder entrar una computadora (hasta hace un año esta prohibida la entrada de estos equipos al país. Ahora las venden en las tiendas en divisa, pero mi sueldo esplendoroso no pienso gastarlo en una maquina tan inservible, viciosa y rápida).

En los próximos meses – si no ocurre algún descalabro supremo – saldrá a las librerías una novela que amo mucho: Lía el sexo oscuro.

Era época de ciclones, también, cuando la escribí. Fue muy extraño escribir en medio de un huracán (de esos que demoran díiiiiiaaaas en tocar tierra y mientras tanto nos regalan muchísima lluvia).

A juzgar por tanta agua a mí alrededor la novela debió llamarse Lía, la purificada o algo así. Pero más allá del tema de lo que escribí fue otro el detalle que me llevó a nombrarla de ese modo.

Ya comenté que estamos en la era digital. Del mismo modo en que  escasean los productos para la fotografía analógica, los implementos de máquina de escribir están cada día más desaparecidos. Así que hace unos años encontrar una cinta para máquina era tan fácil como dar a comer a un dragón.

Pero los dementes que jugamos a envolver nuestra locura en palabras no entendemos mucho de dragones y cintas perdidas. Necesitamos escribir condenadamente.

Encontré unas cuantas hojas de papel carbón y me puse a escribir a Lía en mi Robotrón. Es relativamente fácil ese asunto de escribir usando una hoja en blanco con una de carbón encima. Aunque solo puedas verlo todo negro mientras escribes, al menos tienes la seguridad de que no se borrará tan fácilmente.

De vez en vez se necesita recodar lo que está escrito al inicio de la página, fácil: quitas las hojas, lees, vuelves a colocarlas y tratas de que coincida con la oración que dejaste a medias.

Mi primera novela me llevó casi 1 año hacerla, la segunda (Lía…) fue escrita en solo 15 días. Creo que lo del papel carbón fue una buena técnica, sobre todo para terminarla tan pronto.

En realidad ya no estoy usando a mi noble Robotrón, pero no me animo a lanzarla a la calle como si fuese un objeto sin alma. Ahora me resulta menos peligroso escribir en una libreta, con un bolígrafo que a veces se extingue en la mejor parte del relato, pero al menos su tinta es azul, como el cielo, sin huracanes.



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Niños paseando por un caballo, La Habana.  Por Amanda Suarez (EUA).  Cámera: Samsung G9

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