De Rusia me vino el egoísmo

María Matienzo Puerto

Foto desde la Feria del Libro de Caridad

Que la Feria Internacional del Libro de La Habana esté dedicada a Rusia, hace que se me pongan los pelos de punta. Tengo miedo que se vuelva a instalar en nuestro territorio la aristocracia en aquel entonces soviética, pero en esencia rusa; y que sean ellos quienes impongan estéticas y precios, en el mercado estatal y en la bolsa negra.

Yo era muy niña y solo recuerdo con agrado los libros ilustrados con planos a troquel, o los animados, quizás demasiado densos para el trópico, con los que crecimos unos cuantos por acá.

También recuerdo a mi mamá comprándole a una rusa unas enormes cintas para hacerme luego unos moños más grandes aún, o los zapaticos “cuidado que te tumbo,” que acababan con mis pies. Hasta eso me atrevo a recordarlo con nostalgia.

Es que pese al empeño de mi madre por querer que pareciera una niña aplicada, con esos detalles a lo único que contribuyó fue a exacerbar mis ansias de molestar al prójimo que tuviera más poder que yo.

No puedo hacer un análisis económico, político e ideológico de las cosas que nos pasaron a nosotros los cubanos por recostarnos al colonialismo ruso, pero sí me atrevo a contar lo que le sucedió a una vecina Nadia.

Éramos dos niñas. Ella quizás unos años mayor que yo, pero éramos dos niñas negras: yo de padres cubanos, ella hija de una rusa y un negro militar cubano; yo con todas las libertades que se me permitieran y ella mirando siempre a través del cristal; yo de visita en casa de mi abuela y ella en un enorme castillo construido en la década el ochenta en medio de un barrio residencial.

Y no era que padeciera alguna enfermedad que la imposibilitara, es que su madre no quería que se mezclara con los niños que éramos nosotros, capaces de cometer las más grandes atrocidades como tirar piedras, jugar a la pelota en medio de la calle o estar una buena cantidad de horas al día, sucios. O sea, los apestados éramos nosotros.

Mentiría si no contara la dos o tres veces que yo, con la mediación diplomática de mi abuela, logré entrar en la fortaleza y comprobar con mis propios ojos que su habitación era hermosa, dividida por un arco que marcaba el espacio de recreo y de estudio del dormitorio, y que los ventanales que se veían de la calle, a través del naranjo de su jardín, permitían que los rayos del sol conspiraran con la temperatura y la iluminación agradables.

De los juegos no creo haber disfrutado mucho, porque además de preferir la calle y el aire libre, la rusa me miraba como queriendo pulverizarme. Con los años fui yo quien no quiso compartir más mi presencia con ella.

Después me enteré que, con el derrumbe el campo socialista, la rusa se fue y no miró para atrás donde dejó a la hija (como sucedió con Macha, otra amiguita del preuniversitario). Puede que el padre no se lo haya permitido, no sé, me resisto a creer en los malos sentimientos de las rusas, aún cuando no quisieran mezclarse.

Ya para entonces había creado algo así como a una mulata equivocada. Nadia nunca quiso retomar eso de las relaciones sociales. Las rebeldías de la adolescencia la cogieron sola con un padre tratando de rehacer su vida y los gritos se sentían en la calle. Si le hizo falta alguna amiga, al menos en mí no la pudo encontrar, y sé que en nadie más del barrio.

Maria Matienzo

Maria Matienzo Puerto: Una vez soñé que era una mariposa venida de África y descubrí que estaba viva desde hacía treinta años. A partir de entonces construí mi vida mientras dormía: nací en una ciudad mágica como La Habana, me dediqué al periodismo, escribí y edité libros para niños, me reuní en torno al arte con gente maravillosa, me enamoré de una mujer. Claro, hay puntos que coinciden con la realidad de la vigilia y es que prefiero el silencio de una lectura y la algarabía de una buena película.



2 comentarios sobre “De Rusia me vino el egoísmo

  • Hacía días que no entraba a Havanatimes y hoy accedo a la página y me encuentro con un artículo de febrero que de cierta manera es irrespetuoso, por generalizador. Se titula “De Rusia me vino el egoísmo” y la autora es María Matienzo. Leyendo su nota recordé algo leído hace mucho tiempo. A Churchill le preguntaron que qué creía él de los franceses, a lo que respondió: No sé, es que no los conozco a todos. Contrario a Churchill respecto a los franceses, imagino que María Matienzo conoce a todos los rusos, absolutamente a todos. Ese pensamiento totalmente inductivo de la autora en asuntos que no pertenecen a las matemáticas es peligrosísimo, por generalizador. Inducción aparte, es pensar demasiado reduccionistamente. Es asumir con carácter de ley una experiencia personal. Observe que no estoy negando que esas familias rusas que ella conoció fueran así como ella las describe, pero de ahí a firmar que su egoísmo le viene de Rusia, es realmente excesivo…

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  • Es afirmar que el individualismo, el egocentrismo y la ingratitud, por citar sólo 3 posibles sinónimos, son privativos de un país. Si yo fuera ruso me ofendería pero tratara de comprenderla. Culpa a los rusos, a los rusos como nación, de los zapaticos “cuidado que te tumbo”, de imponer estéticas y hasta de poner precios. Seguro estoy que la autora no quiso ofender a los rusos. Posiblemente fue una experiencia muy fuerte que no ha sabido trasmitir en su nota o hay en ella demasiada inmadurez como para hacer un análisis más serio de su experiencia.

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