La insegura legitimidad del insulto

Origami con dólares. Freepik

HAVANA TIMES – En Cuba, como en cualquier otro lugar del mundo, existe algo así como un cierto código no escrito que determina que: uno debe escandalizarse ante ciertas incidencias. Quizás hasta más por unas que por otras, pero no se trata de delitos previstos y sancionados por la ley, sino de determinadas contravenciones o presuntas indisciplinas, por las cuales no pasa nada extraordinario, pero que si las cometes las personas presentes o cercanas se detienen y te miran o se miran entre ellas, de un modo que denuncia un estado de desaprobación como si fueras una amenaza, y ellas estuvieran en el primer escalón del insulto.

Sería agobiante establecer una serie de tales circunstancias. Dejo un par ejemplos, tan sólo como pruebas de que se trata de paradigmas sólidos que en su momento parecieron inamovibles; sin embargo, décadas después se desvanecieron y dieron lugar a otros.

Antes del año 1959 del reciente pasado siglo XX, al menos en Cuba, que yo sepa; si una muchacha se divorciaba era casi una tragedia, pues el hecho de separarse del marido la dejaba en la mirilla del descrédito, la señalaba como una presa fácil, un tanto menos que una prostituta; no porque las prostitutas fueran mujeres que tuvieran a todo el pueblo gritándoles improperios e insultos por donde pasaran, sino todo lo contrario, eran prácticamente ignoradas o tratadas con un respeto hipócrita, no irónico, lo cual sería visible; sino que todo el mundo sabía quiénes eran y ellas sabían lo que de ellas se pensaba, aunque no fuera dicho. La gente se miraba, y las miraban. ¡Punto! Y aquello era suficiente desastre, porque ahí estaba la ofensa.

La divorciada era, también, como un agravio, para las personas decentes. Era la moralmente sucia, caía en el limbo del peligro de convertirse en una cualquiera, por dos razones; una, si era ella quien se separaba era prueba de hacerlo muy a conciencia. Ya eso era más que una culpa; y dos, si era el marido quien la rechazaba, pues ¡qué mayor seguridad! Eso ya le ponía el cuño. El status de mujer divorciada era comosinónimo de mujer libre, era una sarna moral, para ella y para su familia; y las personas decentes sentían el deber de ofenderse silenciosamente, como corresponde a alguien digno.

Hoy en día, divorciarse es un acto de libertad, y hasta se aúpa y vitorea a las chicas divorciadas y se estimula, a las que se sospecha que no llevan un feliz matrimonio, para que se divorcien.

Por otra parte, a mediados de los años sesenta, del todavía siglo XX, en Cuba, poseer dólares era delito penalizado con pérdida de la libertad; no recuerdo por cuánto tiempo, ni si era estar preso en celdas o sólo trabajando en alguna granja. El caso era que venía la policía y algunos vecinos debían acudir a la casa del presunto transgresor de la ley, para participar como observadores del procedimiento policial y ser testigos de la veracidad del delito cometido. Aquello entonces, no sólo era la contravención de una ordenativa, sino la manifestación del desacato a los dictados de la Revolución, algo mucho más grave que ser un delincuente común.

Todo el mundo sabía, sin que fuera alguna vez avisado, que aquella familia había caído en algo tan infortunado como un hueco negro, y se percibía que los vecinos miraban a aquellas personas quienes hasta pocas horas antes eran, también, como otros vecinos, como si fueran seres extraterrestres –pero de los malos– agarrados in fraganti.

Aquella fue la primera vez que vi dólares en billetes. Yo era a la sazón, un niño de catorce años y, por tanto, conocía las monedas del dólar estadounidense, de uno, cinco, diez y veinticinco centavos que habían sido corrientes en el país desde la fundación de la república, pero ¡lo que me sorprendió de veras! fue ver ¡radios de bolsillo que funcionaban con pilas! Y, aquello, sí me dio la impresión de que algo ¡muy grave! estaba ocurriendo.

Incuestionablemente una familia con tan elevado nivel de vida, en un barrio en las afueras de La Habana, era algo bochornoso, para la época; era como una ofensa al pueblo, al proletariado… Se comentó que Manolo –quien, por tener dólares guardados (nunca supe cuántos)– estuvo preso casi un año, hasta que comenzó a salir de pase; era un agente de la CIA, un espía, en fin; un tipo ¡con toda seguridad! peligroso. ¡Qué vergüenza! Y ese individuo vivía entre nosotros, como si fuera una persona normal. No podía existir algo más horrible.

Antes del año comenzó a salir de pase semanal y meses después lo soltaron. Manolo, aunque logró disfrutar la gloria de la heroicidad al quedar libre, terminó, como tantos otros, instalándose con su familia en Miami.

Unas décadas después, a mediados de los años noventa todos teníamos, otra vez en Cuba ¡dólares! Desde entonces y hasta hace poco, tenerlos fue algo cotidiano, permitido, autorizado y absolutamente legal. Pero sigue siendo un gran problema, aunque no jurídico, el asunto hoy es lograr adquirirlos.

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Eduardo N. Cordovi

Nací y vivo en Lawton, La Habana, el 29 de octubre de 1950. Ceramista, pintor y tallas en madera. He publicado en diarios y revistas del país y en la revista peruana de circulación continental Menú Journal. La Editorial Oriente publicó en 1989 mi libro, Bebidas notables, publicado también por loslibrosdigitales.com junto con mi novela Conspiración en La Habana.

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