Controlando mentes

Caridad

Es un mito, un sueño o verdad a medias. Se han hecho películas, páginas web, libros y debates de todo tipo sobre los proyectos del gobierno norteamericano para controlar la mente de la gente, hacer de ellos autómatas que obedezcan las más disparatadas órdenes.

El poder es la obsesión.  El motivo de ir detrás de esa idea.

Dicen que los estudios datan de finales de las décadas del 40 ó 50, con aquel proyecto Blue Bird.  No soy especialista en el tema.  Pero me causa mucha gracia cómo tanta gente se apasiona con el probable complot del control mental.

Es relativamente fácil, para los cristianos, referirse al Diablo como el poseedor del Mal.

Si no existiese una figura (con nombre, historia biográfica) sería muy difícil, para el común de la gente, referirse al centro del Mal.

Pero esas eran otras épocas, cuando Dios estaba aún vivo.

Ahora el llamado “progreso,” la informática, el viaje a la luna, han sacado a las personas de las historias bíblicas y las han colocado en un mundo aparentemente más desarrollado.  Pero es mentira, sigue siendo el mismo.  Continuamos siendo los mismos.

Que nos movamos a mayor velocidad no cambia las ansias de poder de unos y el miedo de todos.  Son esas las dos coordenadas que guían al ser humano.

Si en el año III los viejos contaban a los jóvenes, alrededor de la fogata, sobre un ser que manipulaba sus corazones y les hacía pecar en contra de sus dioses y semejantes; ahora nos sentamos frente a una pantalla u hoja de papel que nos contará sobre el complot de científicos comprados por poderosos, que mediante sofisticadas técnicas nos harán cometer actos inusuales, a su favor.

Lo mismo en el siglo III que en el XXI pestañearemos asombrados y dispuestos a digerir la magnífica historia.

Me pregunto, ¿qué necesidad habría de colocar un chip, o enviar alguna clase de ondas a nuestros cerebros, si el control mental está, de por sí, garantizado?

¿No somos, no actuamos como nos pide la sociedad? ¿Quién está a cargo de la sociedad? ¿No son los poderosos?

Si quiere que las mujeres se conviertan en muñecas de silicona, ahí están las mujeres convirtiéndose en muñecas.  Si también han de convertirse los hombres, ahí están.

Los prisioneros del capitalismo son autómatas, en su mayoría.

Los prisioneros del socialismo son autómatas, en su mayoría.

El poder, sea cual sea, tiene mecanismos suficientes (sutiles y no) para hacer de nuestras vidas lo que ellos necesitan.

Un proyecto investigativo, experimental, es lo de menos.  Somos un gran laboratorio.  Y es mejor, como con la historia de Satanás, crear un nombre para culpar, para desviarnos del verdadero controlador.

Hace unos días, por fin de año, la televisión cubana nos regaló una película para adolescentes.

Un joven, que desertó de la Armada norteamericana, vive en la calle y es contratado por 3 adolescentes para que resuelva sus problemas escolares (clásicos):

–          un condiscípulo mayor, que abusa de ellos

–          una muchacha difícil de conquistar

El problema del  protagonista – lo que le hizo ser un desertor – es que está por la NO Violencia. No quiere dañar a nadie, mucho menos matar.

Luego de varias peripecias, desengaños, el protagonista “aprende” a amar a los chicos que lo contrataron, y para demostrar ese amor “aprende” a golpear para defender lo amado.  Se convierte en héroe local, por supuesto.

No hacen falta hogueras para sentarnos alrededor, el control mental está garantizado.



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La mujer y las olas, La Habana, Cuba.  Por Marc Heft (EUA).  Cámera: iPhone 6s

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