Cambiar la democracia representativa por la socialista participativa

Por Pedro Campos

“Cuba es un Estado socialista de trabajadores, independiente y soberano, organizado con todos y para el bien de todos, como República unitaria y democrática, para el disfrute de la libertad política, la justicia social, el bienestar individual y colectivo y la solidaridad humana.”  (Artículo 1ro de la Constitución cubana)

Mis Propuestas Programáticas para un Socialismo Participativo y Democrático, señalan:

Balcones de La Habana - foto: Caridad

“Realizar algunos cambios en la estructura del Estado: La República democrática revolucionaria directa de los trabajadores, es el tipo de estado transitorio que más parece corresponder a los anhelos actuales del pueblo cubano y que puede viabilizar la realización del Socialismo Participativo y Democrático. Por el apoyo popular y la solidez democrática de sus estructuras sería el estado más fuerte posible. Su esqueleto sería el del Poder Popular, pero pleno de contenido participativo y democrático.

“Todo el poder decisorio y legislativo fundamental –constituyente- recaería totalmente en el pueblo para los aspectos nacionales y municipales más importantes que afecten a todos, los que deberán ser sometidos a referendo.”

Aunque estos lineamientos dejan bien establecidos los principios generales que sugerimos en relación con el tipo de democracia que demanda el socialismo,  el tema precisa de mayor elaboración y como han pasado casi dos años desde la presentación de las Propuestas Programáticas, sin que se haya realizado ningún cambio en el sistema electoral, va siendo necesario hacer algunas puntualizaciones al respecto, siendo el momento oportuno por las recién celebradas elecciones para delegados municipales, más que todo de carácter simbólico puesto que los elegidos carecen de todo poder real.

Una de las cosas que debe cambiar, antes de las próximas elecciones, es el carácter indirecto y representativo de tipo burgués de nuestra actual democracia, muy distante de la que necesitamos y correspondería al Socialismo, donde el poder debe ser ejercido por medio de la participación directa, sin intermediarios, por los trabajadores y el pueblo, de manera que pueda hacerse realidad la República democrática revolucionaria de los trabajadores.

Y la razón principal es muy simple, no parecen posibles los cambios socio-económicos de fondo que necesita la sociedad cubana para avanzar hacia el verdadero socialismo, si no se realizan también modificaciones en la ley electoral y en algunos artículos de la Constitución que limitan severamente la participación directa y decisoria del pueblo y los trabajadores en el actual sistema político cubano, que lo hacen burocrático y verticalista y le permiten mantener centralizadas las decisiones de todo tipo que  imposibilitan a los trabajadores y al pueblo ejercer el papel protagónico que les corresponde en la política y la economía del socialismo.

Mal que nos caiga aceptarlo, nuestro sistema político actual, con todos sus avances democráticos, no rebasa los marcos de la democracia burguesa, por su forma similar de representatividad;  por su contenido, ya sabemos que los trabajadores nada deciden en Cuba y por eso estamos como estamos.

Hemos de reconocer que hasta ahora el sistema se ha basado en la confianza casi absoluta del pueblo en la dirección que es la que siempre  ha tomado todas las decisiones importantes. Pero la situación ha cambiado. El Jefe de la revolución ya no está en plenitud de facultades físicas, 50 años de mismo gobierno y mismas políticas no han dado los resultados esperados, el pueblo no es el mismo que hace medio siglo, el mundo ha cambiado y el “socialismo” que aquí se sigue intentando ha fracasado en todas partes. El progreso de la socialización/democratización, así estancado, tiene a la Revolución en peligro de reversión.

La dirección que lleva más de medio siglo en el poder, no parece asimilar los criterios que las bases del partido y la sociedad vienen exponiendo desde la caída del “campo socialista,” hace ya dos décadas, los cuales se incrementaron y profundizaron en los años posteriores, especialmente desde que Fidel en el 2005 advirtió la posibilidad de que los propios revolucionarios destruyeran la Revolución.

Ya nos acercamos a cumplir 5 años de aquella declaración y, en realidad, los cambios y movimientos realizados en el gobierno  nada en esencia han afectado la concepción centro-estatista de la economía y la política, ni siquiera el gobierno ha presentado ante el pueblo un plan integral para superar la situación, a pesar de los millones de intervenciones y planteamientos que se han hecho en los debates oficiales, en las instituciones académicas del país, en los medios digitales y hasta –limitadamente- en la propia prensa del Partido y de las propuestas de politólogos, filósofos, economistas y científicos sociales en general, socialistas del patio y de todo el mundo político de la izquierda internacional.

El gobierno de Raúl Castro atribulado por la multiplicidad de problemas acumulados, sin soluciones al alcance de los mismos binoculares, confía en resolverlos con más disciplina y cambios de funcionarios, cuando la solución está en cambiar el obsoleto sistema de concepciones predominantes sobre el socialismo.

Al parecer, entre esos valiosos y apreciados compañeros, sinceramente interesados en preservar la revolución y hacerla avanzar,  predominan –indistintamente- el temor al cambio, los viejos esquemas neoestalinista, los compromisos contraídos, la confusión entre Revolución y dirigentes y entre lealtades a los principios y a las personas y otros prejuicios que impiden hacer las transformaciones necesarias hacia la socialización y democratización del poder económico y político, única manera de prolongar todo lo bueno de la obra que ellos encabezaron. Se aprecia  muy concretamente en relación con la entrega de las empresas agrícolas, industriales o de servicios al autogobierno de los trabajadores que conllevaría a la eliminación de la casi totalidad de la burocracia que hoy disfruta prebendas extra-salariales.

No es una cosa de fidelidad al proceso

No hace falta hacer votos de fidelidad al proceso revolucionario. A estas alturas del “juego,” con los graves problemas de corrupción y burocratismo, con la profundidad alcanzada por la crisis sistémica y la falta de diálogo en el seno del campo revolucionario, está muy claro que la revolución hoy, ahora, no se sirve con lisonjas, triunfalismos  ni guataquerías, sino con propuestas concretas de soluciones. Parafraseando a Martí, sustituyo la palabra libertad por revolución: “Solo sirve dignamente a la revolución el que, a riesgo de ser tomado por enemigo, la preserva sin temblar de los que la comprometen con sus errores.”

Desde que el historiador y crítico francés Hippolyte Taine (1828-1893) abordó el tema de la centralización del poder (Luis XIV , “L’État, c’est moi” –El estado soy yo) como la extrema causa responsable de la inestabilidad política en Francia,  que venía tratándose desde Montesquieu con el equilibrio de poderes -El espíritu de las leyes, 1748-, muchos burgueses modernos aprendieron la lección y cuando se hicieron con todo el poder a costa de la nobleza feudal, buscaron siempre alguna ponderación a la que contribuyó la socialdemocracia, especialmente en el Siglo XX.

Desgraciadamente, la subestimación y el desprecio de los valores de la cultura política anterior por el estalinismo predominante en el movimiento socialista en el Siglo XX, que tanta influencia ha tenido en nuestro proceso revolucionario,  llevaron a muchos estadistas del “socialismo real”  a desestimar aquellos aspectos de la política concreta; y los revolucionarios cubanos no somos la excepción.

Se nos pide confiar, dada nuestra “ignorancia,” y esperar, como durante décadas a que decidan los que sí saben y han conseguido traernos al estancamiento en que estamos. Pero ya no es posible ocultar todas las taras del “socialismo del siglo XXl” que aquí se sigue cultivando. No queremos desembocar en el capitalismo salvaje a donde fueron a parar los países del “viejo socialismo.”

Vivimos un cambio de época, de concepciones, de generaciones, de tecnologías, de comunicaciones, de armamentos, de intereses, donde la partidocracia, el sectarismo y el hegemonismo están en crisis ante el crecimiento y el empuje de la diversidad de organizaciones de la sociedad civil para el autogobierno del pueblo, más cultas y libres, cada vez más conscientes, capaces de auto gestionarse y la sociedad cubana no es la excepción, gracias precisamente a la revolución cultural que hemos vivido.

Continuar con los actuales procedimientos electorales súper controlados desde arriba, en verdad solo serviría para tratar de eternizar en el poder a un grupo determinado de figuras, cuyos valores como personas no cuestionamos; pero que defienden el  sistema burocrático estatista que ya demostró su fracaso aquí y en todas partes y que viola en todos los sentidos el espíritu democrático, popular, socialista y martiano de nuestra constitución.

Socialismo quiere la mayoría del pueblo. Continuar con el capitalismo monopolista de estado que en verdad encubre el “socialismo de estado,” no. Tampoco regresar al período previo al 59. Y socialismo es socialización de la apropiación de la propiedad y del excedente y democratización plena de la vida política, nada tan lejos como la concentración del poder económico y político en un aparato burocrático que todo lo decide.

El inmovilismo maniqueo, al igual que el imperialismo y sus acólitos solo reconoce dos opciones: el “socialismo de estado” fracasado, o la vuelta al pasado semicolonial dependiente de EE.UU. disfrazada de transición democrática hacia la restauración capitalista. Pero hay que darle la oportunidad al pueblo de manifestarse sobre el socialismo de verdad, el auténtico, la  única forma de alcanzar la utopía martiana: “con todos y para el bien de todos.”

Participacion no es solo votar

En la propaganda oficial para estas pasadas elecciones a delegados de base del Poder Popular, algunos funcionarios del gobierno y periodistas calificaron el sistema electoral cubano como participativo. Si lo de participativo se refiere solo al hecho de asistir a las urnas, entonces no hay dudas de que lo sea.

Pero lo que da carácter participativo a un sistema democrático, no es que la gente vaya masivamente a las urnas, sino que participe activamente de las decisiones de todo tipo que afectan sus vidas; y todos sabemos que en Cuba los ciudadanos ni eligen directamente a los gobernantes del país, la provincia o el municipio, ni deciden nada directamente en política ni economía; ninguna ley, -salvo la Constitución de 1976 y su modificación del 2002-, ha sido sometida a referendo popular.

El  nivel de circunscripción, que debería ser el más importante, es solo un componente mínimo del conjunto del sistema político de gobierno,  y de acuerdo con las leyes actuales, estas pasadas elecciones  solo elegían a un “delegado” –sin poder de decisión alguno- a la Asamblea Municipal cuya dirección solo puede “gestionar,” ante los Ministerios con poder, la solución de los problemas de los ciudadanos del Municipio y administran un pequeño presupuesto ya predeterminado desde arriba.

Todos saben que los presupuestos nacionales, provinciales y municipales se aprueban en la Asamblea Nacional a propuesta de los ministerios y que no existe ninguna relación entre los impuestos que se cobran en cada municipio y los presupuestos que se les asignan.

Igual se sabe, que esos delegados de circunscripción que acabamos de elegir no poseen poder alguno para decidir algo en este sistema autoritario, donde todo el poder decisorio reside en el aparato estatal centralizado que concentra toda la renta nacional  y decide la política de inversiones en cada empresa, en cada municipio, mientras que son los Ministerios los que poseen los recursos, cuyos Jefes designados, que nadie elige,  nombran a sus delegados provinciales y municipales y a los Directores de las empresas y los Directores de las empresas a sus colaboradores más allegados y Jefes de brigada y de turno y así es todo verticalmente para abajo, en un sistema clientelar buró-partidocrático que se presta a la corrupción por ausencia de control de las bases y sin rotación ni tiempos límites en los cargos.

Los delegados recién electos son simples transmisores de quejas y sugerencias para arriba y de decisiones para abajo. Se vota por ellos solo a partir de una biografía y una foto que se pone en un lugar público, sin ningún intercambio previo entre los propuestos y los ciudadanos que les permitan a estos aquilatar la capacidad y calidad política del futuro delegado, factor que, unido a la falta de poder del delegado,  convierte las elecciones a este nivel en un trámite de valor simbólico más que nada, al que se asiste por muchas razones, entre ellas, para “demostrar apoyo al proceso revolucionario,” que lo hay, porque la gente quiere más revolución, más socialismo y no desea retorno al pasado oprobioso.

Pero sería desacertado interpretar el voto masivo en estas elecciones de base, como apoyo al inmovilismo. No. Se trata del apoyo a la continuidad para el cambio positivo que prometió Raúl en algunas de sus intervenciones. La asistencia fue masiva a las urnas porque todavía la gente tiene esperanzas en que saldremos del estancamiento, avanzaremos hacia el socialismo y porque no quiere dar una señal que el enemigo pueda mal interpretar. Muchos fuimos a votar por eso, a sabiendas de que votábamos por un delegado que nada puede hacer por su gente del barrio.

También es sabido que este sistema no es directo, sino representativo, al igual que todos los sistemas políticos burgueses, pues son los “representantes” elegidos los que integran las Asambleas municipales, provinciales y de la nación y  éstos eligen a los que en verdad toman las decisiones. Así, las decisiones son tomadas por los “representantes,” no directamente  por los colectivos laborales y sociales, no por el pueblo. Son, por tanto, elecciones indirectas de un sistema representativo.

Haciendo más indirecto el sistema, las propuestas de candidatos para delegado provincial o diputado nacional y para cargos de dirección en cualquier nivel, pasa por comisiones de candidaturas previamente designadas todas desde arriba, de manera que está garantizado el control superior de antemano sobre las nominaciones, sin participación alguna directa del pueblo, quien debe votar por candidatos que él no propuso, generalmente no conoce o conoce de referencia, muchas veces sin residir en su municipio, sin jamás haber tenido intercambio alguno con el propuesto y desde luego sin saber qué piensa o que planes tiene para resolver sus problemas.

La Asamblea Nacional solo refrenda decretos del Consejo de Estado

En Cuba, todo el mundo lo sabe, que los decretos-leyes dictados por el Consejo de Estado son refrendados por la Asamblea Nacional del Poder Popular en sus reuniones dos veces al año, unos pocos días, luego de estar siendo implementados y aplicados por meses. Es el Consejo de Estado el que aprueba todos los nombramientos importantes en el gobierno, casi siempre a propuesta del Presidente, elegido por ese mismo Consejo, o del Buró Político del PCC que siempre han encabezado  los mismos compañeros que han dirigido el país desde 1959.

Para que una democracia sea participativa, los electores, los ciudadanos deben participar activamente  no solo en la votación de sus representantes, sino en su propuesta como candidatos así como en las decisiones que los afectan, votar las leyes. Pero realmente, en Cuba  ningún elector de base propone a nadie salvo al delegado de circunscripción –que poder no tiene-, ni vota por ninguna de las leyes que afectan sus vidas. Todas esas decisiones son tomadas bien arriba, como ya se ha explicado.

A lo más que se ha llegado en algunas leyes es a discutirlas en las bases, sin intercambio horizontal ni en la prensa y sin garantías de que las propuestas de abajo sean tenidas en cuenta allá arriba, como ocurrió con la Ley de Seguridad Social que se aprobó por la Asamblea Nacional, incluyendo la extensión de la edad de jubilación a 65 y 60 años para hombres y mujeres respectivamente, contra la opinión de muchos especialistas y de gran parte del pueblo.

De esta forma, la soberanía, que según la Constitución (artículo 3ro)  reside en el pueblo, en la práctica la ejerce un pequeño grupo en virtud del artículo 5to, que contradice el 3ro, al reconocer al centralizado PCC como la fuerza dirigente superior del estado por encima del pueblo mismo, con lo cual se pretende justificar todo el papel preponderante que ejercen los cuadros dirigentes del Partido a todos los niveles.

La dirección política, por muy respetada y querida que sea –lo es mayoritariamente-, en virtud de todos esos mecanismos dirigistas garantiza de antemano su auto reciclaje en el poder.

Un sistema político así, está muy lejos de ser participativo y democrático como demanda el socialismo. La propaganda que trata de pasarlo por tal, sin reconocer sus limitaciones, solo contribuye a  mantener inmóvil lo que todo el mundo sabe que debe y necesita ser cambiado y ha sido demandado por mucha gente en las bases.

El prestigio de la dirección que hasta ahora ha encabezado la Revolución, sería mejor preservado si en vida de ella se realizaran las transformaciones que garanticen el avance del socialismo en Cuba ya sin su presencia, algo que ella misma no ha logrado realizar en medio siglo.

Se hace pues impostergable, democratizar plenamente nuestro sistema político y de elecciones, de manera que todos los ciudadanos participen activamente en las propuestas para cargos electivos a todos los niveles y que todos los cargos, desde el Presidente de la República hasta los Presidentes municipales del Poder Popular sean electos por el voto directo y secreto, que intercambien con los electores antes de ser electos, se conozcan sus ideas y propuestas y, desde luego, antes que cambiar, acentuar el carácter no partidista actual de las elecciones, el cual debe ser más explícito, pues todos sabemos que deja de serlo mientras más se eleva el nivel del procedimiento.

Ningún partido político, tampoco el PCC, debe actuar sobre el sistema. Debería ser solo el pueblo el que decida todo, directa y democráticamente, aunque exista –debe existir pues no hay-  libertad de prensa, reunión y asociación, la cual no podría ser usada para llevar a ningún partido en particular al gobierno, pues la historia mundial ha demostrado que los partidos en el poder, de cualquier color, privilegian sectariamente los intereses de las fuerzas y figuras que representan, aún cuando traten de encubrirlos en populistas enunciados políticos y económicos.

Igual, ya se hace insostenible la ausencia de participación popular en la toma de decisiones y en las discusiones previas. Y para evitar el clientelismo, el nepotismo, el oportunismo, la corrupción, el autoritarismo, el  burocratismo  y todos esos males consustanciales a los sistemas hegemónicos, habrá que establecer la rotación en los cargos, los tiempos límites, la revocación inmediata, la ausencia de prebenda y eliminar la meritocracia.

No es creíblemente socialista, continuar con un sistema “democrático”  donde el pueblo no es el sujeto principal que toma las decisiones que afectan su vida. Y esto ha de empezar por el centro de producción o servicios y continuar con todas las leyes importantes, que deben discutirse, recibir las enmiendas que el pueblo proponga, darlas a conocer horizontalmente para que todos las discutan y luego someterlas a votación en referéndum, especialmente los presupuestos participativos a todos los niveles, que determinan cómo se distribuye el excedente que recauda el estado.

Estos cambios son necesarios en Cuba, para el futuro de nuestro socialismo y para el fortalecimiento de las corrientes socialistas de América toda, cuyos pueblos, se ha demostrado, no comparten el paradigma que se quiso hacer de la experiencia cubana en revisión ahora por nosotros mismos.

Seguir insistiendo en que la cercanía del imperialismo y su bloqueo impiden conceder al pueblo todos sus derechos, porque aquel pudiera aprovecharse, es negar por siempre al pueblo de Cuba la libertad que ha conquistado en siglo y medio de luchas, puesto que el imperialismo seguirá allí quien sabe hasta cuando, y es también  desconocer el carácter antiimperialista y libertario del pueblo cubano e hiperbolizar las débiles fuerzas de la oposición anexionista.

Todavía existen quienes, confundiendo forma y contenido, cuando oyen hablar de democracia, tan mal educados están que solo la relacionan con el sistema burgués de gobierno, democrático únicamente en algunas de sus formas. El socialismo tendrá que hacer coincidir forma y contenido de la democracia.

La elección directa de todos los gobernantes a todos los niveles, que sean propuestos por las bases y la discusión y votación por referendo de todas las leyes importantes, sí convertiría nuestra democracia en participativa y directa como corresponde al socialismo y nos diferenciaría de la democracia burguesa representativa e indirecta.


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