Carlos Marx y la escolástica en Cuba

El sueño de la razón produce monstruos. (Francisco de Goya y Lucientes)

Por Vicente Morín Aguado

Goya en el Museo del Prado

HAVANA TIMES – En la primavera de 1845 el joven Marx definió su destino intelectual al escribir el artículo más breve de su prolífica producción filosófica: las Tesis sobre Feuerbach. Si algo de honestidad acompaña a la gastada dirigencia-autoreconocida “comunista”-de Cuba, este documento fundacional del marxismo debiera sustituir toda la retórica alucinante de la Plaza de la Revolución.

Quienes piden urgentes respuestas sin atreverse a cuestionar la ideología hecha constitución en el gran archipiélago caribeño, les bastaría con la segunda tesis del barbudo de Tréveris:

“El problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva, no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica, es un problema puramente escolástico.”

Si algún cubano viviendo en su país, se propone, por tanto, acercarse a la verdad, expresándola, evitando las represalias de la ley, deberá partir de los pilares ideológicos y políticos considerados incuestionables, juramentados por la plataforma del Partido Comunista de Cuba (PCC), único y gobernante, casi tan unigénito como Jesucristo:  antimperialismo, marxismo-leninismo, José Martí y Fidel Castro.

Comenzando por el último, es conocida la profunda devoción fidelista, demostrada en vida propia, por Vietnam, su pueblo y su líder Ho Chi Minh, a quien no dudó en llamar “el más grande marxista-leninista de Asia.”

Sintonizamos así con los juramentados en la “continuidad” de la cual no se aparta, ni por asomo, el actual presidente Díaz-Canel.

Echarle una mirada al Vietnam de hoy, volviendo la vista a la Cuba actual, considerando la tesis de Marx, esta destila sustancia fructífera, especialmente para nosotros los cubanos.

Los vietnamitas adelantaron el camino hace tres décadas al iniciar la reforma conocida como Doi Moi. Están cosechando sus frutos, comestibles, nada escolásticos, embarrados de la tierra antes removida por bombas de verdad, sin discursos, repito, cero escolástica.

Hace un par de años vino a visitarnos el líder de los comunistas del emblemático país indochino, Nguyen Phu Trong, quien pronunció una conferencia al recibir el Honoris Causa en la Universidad de La Habana. Dijo entonces el heredero del venerado y embalsamado Tío Ho:

“La economía de mercado, en sí misma, no puede destruir el socialismo, pero para construir con éxito el socialismo es necesario desarrollar la economía de mercado de manera adecuada y correcta. Somos conscientes de que la economía de mercado es el resultado de la sensibilidad humana con la que se puede coexistir y adaptarse a las diferencias con las modalidades sociales.”

Corroborando “la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento” según el dictado marxista, en 1990 el PIB generado por cada uno de los valientes que derrotaron históricamente a tres estados miembros del Consejo de Seguridad de la ONU, era de 100 dólares anuales, citó entonces Phu Trong, delante de Raúl Castro y su gente.

Hoy el PIB por habitante de Vietnam supera los 3 mil dólares.

La escasa moneda dura disponible en nuestra Patria proviene del sudor de sus hijos idos a otras tierras del mundo en muy diversas, además muchas veces peligrosas condiciones.

Experimentados economistas cubanos han sugerido tener en cuenta el Doi Moi sin que por ello sea una receta médica.

Carmelo Mesa-Lago, catedrático en Pittsburg, cita obligada cuando de economía cubana se trata, entrevistado por quien escribe, declaró para Havana Times en abril de 2019:

“El modelo de socialismo de mercado de China y Vietnam, bajo el Gobierno del Partido Comunista, podría proporcionar un camino a seguir.”

Sin pretender un ensayo sobre el tema, abordamos uno de los problemas cruciales de la economía nacional. Joaquín Benavides, exministro de Fidel Castro, retirado y residente en Cuba, opinó sobre la agricultura de nuestro país un año después de lo dicho por Mesa-Lago:

“La burocracia no puede pretender imponerle reglas absurdas al campesino que es quien trabaja la tierra y produce los alimentos y además se le acuse que quiere vender caro. Junto a pedirle que crezca en su producción y firme sus contratos hay que pagarle buenos precios, comparables con los internacionales.” (Blog: ELESTADOCOMOTAL)

Aclarando dudas, Mesa-Lago explicaba al entrevistador:

“En China y Vietnam el campesino decide qué sembrar, a quién vender y fija el precio. No hay límites a la inversión y los contratos son por 50 años o por tiempo indefinido. Estos incentivos explican que en relativamente pocos años ambos países asiáticos sean autosuficientes en alimentos y, especialmente Vietnam, genere un excedente para exportar. Es el segundo exportador mundial de arroz y le vende 250,000 toneladas a Cuba, país que importa alrededor de US$1,500 millones de alimentos, la mayoría de los cuales podrían producirse en el país.”

Debe suponerse que tratándose de los aguerridos vietnamitas, los economistas citados estén libres de toda sospecha por herejía contrarrevolucionaria. Pero no es así, fueron calificados de “neoliberales”, servidores del imperialismo, algo similar a alta traición en Cuba.

De súbito nos asalta una pregunta nada económica:

¿Nguyen Phu Trong ha traicionado a Ho Chi Minh?

El Tío Ho nunca habló de guerras futuras, en su testamento sentenció:

“Nuestros ríos, nuestras montañas, nuestros hombres siempre quedarán. Derrotados los yanquis, construiremos una Patria diez veces más hermosa”. 

Un siglo antes que Fidel Castro demostrara su elocuencia en La Historia me Absolverá, el Maestro por antonomasia, fundador de nuestra nación, José Martí, había culminado con éxito sus estudios de abogado en Zaragoza. Del legado martiano, repasamos La Edad de Oro, revista dedicada por el Apóstol de nuestras libertades a los niños de América. Viene al caso la narración titulada Un paseo por la tierra de los anamitas.

Cuentan que había una vez 4 ciegos empeñados en ver con sus propias manos cómo era un elefante manso. Acudieron a un rey para satisfacer su insólito deseo. El monarca, al complacerlos, exclamó:

“Los hombres que desean saber son santos: los hombres deben aprenderlo todo por sí mismos, y no creer sin preguntar, ni hablar sin entender, ni pensar como esclavos lo que les mandan pensar otros: vayan los cuatro ciegos a ver con sus manos el elefante manso.”

Tal vez la falla de origen de los marxistas sea que la verdad de la ciencia no admite juramentos.

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