La muerte es dulce; pero su antesala, cruel

Rosa Martinez

Foto: Caridad

HAVANA TIMES — ¿Quién no ha pensado en la muerte alguna vez? ¿Quién no ha sentido su olor en algún rincón olvidado de su existencia? ¿Quién no la ha sufrido a través de un amigo o de un familiar? ¿Quién no la ha deseado alguna vez? Y, ¿Quién no se ha asustado al tenerla cerca?

Casi todos tenemos algo que contar relacionado con la guadaña. Yo particularmente he experimentado varios sucesos en los que pensé que no podría contar el cuento.

Ahora comparto con ustedes mi penúltima experiencia relacionada con ella. La penúltima, porque la última la contará alguien más.

Era fin de semana, llegaba el mes de abril y con él la primera lluvia de la primavera. Esta no fue lo intensa que deseábamos, pero sí suficiente para mojar la ciudad.

La jornada invitaba a quedarse en la cama, acurrucarse para disfrutar del olor a tierra húmeda confundida con el aroma de las flores. Quería seguir soñando mientras la lluvia danzaba en el zinc del techo, pero no podía, mis tareas de fin de semana me esperaban.

Aunque la lluvia no era persistente no podría lavar en esas condiciones, así que invertí las tareas. Me dirigí al mercado a conseguir algunos alimentos para la semana próxima, y al otro día, si la madre natura me dejaba, lavaría.

De camino al mercado encontré unos pocos transeúntes. En mi ciudad la gente se esconde cuando llueve. Quizás es porque la mayoría de las calles están en mal estado, o porque muchos no tienen paraguas para protegerse.

Tal vez será porque algunas casas tienen los techos en malas condiciones y los dueños deben recoger las pertenecías, o sencillamente le temen a la humedad. Pero siempre es así, después que caen unas pocas gotas pocos se animan a salir.

En solitario, el coche me transportó hasta el mercado en el centro de la ciudad. En el camino me reconcilié con mis pensamientos, con algunos de mis sueños y pesadillas, con los problemas diarios que no puedo resolver y con los que sí puedo, pero resultan difíciles.

En el mercado la soledad me abandonó, mucha personas hicieron lo mismo que yo, aprovecharon la lluvia para salir a buscar alimentos. La multitud era la de un día común y corriente, por lo que tuve que hacer las acostumbradas colas para comprar garbanzos, col, tomate, cebolla y un poco de picadillo de pollo que nadie descubre a qué sabe exactamente.

Ya rumbo a casa la jornada se tornó lenta, pasé casi una hora esperando por otro vehículo que me acercara a mi barrio, mas nada pasó. Estaba por rendirme cuando un motorista me invitó a aprovechar la botella. No lo pensé dos veces, acomodé la mochila con  las compras, las gafas y la gorra, y monté en el motociclo.

A menos de un kilómetro de mi residencia no sé exactamente lo qué sucedió, pero el motor cayó y el chofer y yo caímos con él. Fue una caída estruendosa, rodamos por el piso más de 5 metros.

El chofer cayó por un lado, mis compras, mi gorra y yo por otro, las gafas no se donde fueron a parar.

El susto hubiera sido menor de no ser una de las calles más transitadas de la ciudad. En milésimas de segundos pasaron por mi mente millones de recuerdos: mis hijas, mis hermanos, mis padres, mis libros, mi perro.

Un frenazo me sacó de las ideas de despedida que formaba en la mente. Un frenazo y un claxon me despertaron, el carro se detuvo encima de nosotros, el chofer no podía decir palabra alguna.

“Están vivos de milagros”, dijo alguien que corrió inmediatamente a socorrernos.

“Nacieron hoy”, dijo otro, que también ayudaba y no podía creer que solo teníamos unos pocos rasguños, milagrosamente el chofer más que yo.

Yo no sé si fue milagro o qué, pero me sentí fuera de este mundo. Fue el claxon lo que me devolvió la vida. No importa si fue suerte, dicha, bendición, a lo que sea digo GRACIAS.


One thought on “La muerte es dulce; pero su antesala, cruel

  • el 16 abril, 2013 a las 11:34 am
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    pues graciassss

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