Mi experiencia con el Royal Ballet

Irina Echarry

Aunque de niña recibí clases de ballet, no comentaré ninguna experiencia artística, solo narraré  los acontecimientos de una noche en la Habana.

El martes 14 de julio me dirigí, llena de ilusiones, hacia el Teatro García Lorca.  A las 8 y 30 p.m. comenzaría la primera función del Royal Ballet, algo muy esperado por muchos cubanos, pues, además de la calidad de la compañía, en ella baila Carlos Acosta, un reconocido bailarín de la isla.

No tenía esperanza alguna de entrar al teatro.  Desde hacía muchos días las entradas se habían agotado.  En la bolsa negra las vendían  a 25 CUC, esto equivale a 625 pesos en moneda nacional.  Pero alguien había tenido una buena idea: proyectarían  la función en una pantalla improvisada frente a la escalinata del Capitolio, justo al lado del teatro.

También iba buscando información para Havana Times, impresiones de la gente, el ambiente, comentarios.  La fotógrafa Caridad me acompañaba, también sin esperanzas de entrar, incluso un poco desanimada.

Las personas entraban en grupos o solos, cuando apareció Alicia Alonso.  Caridad supo que era su momento para colar mientras le sacaba fotos a la prima ballerina.  Efectivamente, coló.

Un señor que nos había estado mirando con insistencia desde que llegamos, se percató de la ausencia de la fotógrafa y lo comentó con un custodio.

Por esta esquina entró una mujer con una cámara grande, yo la vi, si quieres entro y la busco.

El custodio agradeció el gesto, pero estaba ocupado en su trabajo, no podía dejar la puerta.  Enseguida el hombre se me acercó y de manera muy brusca me dijo:

La voy a sacar de ahí, a mí no me juega cabeza nadie…

Entonces comprendí el sentido de sus miradas intrigosas.  Cerraron las puertas del teatro y el tipo seguía gritando.  Por su culpa ya habían sacado a un muchachito con camisa a cuadros, pero no le bastaba, quería que sacaran a la mujer de la cámara.  En una ocasión intentó agarrarme por el brazo gritando que la mujer venía conmigo, como no lo dejé, se alteró más.

El señor formó tanto alboroto que un policía se acercó.  Debo decir que había varios policías en la cuadra y cargaban con todo el que atrapaban revendiendo  entradas.  Es cierto que la gente se aprovecha de todo para sacarle el kilo a los demás, pero era una función de ballet, el público (el que podía) solo quería pagar para ver el espectáculo.

El policía intentó un diálogo con mi acosador y luego de registrar mi bolso se percató de que yo no tenía ningún problema, ni siquiera tenía entradas.  Hizo un esfuerzo por convencer al hombre para que me dejara en paz.

Me retiré hacia el Capitolio y, para colmo de males, alguien decidió no proyectar nada.  Como si el público que estaba esperando desde horas de la tarde no tuviera derecho a disfrutar de algo que estaba anunciado desde hacía días, o al menos de una explicación.  Volví para el teatro a buscar una respuesta,  lo único que encontré fue a mi hombre gritando (todavía).

Vi que nadie lo atendía, sentí  miedo de volverme tan indeseable en algún momento de mi existencia.  No soy vengativa, pero debo confesar que ese señor me sacó del paso.  Me le acerqué y le dije bajito: “se le colaron”, y me fui de su lado.

La calle estaba oscura, Centro Habana de noche no es el sitio más agradable para una mujer sola.  Como me había quedado con algunas pertenencias de Caridad, tuve que esperar.

Esperé durante dos horas hasta que al fin, salió con las fotos para que los habituales lectores de HavanaTimes las disfruten.



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Niños paseando por un caballo, La Habana.  Por Amanda Suarez (EUA).  Cámera: Samsung G9

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