Cuna de la revolución

Francisco Castro



Y todo sigue en su lugarÇ
Los adoquines y el pasado

[…]

William Vivanco.

Santiago de Cuba, photo: progressionUK
Santiago de Cuba, photo: progressionUK

Existe un viejo chiste popular creado a partir de uno de los tantos epítetos con que se conoce a la Ciudad Héroe.  La Revolución nació en las montañas del oriente cubano y tuvo su cuna en Santiago.  Allí se cagó, y cuando creció, se mudó para La Habana y dejó la cuna cagada.

Santiago, la heroica ciudad protagonista de la lucha clandestina durante la última guerra de liberación nacional, hoy, ya no es la misma.

O sí.

Como reza un eslogan, esta ciudad, rebelde ayer, hospitalaria hoy, heroica siempre, ostenta una inmovilidad que causa tristeza.  Lo de rebelde, sí, quedó en el ayer; hospitalaria, bueno, más que La Habana, aunque se está viendo cierto grado de contaminación de una ciudad con la otra, debido quizás al fenómeno de la migración interna; y heroica, claro, heroica para soportar todas las coces ferocísimas que le llegan de arriba, de abajo y de todos lados.

Cinco años alejado de esta ciudad, transculturado por obra y gracia de la cosmopolita metrópolis habanera, me han dado otros ojos para mirarla, y otro corazón para quererla. En el 2009, Santiago de Cuba me duele.

Luego de seis meses acumulando estrés durante la realización de mi ejercicio de tesis, y antes de inmiscuirme en nuevos proyectos, decidí descansar, durante dos o tres semanas, en mi ciudad natal.

No voy a negar que los únicos incentivos que hacen que me decida a enfrentar un viaje de catorce horas en ómnibus, son el encuentro con mi madre, con los dos o tres amigos que el tiempo y otros demonios no han podido alejar, y con el descanso que proporciona dormir hasta altas horas y despertar con la comida caliente del amor materno, pues Santiago nunca creó en mi un sentido de pertenencia que me hiciera añorar sus calles o sus gentes.

Sin embargo, y como siempre, llego a la ciudad en sus peores días. O los mejores -en dependencia del punto de vista: los Carnavales.

Los Carnavales santiagueros son las fiestas populares con más prestigio en país, y son las más esperadas en el año en la ciudad.  Cientos de miles de personas se benefician con los paseos de carrozas y comparsas, con la venta al por mayor de cerveza a granel y comidas varias, con los juegos y atracciones de feria al mejor estilo medieval, y con la música a todo volumen en cada esquina.  Y precisamente estos beneficios son los que provocan en mi un enorme rechazo.

Con no asistir a las fiestas tendría resuelto mi problema.  Mas, como dice el dicho, al que no quiere caldo, se le premia con tres tazas.

Mi barrio, Sueño, ha sido históricamente una zona muy concurrida de Carnaval. Y en los últimos cuatro años, en la esquina de la cuadra donde está mi casa, se ha estado instalando un restaurante, que trae consigo seis o siete puntos de venta de cerveza, y una caseta con enormes equipos de música.

Como resultado, aproximadamente 190 horas de estruendo -dado por la música a todo volumen, generalmente las mismas canciones que se repiten una y otra vez, como si el DJ no tuviera más que dos o tres discos-, e infinidad de hombres y mujeres orinando la cerveza que ingieren por toneladas, detrás de la primera pared que encuentran, a la vista del que quiera ver.

¿Descanso? No.  No al menos durante los siete u ocho días que duran las merecidas fiestas populares.  Y así ha sido desde que tengo uso de razón.  Moraleja: ahora que comienza mi vida como profesional en La Habana, debo planificar mis vacaciones en Santiago en fechas alejadas de los Carnavales.

Y por su puesto, en fechas que no desborden en demandas de viajes interprovinciales, para no sumar el otro dolor de cabeza que produce pensar si podré conseguir pasaje de regreso.



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