Rencuentro con vecinos

Por Ariel Glaria

La Calle Galiano. Foto: Irina Echarry

HAVANA TIMES —Cuando los tomos de las obras completas de V. I. Lenin decoraban las salas de los cubanos, los televisores eran en blanco y negro, todo el mundo iba al cine y los dólares eran como el fantasma de la ópera; Alberto confesó a su mejor amigo que era homosexual. Entonces no se conocía la palabra gay y homosexual era una manera sofisticada y rara, realmente se decía pájaro o maricón.

Tenía 33 años, era casado y padre de dos hijos. Fue una decisión difícil, arduamente pensada, pero al mismo tiempo un acto de fidelidad. La respuesta no le sorprendió, en cambio, toda la presión emocional que a lo largo de los años soportó por ocultarlo terminó. No había marcha atrás. Todos, como un derecho que otorgaba, debían saber que él era maricón.

La separación de la pareja no fue inmediata. Cristina, su esposa, con todo el coraje que el amor le permitió, lo comprendió. Fue en la noche de un sábado frío de febrero. Terminaron abrazados frente a la cama de los niños que entonces dormían juntos.

Rafael también tomó una decisión. Como mejor amigo de Alberto lo había propuesto para miembro del Partido Comunista y nada parecía oponerse a su admisión, hasta que él mismo denunció ante la Partido la confesión de Alberto; Concluyendo con su autocrítica por no darse cuenta y agregando las   mismas palabras que una semana antes le dijo a Alberto. “Si me llego a dar cuenta te rompo la cara”.

El primer trabajo de Alberto, cuando dejó la textilera fue en una cafetería de Galiano, cerca de nuestro edificio. Cecilia y Albertico, los hijos, eran entonces mis mejores amigos, por eso pude sentir de primera mano la armonía que mantuvo la pareja mientras fueron mis vecinos.

Mi madre, que en aquella época se decía comunista y sabía, como todos en el edificio, lo que había pasado, mostró su solidaridad dejándome ir con nuestros vecinos y sus hijos a cualquier parte que me invitaran o pasar con ellos todo el tiempo que quisiera. Lo que nadie supo entonces, y yo no me enteré hasta muchos años después, por la propia Cecilia, es que yo fui el único hombre del que ella imaginó haber estado enamorada alguna vez.

Cuando dejó la cafetería de Galiano, Alberto descubrió la habilidad con que todavía se le recuerda. A partir de 1980 comenzó de artesano en la Plaza de la Catedral, trabajando el repujado de la piel. Algunos de sus primeros trabajos dieron vuelta durante mucho tiempo por mi casa. Poco después comenzó a hacer las sandalias que lo hicieron celebre, cuando en Cuba escaseaban los zapatos y todos vestíamos igual. La operación policial ADOQUÍN que terminó abruptamente con la artesanía de aquel periodo no lo afectó, gracias a la popularidad de sus carteras y sandalias que, según me contó Cecilia, “arriba’’ también se pusieron de moda.

En 1984 se fueron de mi edificio. Cuando volví de la escuela Alfredo, el ingeniero, su esposa e hija son, hasta hoy, mis vecinos.

En el 2008 en la calle de los oficios de la Habana Vieja, Cecilia y yo nos encontramos. Había cambiado mucho, pero su sonrisa era la misma. De algunas cosas que contó y dijo trató esta crónica.

 

 

 

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