Lo que Cuba NO DICE en la TV nacional

Vicente Morín Aguado  (Fotos: Juan Suárez)

HAVANA TIMES — Cuente su dinero y decídase a comprar en un mercado agropecuario de la capital. Una libra de carne de cerdo equivale al salario medio diario de un trabajador de la salud después del tan comentado aumento a este sector prioritario de los servicios.

Mire la balanza romana con atención, intentando saber si están pesando bien su encargo, cambie la vista hacia la cara del dependiente y haga su reclamación por la evidente falta de peso.

Dos actitudes encontrará cara a cara: ferocidad, atrincheramiento, listo a golpearle, o una sonrisa cínica, burlona, considerando si usted vive en este mundo o vino de otro planeta.

Días atrás el espacio televisivo Cuba dice, conducido por Talía González, volvió sobre el tema de la reiterada estafa al consumidor. La reacción del televidente es otra sonrisa burlona ante la reportera, al parecer ingenua, ida de la realidad, clamando porque se debe reclamar, argumentando que hay un margen legal y lugar donde dirimir la justa demanda del maltratado consumidor. En fin, la Revolución no tiene la culpa, es un asunto entre cubanos, hasta ahora incapaces de exigir nuestros derechos.

Veamos el trasfondo de la anterior situación, una agobiante realidad con medio siglo de existencia. Hablaremos de lo que Cuba NO DICE.

Tal vez no seamos el pueblo más inteligente del planeta, pero sí de viveza se trata nos pasamos de listos. ¿Por qué la gente termina aceptando la evidente estafa, sin acudir a la mesa de comprobación, sin quejarse a la administración del lugar?

Un axioma milenario dice: no se puede ser juez y parte.

La administración del mercado maneja la balanza de comprobación, por tanto, estará de parte del vendedor, con quien sostiene evidentes lazos diarios de complicidad. ¿Por qué lazos evidentes de complicidad? Sencillamente porque el posible dinero extra que necesita el personal administrativo para cubrir sus expectativas depende de los ingresos del mercado y esos ingresos están determinados a su vez por cuánto logren arrancarles a los clientes de sus bolsillos, tarea de los vendedores.

Los salarios de los funcionarios estatales son marcadamente insuficientes si ellos mismos desearan adquirir en el propio mercado el sustento de cada día. Si el periodismo obvia las anteriores verdades, estamos ante una ecuación de resultados erróneos por la omisión de uno o varios términos.

La realidad anterior, irrebatible y contundente a la vez, determina la airada o cínica actitud del dependiente ante los consumidores reclamantes. El pensamiento, explícito o implícito, sería más o menos así: Tú me reclamas a mí, sabiendo que mi problema es el mismo que el tuyo, los dos estamos atrapados sin salida por culpa del gobierno, creador de esta economía loca. Si compras aquí diariamente, tu dinero proviene de algún sitio que no es tu salario. Yo tengo el mismo problema, entonces no me reclames y acepta la realidad.

Finalmente la mayoría de los clientes termina calmándose pues aunque de momento le den la razón, los vendedores no cejarán jamás en su pertinaz empeño de continuar robando en las pesas, en tal práctica les va la vida.

Hay razones adicionales, tampoco abordadas por Cuba dice:

La corrupción corroe la sociedad cubana en sentido vertical y horizontal a la vez. Vertical, desde los altos dirigentes hasta los trabajadores simples. Horizontal, entre los trabajadores, que así sobreviven. Por ejemplo, obtener un puesto de vendedor en cualquier mercado agropecuario es difícil, se trata de una oferta laboral cotizada, mucho más, algo alarmante, que ser profesor de la enseñanza secundaria.

Adicionalmente, una buena parte de quienes venden están sujetos a la vieja práctica, heredada del capitalismo, conocida como caballaje. El puesto de trabajo pertenece a otra persona, quien lo arrienda ilegalmente al vendedor, pagándole este último una suma diaria por tal “favor”.

Recuerdo al valiente líder sindical Aracelio Iglesias, luchador incansable contra tal práctica, muy frecuente en los muelles de La Habana.

Las circunstancias antes planteadas determinan la venta de los empleos capaces de generar dinero extra, cuantía que deberá repartirse entre los implicados, incluyendo a la burocracia, firmante de las correspondientes “autorizaciones”. El árbol nació torcido, crece retorciéndose y por lo visto, no se enderezará en semejante terreno.

Lo peor, antes adelanté la idea, es que los clientes forman parte de tal enredo, pues algo similar sucede en su entorno, del cual ellos, todos, somos parte. De ahí la compresión final del asunto, determinando esa desmoralización conducente a no continuar reclamando o demandar sin mucha determinación.

¿Estamos en un típico callejón sin salida? No lo creo, todo depende de una nueva siembra, capaz de eliminar el mal de fondo desde la primera roturación de la tierra. Se trata de eliminar la nociva intervención estatal, empoderando a los trabajadores en toda la cadena de los servicios, desde los productores hasta cada puesto de venta.

Siempre habrá funcionarios imprescindibles, deberán estar fuera de la mencionada cadena, con un salario digno, capaz de cubrir sus necesidades cotidianas. Lo mismo digo si hablamos de los trabajadores todos del país, pues nadie puede escapar a la obligada condición de cliente.

Por ahora se trata de un círculo vicioso del cual no podremos salir con soluciones a medias, lentas y parciales. Necesitamos un buen empujón. Entonces si podremos afirmar ¡Cuba dice!

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