Por Pedro Pablo Morejón

HAVANA TIMES – Hace tiempo que morir dejó de ser mi mayor temor. Ya no creo en el infierno bíblico prometido por Yahveh para aquellos que rechazan a Cristo, ni en el coránico para los infieles a Alá, ni en otro infierno de ningún dios. Nada de eso.

Quizás solo seamos eterna inconciencia como alegan los materialistas ateos, o reencarnemos y vivamos muchas vidas, no lo sé. La muerte, sin dejar de ser el gran misterio de la existencia humana no es algo que me intimide, quizás me incomode la idea, eso sí, porque todos queremos vivir, aferrarnos a lo seguro, o casi todos. Mi esperanza es que la muerte sea como el final de un camino y el inicio de otro.

Mi mayor temor no es llegar a la vejez. Afortunadamente parece que nací con buena genética. Ni catarro me cae. Por si fuera foco entreno mi cuerpo casi a diario, lo mimo y lo cultivo, lo acompaño, además, con hábitos de vida saludables.

Y aunque el azar me puede traer cualquier accidente, no creo que pueda morir pronto ni me visualizo siendo uno de esos ancianos enclenques que se mueven con dificultad, a veces con bastón. Yo sé que para entonces (si no ocurre un percance) podré valerme por mí mismo y sé que todavía despertaré la atracción de alguna mujer madura de buen ver.

Mi mayor temor tampoco es esta escasez crónica de alimentos que flagela a mi tierra. He aprendido a sufrirla y ya me desenvuelvo lo suficiente como para alcanzar las tres comidas básicas del día, incluso merendar y no sentir ese pequeño tirón en el estómago que solo el hambre puede causar.

Ni siquiera mi mayor temor es ser castigado por ejercer mi derecho a ser libre dentro de una sociedad totalitaria. Hace rato concienticé que a pesar de vivir en una época postmoderna y contraria a todo lo que huele a masculinidad, los hombres nos forjamos en las guerras.

Mi mayor temor ahora es, lo confieso, QUE SE ME ROMPA LA MÁQUINA DEL REFRIGERADOR. Ahí guardo leche, yogurt, carnes, potajes…mucho de lo que puedo conseguir y necesito para poder alimentarme.

Hace cuatro años hubo que repararla y el trabajo me costó 3 mil pesos. Supongo que ahora, después del llamado reordenamiento, cueste más de 15 mil, pero lo jodido es que el mecánico me dijo que si vuelve a tener problemas deberé conseguir una nueva.

¿Cuánto cuesta una máquina de refrigerador en estos momentos? No lo he averiguado pero supongo que el precio debe estar fuera de mi galaxia. Y lo peor no es eso, lo peor es ¿dónde encontrarla si en este país del diablo hasta conseguir un clavo se hace difícil?

Cada día rezo a esos dioses en los que no creo porque nunca se me rompa la máquina del refrigerador. Por eso cuando llego a casa y me acerco al aparato, el leve y uniforme sonido de la maquina trabajando es música para los oídos, una melodía tan placentera que ensombrecería a cualquier canción de los Beatles.

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