Volver, volver, volver

María Matienzo Puerto

Hace un mes y tanto que comenzó el año y yo en mi empeño de aprender a camuflajearme, no he querido escribir.  A mi alrededor han habido muerte y hambre, más de la que han publicado los periódicos; ha habido una enorme espera, pensaron que quizás cambiarían algunos detalles en esta Isla; también han habido despedidas, que vaticinan otras más dolorosas.

Mientras tanto, algunos descubrieron a través de la TV que existía el racismo en Cuba, y otros, —con más poder de decidir que los primeros— lo reconocieron después que los afroamericanos se lo hicieran notar. Para eso, detrás del vidrio que engaña a los tontos, declararon su inocencia.

Entonces el empeño de la intelectualidad negra en Cuba ha sido en vano.  Hasta el momento, de los negros solo se hablaba en eventos antropológicos como si aún fuéramos aquella especie exótica “descubierta” por Marco Polo o quién sabe quien.

Y el detalle es que aún en estas reuniones científicas si es un negro quien da estadísticas que demuestren los prejuicios o la discriminación racial, secreta o abiertamente, es llamado, racista.  Por lo pronto, será mejor aprovechar la cobertura, hasta donde nos lo permitan.

Otra espina en mi conciencia son los gritos de una mujer que es golpeada cerca de mi casa, y no sé cómo manejar esa situación, porque voy a recibir la misma respuesta de siempre: entre marido y mujer, nadie se puede meter… la misma respuesta que, estoy segura, recibirá ella el día que decida denunciarlo a la policía.

Y es que en Cuba, como en buena parte del mundo (ya lo sé) no existen leyes que protejan a las mujeres de sus maridos.

También quise escribir sobre los orichas (deidades del panteón afrocubano) y no me atreví porque entonces hubiese tenido que entrar en detalles, de los que ahora me doy cuenta, era mejor decir.  Creo que ese es un diario, que me debo y que les debo.

Aunque el noticiero solo habla de Haití, como diciéndonos, calla y aguanta que siempre hay alguien peor que tú, yo ya no puedo más. El resultado de mi silencio ha sido desastroso.

Y puede que tenga razones bien egoístas: no creo que vaya a cambiar el mundo, no creo que me lea mucha gente, ni que esté haciendo todo lo que debiera, pero no puedo más con mi depresión.  No me lo perdonarían, esos que me siguen (vivos y muertos), si decidiera no volver a escribir.

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