Un día agotador para vacunar a mi hija

Por Fabiana del Valle

HAVANA TIMES – Los preparativos comenzaron desde la noche anterior. Precisábamos pomos para llevar agua, una merienda por si se extendía la espera, y el spray con alcohol para desinfectar nuestras manos o cualquier superficie que pudiésemos tocar.

Cuando llegó el momento de que mi hija se probara lo que iba a vestir al otro día, comenzó la debacle. ¡Nada le acomodaba! La pequeña había crecido ante mis ojos, convertida en una mujercita.

Suerte que yo tenía un pantalón casi nuevo de cuando estaba delgada y lo guardé para cuando bajara unas libras. Ya no creo que pueda regresar a esas tallas, a ella le quedó perfecto. El problema de los zapatos lo resolvimos quitando la suela de adentro que suele ser acolchada. Así redujimos medio número y pudo meter los pies.

Mi niña estaba en éxtasis, como si los arreglos fueran para una fiesta y no para su primera dosis de Soberana contra la Covid-19. Después de tantos meses de encierro, el miedo a las agujas era menor que las ansias de ver a sus amigas de la escuela o respirar aire puro.

Vivimos en un zona rural, por eso debíamos trasladarnos para San Diego de los Baños, que nos queda a ocho kilómetros. El Ministerio de Educación del municipio destinó un ómnibus que llevaría a los niños y padres de esta región hasta el balneario, lugar que prepararon para realizar la vacunación de los menores.

Me aterraba la idea del ómnibus con tantas personas reunidas. Pero no cuento con la suma necesaria para alquilar un auto que nos llevara hasta allí. La moto de mi padre, que en varias ocasiones nos ha resuelto problemas, hace meses que está sin gomas y sin esperanzas de poder rodar de nuevo.

Teníamos que salir temprano, la recogida estaba planificada para las siete de la mañana. El esposo de mi prima, quien maneja un camión estatal, me llamó para decirme que nos fuéramos con él. De ese modo nos ahorramos el viaje en el ómnibus y llegamos a San Diego.

Media hora después comenzaron a llegar niños con sus padres, tíos, hasta abuelas a juzgar por la cantidad de personas que se iban acumulando. El ómnibus arribó finalmente, como me temía, cargado de personas de todas las edades.

Dada la cantidad de casos positivos a la Covid-19 que se reportan cada día en el municipio donde vivo, estar hacinados en tan corto espacio es peligroso. Por eso solo pensaba en el regreso a casa, en las precauciones que debía tomar para evitar el contagio.

El olor característico de las aguas minero-medicinales del balneario de San Diego nos provocaba dificultad para respirar con el cubrebocas. El calor y las horas pasaban sin que aquello tuviese algún tipo de organización. Es cierto que los encargados hicieron un gran esfuerzo para crear, en aquel caos, un poco de orden.

Finalmente llegó la hora. Tuvimos que pasar primero por una mesa donde anotaron nombre y apellidos de mi hija, luego por otra donde le tomaron la temperatura. Allí me entregaron un papelito con sus datos. De ahí nos pasaron a una consulta en la cual una doctora la auscultó, escribió sus impresiones al dorso del papel, firmó y colocó un cuño.

Después de vacunada tuvo que esperar media hora en una salita donde los padres no podíamos estar. Lo primero que me dijo al salir fue que tenía hambre. En estos tiempos son pocas las opciones para encontrar de comer en la calle. Si se le suma el riesgo al contagio, los precios exorbitantes, los panes y el jugo de mango que llevamos eran un manjar exquisito.

Nos sentamos en el parque, lejos de la multitud. Yo estaba más tranquila con una fase del viaje completada, aunque aún desconocía la hora del regreso.

Escuchamos decir que se acabaron las vacunas, que desde el policlínico traerían las que faltaban. Por esta causa nos vimos obligadas a esperar unas horas más. El ómnibus no pudo salir hasta que el último niño fue vacunado.

Llegamos a las tres de la tarde, agotadas, con más ganas de una ducha y una cama que de otra cosa. Después de esta experiencia ella no tiene ganas de volver a San Diego, ver a sus amigas de la escuela o respirar aire puro.

Por mi parte aprendí la lección, reuniré un dinero, y cuando le corresponda su segunda dosis pagaré un taxi. 

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