Los cajeros automáticos en La Habana

Esperando usar un cajero en La Habana

Por Esther Zoza

HAVANA TIMES – La situación de los cajeros automáticos en la capital del país es insufrible.  Cobrar mi salario del mes de agosto me llevó a un arduo peregrinar por diferentes municipios capitalinos.

El primer día salí de casa a las 6 am. Consulté el clima, llené dos botellas de agua, me disfracé con la camisa de mi hermano y empuñé un paraguas.  Las cinco cuadras que me separaban del banco donde yace el cajero más cercano, las hice cantando.  Pero la energía positiva no fue suficiente. Era tal la multitud, que parecía que todos los habitantes aledaños habían pensado lo mismo que yo.

Tras tres horas paradas soportando el peso de mi mochila y los comentarios de la gente, el cajero se quedó sin dinero. Una onda expansiva de irritación fue creciendo y amenazaba con colapsar el banco, cuando decidí trasladarme al otro banco de mi municipio.

En el camino no dejaba de preguntarme cómo era posible, que en una hora de servicio, el cajero agotara su efectivo. ¿No estaba establecido acaso recargarlos antes del cierre de la sucursal bancaria? ¿No es suya esta responsabilidad?

La llegada al otro banco mucho más grande que el primero, y con tres cajeros, me hizo obviar la cola. Imaginé que antes de la 1pm estaría en mis manos el dinero. Error.  A las dos de la tarde después de soportar un sol abrazador se cayó la red. Sobra decir que la gente gritó y reclamó su derecho, pero… ¿qué culpa tenían los trabajadores del banco?  

Lo cierto es que en la Habana muchos de los cajeros automáticos que funcionan, cuando no están sin dinero, están fuera de servicio por roturas, mantenimientos o sin conexión en la red. El resto, ya obsoletos, realizan solo consultas de saldos, transferencias y pagos de servicios.

Hacer planes, dar por hecho una realidad que parece inmediata, no siempre funciona en Cuba. Volví a regresar a casa sin dinero.  Comencé al día siguiente mi periplo por Centro Habana y Habana Vieja.  En esta última, me incorporé a una cola, organizada a la sombra, frente al cajero.  Cuatro horas después adquirí mi dinero.

Esa noche con la inocencia propia de los nacidos en 1959, mi padre me preguntó cómo era posible que después de invertir tanto en tarjetas magnéticas, no hayan comprado piezas de repuestos para los cajeros. No le contesté.

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