Salinger: entre la infancia y la adultez

Irina Echarry

Si a alguien se le ocurriera preguntar: ¿Cómo influyó “El guardián en el trigal” en tu adolescencia?,  las respuestas, como es lógico, serían disímiles y muy variadas.

Para muchos cubanos fue un descubrimiento de la mayoría de edad, pero algunos tuvimos la suerte de leer la novela de J. D. Salinger justo en el momento en que lo necesitábamos.

La historia del joven expulsado por bajo rendimiento de una aristocrática escuela, que decide vagar por las calles de New York, resultaba algo bastante ajeno para muchos adolescentes cubanos, acostumbrados a la tutela y la sobreprotección filial y al régimen estricto de disciplina escolar.

La novedad era ir descubriendo las crueldades de la vida junto a Holden Caulfield en su vagabundeo y, a la par, realizar un viaje hacia las profundidades del  alma con impactante desilusión.  El desinterés por muchas cosas, la visión tan realista y descarnada de la sociedad a la que el jovencito  está ingresando como adulto, hace que el lector adolescente quede atrapado en el asombro y el miedo que provoca el abandono de la infancia, ese hueco cálido donde nos acomodamos y del que no queremos salir.

¿Cómo no cambiar nuestra forma de pensar luego de leer la novela?  Habíamos aprendido que no todos somos iguales aunque vistamos el mismo uniforme, recibamos clases de la misma profesora o respondamos las mismas  preguntas en los exámenes.

Comenzamos a hacernos otras preguntas, a mirarnos de otra manera, distinguiendo la diferencia.  Redescubriendo el mundo adulto al que también, irremediablemente, íbamos entrando.  Un mundo sin edulcorar, sin las ventajas de la ingenuidad.

Un mundo que podía devorarnos si no lo conocíamos.  Gracias a Salinger muchos adolescentes cubanos nos salvamos de la mojigatería, de la vacuidad que puede generar tener una juventud tan “sana y  perfecta” como nos la pintaban en el país.

Más adelante leímos sus relatos y nos volvimos aduladores de “Un día perfecto para el pez plátano”, y muchos decidimos que esa otra manera de narrar, de emocionar al lector, solo podía hacerlo Salinger, un niño grande.  Pero al autor no le gustaba su fama.  Un buen día nos enteramos que su intimidad era lo que más apreciaba.

Los amantes de la literatura de Salinger ya habían sufrido un adelanto de su “desaparición física” cuando el escritor decidió apartarse de la publicidad y las editoriales.  Se dijo que seguía escribiendo y muchos esperaban que en cualquier momento apareciera la sorpresa que desvaneciera el misterio de su reclusión.

Una reclusión en la paz de saberse anónimo y desconocido, alejado de la fama y la algarabía propagandística.

Ahora nos enteramos de su real muerte física en enero, apenas se le ha dado difusión en Cuba, a pesar de que estamos inmersos en el mayor evento literario que se realiza en el país.  Pero unos cuantos lo sentimos.

Para algunos críticos, Salinger quedó atascado en la adolescencia, pero para la mayoría de los lectores, fue un adulto capaz de trasladar el ánimo y el desánimo adolescente, con la mirada  punzante, incisiva hacia el mundo adulto al que describe sin tapujos y con la sinceridad despiadada de los niños.

No le cuentes nunca nada a nadie.  Cuando lo haces, enseguida empiezas a echar de menos a todo el mundo”.  Así termina la novela, esas son las últimas palabras del personaje.

Pero es mejor contar sobre lo que nos provocan los buenos libros, los buenos escritores.  Ya le echamos de menos a Salinger, aunque nos queda Holden Caulfield en la memoria.

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