Nuestra educación es gratuita

Yusimi Rodríguez

Futuros estudiantes cubanos. Foto: Caridad

HAVANA TIMES, Feb. 25 — Lo que el titulo afirma es completamente cierto y conocido en el mundo entero.  Es un derecho que tiene cada niño nacido en Cuba, y es algo de lo que el Estado Cubano se siente orgulloso. Es incluso una obligación.

Cada niño cubano debe matricular en una escuela del estado a partir de los cinco años, para entrar al preescolar y así transita por la primaria y la secundaria; luego viene el tecnológico o una escuela de oficios, o, si tiene suficiente interés en el estudio, pasa el preuniversitario y luego la universidad, si obtiene buenos resultados en los exámenes de ingreso.

Durante todo este tiempo, los padres cubanos no necesitan invertir un solo centavo en la educación de sus hijos, y este derecho es el mismo para todos, sea cual sea la procedencia social.

Uno de los temas de conversación que surge cuando me encuentro con alguien de mi generación o de las anteriores es el tema de la enseñanza en nuestro país. Comparamos los tiempos actuales con nuestra época; recordamos los profesores que tuvimos, el nivel de exigencia en cada grado.

Tambien lo difíciles que fueron los exámenes, sobre todo los de ingreso a los preuniversitarios de ciencias exactas Vladimir Lenin y Mártires de Humboldt, y a la universidad; cómo había que estudiar, y nuestra conclusión al final es: Qué suerte tuvimos.

Ahora vemos que la calidad de la enseñanza ha disminuido con respecto a nuestra época y las anteriores, y por consiguiente, el nivel de exigencia a los estudiantes y los conocimientos de estos.

El bajón con el Periodo Especial

Con la llegada del llamado Período Especial y los profundos problemas económicos que azotaron al país, uno de los sectores afectados fue la educación. Los sueldos de los maestros y profesores que hasta ese momento habían alcanzado para cubrir sus necesidades de pronto se volvieron simbólicos.

Muchos profesores de experiencia abandonaron las aulas para dedicarse a actividades que más provechosas económicamente.

Estudantes en un parque de La Habana. Foto: Caridad

Muchos recién graduados no cumplían su servicio social y apenas se graduaban y tenían el título universitario en sus manos, buscaban empleo en turismo, cultura, gastronomía, los mercados agropecuarios, cualquier cosa.

No sé si esos eran los que más daño hacían, o aquellos que encontraron su “búsqueda” en el propio sistema de educación y empezaron a aceptar sobornos para aprobar alumnos, a regalar notas altas a cambio de regalos.

“De todas formas uno tiene que aprobarlos al final, sepan o no, y aunque uno haya perdido la garganta tratando de enseñarlos durante todo el curso, así es que lo justo es que lo paguen. Uno tiene que vivir.”

Ese fue el argumento que escuché de un colega cuando trabajé como profesora de inglés en un tecnológico, entre los años 1999 y 2002.

Es cierto que a los profesores los cuestionaban si los alumnos suspendían, una tendencia que llamábamos “promocionismo.”  Muchos alumnos suspensos representaban una mala evaluación y una mala evaluación representaba una disminución en el salario para el curso siguiente.

Pero también conocí profesoras y profesores que no cedían ante la presión para aprobar a alumnos que no tenían los conocimientos requeridos. Los avalaba el hecho de haber trabajado hasta el cansancio durante todo el curso y haber atendido diferencias individuales.

Sé que estas personas nunca aceptaron sobornos, pero también tenían que vivir, y los aumentos salariales en el sector no han sido suficientes para mejorar la situación de los profesores porque la vida se ha encarecido más.

Algunas de estas profesoras y profesores que conozco han trabajado en pizzerías particulares, han arreglado uñas y han vendido dulces y refresco. La clientela la constituían los mismos alumnos. Eso duró el tiempo que los directores de las escuelas pudieron hacer la vista gorda, o sea, algunos meses.

Las clases particulares

Después vinieron las clases particulares. ¿Y quienes fueron los primeros en proponer esta solución?  Los propios padres de los alumnos. Es un fenómeno que se ha expandido. Los alumnos reciben clases en las escuelas y luego reciben clases particulares de los mismos profesores que tienen en las aulas o de otros con más preparación y experiencia.

Y es que una de las soluciones a las que tuvo que recurrir el Estado ante el tremendo éxodo de profesores fue la de los profesores emergentes, alumnos que acababan de terminar el preuniversitario y naturalmente no contaban con la preparación necesaria, pero la idea era que se fueran formando sobre la marcha.

La formación de los futuros profesores ya no era para impartir una sola asignatura, sino varias, y cuando se gradúan son Profesores Generales Integrales (PGI). Esta medida también abarcó a los profesores de experiencia, que habían impartido una asignatura, por ejemplo: español, historia, matemática, física, química, biología o geografía. Ahora debían estar listos para impartir varias. Han quedado exonerados hasta ahora los de inglés y educación física.

Estudiates cubanos. Foto: Caridad

Aunque los profesores de experiencia ahora también imparten varias asignaturas, el término PGI realmente se emplea para referirse a los jovencitos, que de hecho imparten clases mucho antes de estar graduados.

Las madres y padres no confían en la mayoría de estos maestros y profesores jóvenes. Siempre la juventud despierta desconfianza, pero en este caso no está del todo injustificada, aunque como en todas las cosas existen excepciones. Podría llenar dos hojas con ejemplos que conozco de errores de contenido (graves) cometidos por PGI.

Ayer mismo escuchaba a una señora en la guagua contándole a alguien que su hija había regresado a casa muy contenta porque había obtenido 16 puntos de 18 en un examen de ortografía y le mostró el examen a su madre. Esta contó 12 errores ortográficos más que no habían sido detectados por la joven PGI de cuarto año que imparte clases a su hija.

Por regla general en cada aula hay un profesor de experiencia que a la vez que imparte algunas asignaturas está encargado de supervisar el trabajo de los PGI, de guiarlos y transmitirles sus experiencias.

Esto no resulta suficiente para atenuar la desconfianza de los padres de los alumnos que recurren a que sus hijos reciban clases particulares, aún cuando estos no estén suspensos en la escuela ni presenten dificultades.

Muchos padres sienten que sus hijos no aprenden realmente en la escuela y no confían en las buenas notas. Es triste reconocer que en muchos casos tienen razón y esto se ha comprobado en el siguiente curso, cuando los profesores han realizado comprobaciones de los conocimientos previos. Estudiantes que hasta el momento habían obtenido calificaciones altas, de pronto suspenden y descubren que traen una mala base.

Me parece lógico que muchos alumnos deseen profundizar en sus conocimientos. En mi época de estudiante, mis padres me buscaron una profesora particular de inglés porque el idioma me gustaba mucho y quería aprender más. También me pagaron una profesora retirada de mecanografía y taquigrafía.

Sin embargo, no recuerdo que ninguno de mis compañeros ni nadie que yo conociera en aquella época tuviera que pagar clases particulares de lo mismo que recibía en la escuela, a no ser para las pruebas de ingreso a la universidad cuando terminábamos el preuniversitario.

Lo que sucede ahora es un problema aún más delicado. Personalmente pienso que el tiempo extra de los profesores hay que pagarlo; después de permanecer ocho horas en la escuela haciendo su trabajo, no tienen por qué seguir trabajando en su casa de gratis.

Estudiantes de secundaria. Foto: Caridad

Si alguien necesita un repaso para un examen de ingreso o de la universidad y va a molestar a una profesora, es justo que le pague. Se trata de su tiempo. Pero lo que está sucediendo es que los padres están pagando para que los alumnos aprendan el contenido que deberían aprender en la escuela porque no confían en lo que se les enseña allí.

De ahí podría derivarse que la verdadera instrucción se reciba a través de las clases particulares y no en la escuela; y que sólo aquellos alumnos cuyos padres tengan el interés o la posibilidad de pagar un profesor particular reciban los conocimientos necesarios.

Si esto llega a ocurrir, nuestra educación seguirá siendo gratuita desde el punto de vista formal, pero en la práctica…

Este problema solo tendrá solución con una buena calidad de las clases en las aulas, que devuelva a las madres y padres la confianza en la enseñanza gratuita que nos ofrece el estado.

Afortunadamente, en estos momentos muchos profesores de experiencia que se habían ido a trabajar en otros sectores, y otros que se habían retirado, están regresando a las aulas. Puede tomar mucho tiempo revertir los daños que ha sufrido nuestro sistema educacional, pero esta es una situación en la que deseo ser optimista.


2 thoughts on “Nuestra educación es gratuita

  • el 26 febrero, 2010 a las 4:03 pm
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    La educación de los valores humanos quizás depende en un 40% de los materiales audiovisuales de la TV (un niño consume programas y juegos de todo tipo en sus 3hrs activas en casa). La instrucción depende en un 70% de los audiovisuales (incluyendo multimedias y gráficos en los libros hechos por los mejores profesores en cada tema). Cuando haya dinero se pueden cambiar los VHS por DVD y hacer versiones de las teleclases con más información visual. Los padres podrían acceder a copias digitales de todas las teleclases con años de antelación incluso. La industria cubana del soft intenta producir juegos didácticos pero aun no hay competitividad en esa rama que por separado parece ser la más importante. El ICRT no ofrece las teleclases en ningún formato, como si protegieran algún derecho de autor.

  • el 25 febrero, 2010 a las 11:42 pm
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    APLAUSOS.

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