La verdadera realidad cubana (I)

Yusimí Rodríguez

HAVANA TIMES — Desconfíe de títulos como este. Desconfíe de cualquier texto que intente decirle una verdad absoluta sobre algo, sobre todo si ese algo es Cuba.

Tome un dado en sus manos e intente ver sus seis caras al mismo tiempo. La verdad es como un dado, pero con más caras. Esto tampoco es una verdad absoluta, ni comprobada, es apenas mi opinión. Por tanto, desconfíe también.

Hace casi dos meses, el país conmemoró otro aniversario de la Victoria de Playa Girón, lograda contra tropas mercenarias que invadieron la Isla por Bahía de Cochinos. En el mes de abril, el espacio televisivo de la Mesa Redonda dedicó uno de sus programas a este hecho histórico.

Confieso que solo veo el programa en ocasiones especiales. Esta no era una, pero el televisor estaba encendido y lo escuchaba desde la sala de mi casa. La invitada principal de aquella tarde era Nemecia, la niña del poema “Los zapaticos blancos,” del Indio Naborí. Esa niña es ahora una mujer de más de sesenta años.

Por mucho tiempo no supe que Nemecia era real. Estudié el poema en la primaria, pero solo en un reportaje sobre el Sexto Congreso del Partido Comunista de Cuba, celebrado en el 2011, vi en carne y hueso a la protagonista del poema. Ahora, la escuché contar su historia en la Mesa Redonda.

Nemecia fue muy pobre antes de 1959. Su madre apenas lograba mantenerla a ella y a sus hermanos. Nunca pudo comprarle zapatos blancos, ni de ningún color. Al escucharla, pude imaginar lo que fue la llegada de la Revolución cubana, a la vida de los habitantes de aquella comunidad.

Y justo cuando empezaba a salir el sol para Nemecia, llegó la invasión mercenaria. Nemecia supo que el país estaba siendo invadido, de la forma más directa. El transporte en que viajaba con su madre y sus hermanos fue alcanzado por los bombardeos. Su madre murió frente a ella. Sus hermanos fueron heridos.

A lo largo de mi vida, Girón ha sido un hecho lejano, cantaleta triunfalista del discurso oficial, que tuve que aprenderme para un examen de historia en cuarto grado: “Girón, primera derrota del imperialismo yanqui en América, 19 de abril, de 1961.” Punto. Ahí termina Girón para mí. Nací en 1976. No estuve allí para vivirlo. Por suerte.

Para Nemecia, Girón es cada día que recuerda a su madre. Todos los días. ¿Cómo se recupera una de haber visto, a los doce años, a su madre morir en un ataque mercenario? No lo sé. No sé si una se recupera. Nada que pueda imaginar me acercara a lo que sintió Nemecia.

Escuchándola, recordé una escena de la película “Ché, el argentino,” de Steven Soderbergh: el Guerrillero agradece la invasión de Playa Girón, porque unió más al pueblo en torno a Fidel. Nadie sabe para quién trabaja.

¿Cuestiona Nemecia alguna vez los errores cometidos por los mismos líderes que trajeron a su vida la luz de la Revolución, los atropellos contra los homosexuales; los que se comenten ahora contra quienes exigen cambios; que la Constitución de 1940 nunca fue restablecida (como prometiera Fidel Castro)? Supongo que no. Y la entiendo.

En Cuba, los términos “disidente” y “opositor” han sido transformados por el poder en sinónimos de “mercenario.”  Quienes exigen libertad de expresión, de asociación, de prensa, son catalogados por el gobierno de mercenarios, sin derecho a réplica. Ya sabemos lo que la palabra “mercenarios” debe traer a la mente de Nemecia.

Visité la comunidad de Pon, en la provincia de Pinar del Río, en el año 2002. Allí, los campesinos no contaban con agua corriente ni electricidad. Debían sacar agua de un pozo; existía un solo televisor colectivo, que funcionaba gracias a un panel solar. No sé si las cosas en Pon habrán cambiado, pero había que escucharlos hablar de Fidel Castro en aquel momento, en aquellas circunstancias: “Gracias a Fidel, se acabó el desalojo”; “Gracias a Fidel, mis hijos no pasan hambre”; “Gracias a Fidel, tenemos tierras.”

Esa era su verdad, y no podía evitar que me conmoviera su agradecimiento hacia la Revolución cubana, a pesar de que en pleno siglo XXI tuvieran que sacar agua de un pozo; aunque sintiera que la vida se acababa a las siete de la noche, cuando oscurecía, y quedaba aquel televisor colectivo como única opción.

Conozco a un hombre de 67 años que describe a Fidel Castro como “el único presidente que le dio dignidad a este país.” En su adolescencia, antes de 1959, lo expulsaron de una playa por ser negro.

Más tarde, durante años, no pudimos entrar a las instalaciones turísticas, no por ser negros, mulatos o blancos, si no por ser cubanos. A mi amigo esto no le pareció indigno, sino necesario.

También le pareció necesario que durante mucho tiempo los cubanos (que tuvieran suficiente dinero) no pudiesen adquirir carros, excepto si eran artistas, deportistas de alto rendimiento o miembros del Consejo de Estado; que solo fuera posible comprar una casa de manera ilegal.

Si el Estado no ha pedido disculpas por habernos privado de esos derechos, “es que era necesario”. Si tampoco se ha disculpado con los homosexuales expulsados de las universidades, de sus centros de trabajo, enviados a las UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción) es que también era “necesario.”

Tampoco es indigno, sino necesario, que los cubanos requiramos un permiso especial para salir del país. Cuando eso cambie, si es que llega a cambiar, como se anunció durante el Sexto Congreso del Partido, tampoco recibiremos una disculpa.

Mi amigo de 67 años participó en la campaña de alfabetización, sembró café, aplaudió al gobierno cuando se eliminó incluso la pequeña propiedad privada que existía en el país, “como último vestigio de la burguesía.”  Esa fue la justificación de entonces.

Mi amigo formó parte de aquel proceso. Aquello no puede haber sido un error, porque también sería su error. Sus horas de trabajo voluntario donadas a la Revolución no pueden haber caído en el vacío. Los que murieron en Angola, no pueden haber dado su vida en vano.

Aunque la casa se le esté cayendo encima, aunque su jubilación simbólica le dure exactamente diez días, necesita seguir creyendo en aquel futuro mejor que le prometieron los líderes  en 1959.

Lo más cercano a esa promesa fueron los años ochenta del siglo pasado; es triste escucharlo hablar de esa época, cada vez más lejana, convencido de que regresara, mientras sobrevive gracias al invento, nuestra forma  eufemística de llamar a las pequeñas actividades pseudo-ilegales que garantizan la subsistencia.

Mi amigo es uno de los tantos jubilados que venden jabitas (sin licencia), periódicos, el café de la cuota, o lo que les caiga en las manos, pero que nadie le hable mal de la Revolución y sus líderes, porque aún tiene fuerzas para “pelear por esto” y pulmones para gritar consignas.

Continuará… 

 

7 thoughts on “La verdadera realidad cubana (I)

  • yusimi!!es “acertado”….

  • Los puntos de vista vertidos acá, y el propio artículo de Yusimí (muy bien redactado, por cierto), permiten echar un poco más de luz sobre el dilema cubano. La Revolución significó un cambio radical y sobre todo positivo para una gran masa de cubanos. En virtud de ese viraje, y por varias décadas, se mantuvo una especie de consenso social, cimentado en buena medida por el ingente apoyo material proveniente de la antigua comunidad socialista. Pero desde 1991 a la fecha algo se ha ido resquebrajando irremediablente, y el consenso de ayer parece hacer aguas. Se requerirán muchos y tangibles cambios para recuperar a la generación horneada con el incipiente calor de los pasados 20 años. No soy de los agoreros, pero es que el presente duele y el futuro asusta.

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