El día del gas

Yusimi Rodriguez

HAVANA TIMES, 13 dic — Hoy es mi día de comprar el gas. No tengo asignado gas de la calle, sino de “balita” como llamamos aquí al envase.

Cada quince días debo ir al punto de venta con la libreta de abastecimiento, el carnet de identidad de mi madre, el comprobante y el envase vacío para que me lo reemplacen por uno lleno.

Nada de esto sería necesario si contara con gas de la calle, pero no me quejo, que conste. Sé lo que es vivir sin gas de todo.
Desde antes de mi nacimiento en mi casa se cocinó con kerosene, y aún después de que empecé a padecer de asma, y a pesar de todas las veces que mi madre solicitó que nos pusieran el gas, y a pesar de que la cocina de kerosene era peligroso.

Cocinar con kerosene, tuvo sus ventajas, finalmente. Las familias que lo empleábamos fuimos las primeras ¿beneficiadas? por el plan de la Revolución Energética (comenzó en 2004), para reducir el consumo de electricidad y combustibles.

Recibimos antes que nadie las ollas arroceras, las ollas eléctricas, llamadas Reinas, aquellas primeras hornillas eléctricas que luego debieron ser sustituidas. No sé si redujimos el consumo de electricidad, pero junto a la entrega (venta) de los equipos aumentó la tarifa eléctrica.

De todas formas los equipos representan menos uso de kerosene, excepto en caso de ciclón y el consecuente apagón, o de apagón sin ciclón; o cuando los efectos eléctricos se rompen y las piezas de repuesto no aparecen. Si aparecen, cuestan un ojo de la cara.

Pero desde principios del 2006 tengo gas de balita. Hasta hace pocos meses le pagábamos a un mensajero para que nos comprara el gas y lo trajera a la casa.

Los mensajeros son hombres cercanos a los setenta años, algunos cercanos a los ochenta, a los que la jubilación no les alcanza para vivir. Cada uno transporta tres o cuatro balitas en su carretilla. Si la casa está en altos, deben subir con la bala al hombro. Cada cliente paga veinte pesos.

El mensajero que nos llevaba la balita llegó al límite de sus fuerzas. Ahora debo ir yo al punto cada quince días. No hay hombres en mi casa, pero eso no es problema. Después que la compro y la traslado a mi casa en una carretilla, cualquier vecino hace el favor de subirla. Una virtud que conservamos los cubanos es la solidaridad.

El día del gas me preparo para perder un par de horas de la mañana. Llego al punto sobre las ocho para marcar en la cola. A esa hora ya hay siempre siete u ocho mensajeros. Hacen chistes entre ellos, se burlan de su propia vejez, de los dientes que han perdido, se ríen por las mujeres que ya no pueden tener, de su propia decrepitud.

Hace poco, uno de ellos había olvidado de quién era la balita que tenía en la carretilla. Eso es motivo de risa. Se ríen y hacen reír.

Otra virtud que conservamos los cubanos es nuestro sentido del humor.

Como me dijo una amigo hace poco, nos reímos de la soga que nos va a ahorcar. Los mensajeros se divierten como niños. El camino más corto de regreso a la infancia: envejecer.

A esa hora, casi nunca hay gas en el punto, pero el camión aparece sobre las ocho y media de la mañana, o las nueve. Descargarlo toma alrededor de media hora. A las diez o diez y media de la mañana estoy en casa con la bala llena. Así sucede en los días buenos.

Hoy no es uno de esos días.

A las diez de la mañana no ha aparecido el camión del gas, he venido armada con un libro y con paciencia. Los mensajeros siguen haciendo chistes. Pero a las diez y media de la mañana el camión no ha llegado y quiero que se callen. También ellos han ido perdiendo el sentido del humor, el aguante.

Vuelven a ser lo que son en realidad: hombres viejos que tras haber trabajado toda su vida, de haber pensado que al retirarse podrían descansar, tienen que seguir luchando para sobrevivir. La mayoría está aquí desde las siete de la mañana o más temprano.

A las once llega una señora de unos setenta años y pregunta quién es el último. Alguien le señala, erróneamente, a un señor cercano a los ochenta que llegó antes de las ocho. Tiene la vista fija; no ha abierto la boca, a no ser para caerle a mordidas a una libra de pan que compró hace media hora.

La señora le pregunta si es el último y no responde. Cuando le vuelve a preguntar, la manda al carajo.

A las once y media he leído más de la mitad del libro. Por segunda vez. La primera fue el viernes, cuando me lo prestaron. Es un libro de Marguerite Duras: Escribir. Me pareció descomunal, aunque esa no es la palabra. Descomunal, es una pobre palabra.

Un desconocido de sesenta años se detuvo al verme leyendo. También le gusta la literatura, y Marguerite Duras. Es lo mejor que me ha sucedido en el día: conversar de literatura con un desconocido en la cola del gas.

Pero el hombre sigue su camino y no hay rastro del camión. Sigo esperando. Un mensajero, de los mayores, dice que esto no es nuevo, ni extraño, el camión puede aparecer a la una de la tarde.

La vida no es tan cruel. El camión vino poco antes de las doce del día. Pude comprar el gas a la una y diecisiete minutos de la tarde.

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