Cuando yo era profesora en un tecnológico

Yusimí Rodríguez

Jovenes cubanos.

HAVANA TIMES — Acabo de leer, en el sitio, el texto “¿Por qué tanto alboroto?” de mi colega Kabir Vega Castellano. Pero antes de ser mi colega, Kabir era para mí el hijo de mi mejor amiga.

A veces, quiero describirlo como un niño inteligente y me retracto, porque en las escuelas de aquí, inteligente es un alumno que dice a los profesores lo que estos esperan escuchar cuando preguntan, sin cuestionarse la veracidad y la lógica de las cosas.

Aquí, el buen alumno es aquel que repite consignas, que acata sin levantar la cabeza, que se preocupa solo por sacar buenas notas.

Kabir es un adolescente sensible, profundo, no analiza las cosas de forma superficial. Su pelo largo no es un simple capricho. Y si así fuera, es un derecho. No creo que esta vez vaya a dejárselo cortar, ni que madre lo obligue.

Pero cuando pienso que podría perder la escuela por este asunto, recuerdo la época en que era profesora en un tecnológico y me pregunto si en aquel momento también lo habrían expulsado.

Me gradué de profesora de inglés en 1999 y comencé a impartir clases en un tecnológico. Durante el primer curso, mis alumnos eran estudiantes de técnico medio en Mecánica, en Electricidad y en Comercio. Los de comercio estaban en primer año; los futuros mecánicos y electricistas estaban en tercero.

Los estudiantes de comercio recibirían inglés durante los cuatro cursos que duraban sus estudios; los de mecánica y electricidad, solo durante el tercer año. Fue el año en que tocó sufrirlos.

Eran tres grupos integrados por varones (solo una hembra en electricidad) que se sentaban con las piernas abiertas, pasaban todo el tiempo de la clase hablando de cualquier cosa que no fuera la clase. Apenas copiaban en la libreta (una sola libreta para todas las asignaturas).

Miraban desafiantes e irónicos cuando se les regañaba. A veces, se fugaban de los turnos de clases o tomaban vacaciones. Eso así, algo debo decir en favor de ellos. Todos estaban correctamente pelados. A veces tenían la camisa por fuera del pantalón; a veces les faltaba el respeto a algún profesor, pero no puedo negar que estaban correctamente pelados.

Jovenes cubanos.

Todo eso habría estado bien, de verdad, si al menos hubiesen sido genios capaces de aprobar los exámenes sin necesidad de estudiar ni ir a clases. Si hubiesen podido estudiar por los libros en casa (en el caso de que hubiesen tenido libro de texto de inglés, que no había) o de que les hubiese interesado estudiar en sus casas (como a Kabir).

Pero mis alumnos solo eran adolescentes comunes de diecisiete y dieciocho años, inteligentes tal vez (uno ganó un concurso municipal de ajedrez) pero poco interesados en la escuela.

Casi todos suspendían los exámenes; los afortunados obtenían notas mediocres. Alguno lograba sorprenderme con una nota de noventa puntos. Los exámenes eran siempre extremadamente fáciles. Mi jefe me dejaba claro que debían ser extremadamente fáciles. Sin embargo ellos se las arreglaban para suspender.

¿Perdían el curso? No. No podían suspender el curso por una asignatura tan poco necesaria para un electricista o un mecánico como inglés. ¿Por qué entonces se incluía inglés en el programa? Porque nuestros estudiantes deben ser integrales.

¿Perdían el curso por suspender alguna otra asignatura? No. “No pueden suspender (palabras textuales de una colega de experiencia) porque sería una pérdida del dinero que ha invertido el Estado en prepararlos desde la primaria, para que al final tengan un oficio y no estén vagabundeando en la calle. El Estado no puede darse el lujo de invertir el dinero y que al final no se gradúen”.

Un alumno que asistiera todos los días a la escuela y no perdiera un solo turno de clases, casi tenía garantizado aprobar el curso. Incluso ellos lo sabían. Uno de los peores alumnos que tuve en los grupos de electricidad (paradójicamente, el campeón de ajedrez) me dijo una vez que no podían suspenderlo porque no faltaba a clases y además “no me pierdo una marcha por el regreso de Elián”.

Tal vez, por eso a uno de mis colegas le pareciera lógico aceptar soborno de los alumnos para aprobarlos al final. “De todas formas, los tengo que aprobar a final de curso. De esta forma, por lo menos les cuesta algo”.

Aún me parece increíble que un alumno como Kabir, con tan buenas notas a lo largo de su vida, tan interesado en estudiar, en prepararse, esté a punto de perder el curso por algo tan insignificante como el largo de su pelo. Me parece increíble solo porque soy ingenua.

Por suerte, siempre cuento con alguien que me abre los ojos: “Ya no hacen falta que tantos jóvenes lleguen a la universidad y se gradúen. Ahora se necesita gente que se gradúe de técnico medio o de las escuelas de oficio”, me aclaró una amiga el sábado.

Tal vez, hace diez años, cuando aún nos interesaba que nuestros jóvenes estudiaran carreras universitarias; cuando el líder había dicho (dos años antes) que en diez, a partir de entonces, seríamos el país más culto del mundo, el pelo de Kabir habría podido pasar inadvertido. Tal vez, la directora no se habría dado el lujo de desperdiciar la “inversión” del Estado.

No sabría decir si lo “invertido” en mis alumnos del tecnológico fue de provecho. Estuve una vez en un examen práctico de uno de ellos, relacionado con electricidad. Era algo simulado y en pequeña escala, es todo lo que recuerdo.

Kabir

Y fue una suerte. Al final, la profesora que lo examinaba le dijo que si aquello hubiese sido real, habría dejado a toda la comunidad sin luz. Pero aquel alumno se graduó, y otros, en las mismas condiciones.

Tal vez, sea una suerte que muchos no se dediquen actualmente a la electricidad. Me los he encontrado en la calle, a lo largo de los años. Muchos trabajan como guardias de seguridad, panaderos, vendedores de productos del agro mercado. Me saludan con afecto al encontrarnos.

Dejamos de ser contrincantes, incluso en aquella época, cuando descubrí que estaban atrapados por las aspiraciones de sus padres de que tuvieran un título; que casi ninguno quería ser electricista ni mecánico; que solo querían verse libres.

Algunos ahora lamentan no haber aprovechado mejor las clases de inglés. También yo llegué a sentir cariño por ellos, sobre todo por aquel pésimo alumno, gran jugador de ajedrez. La última vez que lo vi era panadero.

¿Qué pasará con Kabir si finalmente lo expulsan de la escuela, cuando llegue a las treinta ausencias (que no son su culpa)?  ¿Dónde quedarán sus sueños y sus aspiraciones? ¿Pero sobre todo, a dónde irá lo que pueda quedarle de confianza en la justicia y los derechos ciudadanos en este país?


6 thoughts on “Cuando yo era profesora en un tecnológico

  • el 6 noviembre, 2012 a las 11:49 am
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    Muy lindo, como siempre, tu testimonio. Y por supuesto que mi solidaridad con Kabir. Si el pelo largo es una manera de ser el, y si se resiste a ser moldeado por nuestra mediocre sociedad, estoy absolutamente de acuerdo con el.

  • el 6 noviembre, 2012 a las 10:21 am
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    ¿Alguien le ha intentado decir a Kabir que aunque es admirable su rebeldía hay normas que cumplir en la escuela y que el único afectado es él?

  • el 6 noviembre, 2012 a las 6:53 am
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    Cual conducta indisciplinada tener el pelo largo, no jodas, no es un delincuente, es un buen muchacho, un buen estudiante y ahora cual es su culpa tener solo un poco el pelo largo es p’q como tu prefieren los alumnos delincuentes y burros que salen de las escuelas sin saber nada de nada pero con un buen corte de pelo a un buen estudiante con el pelo largo, te lo repito otra vez, NO JODAS

  • el 6 noviembre, 2012 a las 6:47 am
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    Creo que Kabir hace rato que sabe que no puede contar con la justicia y tanto menos con los derechos que tiene como ciudadano en su pais espero que siga teniendo los mismos suenos y aspiraciones de siempre ya que el pelo largo no hace de el un hombre pero lo ayuda a costruirse su caracter

  • el 6 noviembre, 2012 a las 6:46 am
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    Te aclaro Raydel, Cuba no es Estados Unidos.
    Es acaso tu modelo a seguir?
    A santo de que la comparación?
    Puedes quizá pensar el problema de Kabir en el marco de leyes nacionales, o acaso el congreso norteamericano nos hace las leyes de educación?
    Viva la doble moral!
    Viva la apariencia sobre la verdad!
    Vivan los números sobre la espiritualidad!
    Vivan!

  • el 6 noviembre, 2012 a las 1:08 am
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    ¿Dices que las 30 ausencias no son su culpa? Con educadoras como tú no cuesta trabajo comprender por qué hay chicos como Kabir que quieren saltarse las normas de la escuela. Esto no tiene nada que ver con la constitución del país, ni nada por el estilo. En Estados Unidos las escuelas tienen un código de conducta que estipula cómo los varones deben tener el cabello. Violaciones de ese código no se admiten. Simplemente no se toleran. De las consecuencias de la conducta indisciplinada de Kabir solamente él es responsable.

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