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Qué te voy a contar, que ya no sepas

Fotos: Néster Núñez

Texto y Fotos por Néster Núñez (Joven Cuba)

HAVANA TIMES – Se me ocurre algo: te voy a decir lo más significativo que me ha pasado hoy. Imagínate esto, yo sentado aquí en el sofá, sudando en medio de la oscuridad porque después de cinco horas sin corriente la lámpara ya perdió la carga, y cuando le doy la cachada al cigarro siento un sabor infernal. Tuve que prender la fosforera a ver qué rayos era lo que me estaba fumando. Nada, fue que encendí el cigarro por el corcho. Hasta me reí solo, pensando que así está todo por aquí, al revés. Que la situación está infumable. Del tirón boté los cigarros y me lavé los dientes, aunque en la garganta todavía persiste el sabor a cucaracha.

Aparte de eso, no hay nada nuevo. Supongo que estés al tanto de los apagones. Sé que no tienes tiempo para Facebook, pero alguien ya te habrá contado por WhastApp. Igualitos a los que viviste cuando estabas aquí. O ni tanto. ¿Te acuerdas aquella vez que alguien se atrevió a sonar los calderos y otro puso altísimo la canción Siento un bombo mamita me está llamando?… ¿Te acuerdas la expectación que uno sentía mientras esperaba que sonaran otros calderos en el barrio…? Bueno, ya ni eso.

Ya no existe ni la ilusión de la protesta. Esa ilusión se derritió con el calor de mayo, por no decirte que los años de prisión, las tremendas condenas a los del 11 de julio y a los que transmitieron las protestas de Nuevitas, nos tienen a todos cada vez más cautelosos y asustados. La gente lo que quiere es que acabe de llegarles el parole y no meterse en problemas mientras tanto. La otra gente lo que quiere es llevar una vida decente y digna, sea lo que sea que eso signifique para cada cual. Pero no es lo que estamos teniendo. Eso, te lo aseguro. Bueno, tú lo viviste. Es más de lo mismo.

Disculpa, tú no debes estar para ese tipo de cosas. Entre dominar el idioma, los dos trabajos para pagar la renta y los dealers, más tratar de disfrutar y de encontrarle sentido a estar en ese país sola, ¿cómo vives lo que sucede del lado de acá? ¿Te resulta mejor olvidarte de todo o el sentimiento de dolor nunca pasa? Más que dolor, ¿es roña lo que se siente? ¿Lástima por esta Isla bella? ¿Nostalgia? No tienes ni que responderme, disculpa. Es que no puedo dejar de hacer preguntas. Preguntas tengo muchas en la cabeza, y respuestas, casi ninguna. Es como vivir en el limbo, en las nubes, sin certezas. La convicción más firme que ahora mismo tengo es que esto no avanza, mucho menos para algún lado bueno. En fin, voy a cambiar el tema porque me da una cierta pena quejarme sin hacer nada para cambiarlo.

A ver qué otra cosa puedo contarte… Ah, la semana pasada estuve cinco días en La Habana, un trabajo que me cayó por allá. Me quedé en El Vedado, en el cuartico de los amigos de siempre, en el colchón en el piso, tú sabes. Ellos siguen cocinando riquísimo. Es su momento de amor, de entrega, de placer absoluto. No es llenarse la barriga y ya. Mirar los platos terminados ya es tremendo goce. Así es cada día, tengan visita o no. Los admiro por eso. 

Una noche de esas le caímos al vodka sentados en un banco de G, y estuvimos hablando de nada. Jajajaj. Literal. En vez de un minuto de silencio, estuvimos dos horas metidos cada cual en sus pensamientos. A mí me pasó que frente a una heladería de esas nuevas y carísimas, un niño se me acercó no a pedirme dinero, como pensé, sino a venderme unas cartas de Yu Gi Oh. Setenta pesos cada carta y seiscientos el paquete, creo. Le dije que me buscara una que me trajera suerte y me dio esta que dice Frightfur Bear. Oso atemorizante. Ni idea de cuál es el hechizo o la magia que invoca, pero la tengo en la billetera como un talismán, junto al billete de dos dólares, ¿te acuerdas? Y eso, que el vodka me dio por pensar en cuando los chamas jugaban con esas cartas… ¿Qué año era?, ¿2009? Pensé que ahora uno de ellos vive en Seattle y programa para Google y que el otro está viajando de Miami a Colombia, que en unos meses va a ser padre… En el orgullo que siento por lo que han logrado, en las conversaciones y consejos que les diera, en el deseo que tengo de estar allá para ver crecer a mi nieta, en el susto que me da dejar atrás a la otra hija nuestra que ya es grande también y está enamorada de una forma muy madura para su edad.

El vodka se presta para discutir sobre pelota o la guerra en Ucrania, pero no para aflojar a pulso así los sentimientos. De haber hablado mientras bajábamos la botella, te juro que me hubiera dado por hablar de la infancia en sentido general, del futuro que les espera en este país, de las escuelas como están. Yo creo que por eso estuvimos callados tanto rato. Por no quejarnos, por no cogernos lástima a nosotros mismos, por no hablar de cómo les va a ustedes, los que se fueron, porque una cosa es lo que nos cuentan así por arribita y otra lo que de verdad están sintiendo.

Otra cosa nueva así o algo importante de esos días en La Habana… Ah, que pasé por el Parque del Curita y por otro en La Habana Vieja… Bueno, te mando la foto. Mira a esas personas lo que están vendiendo. O lo que intentan vender: cualquier cosa que encuentran quién sabe dónde.

Si supieras que desde hace un rato he notado que hay algo un poco mal en mí. Por el trabajo que hice, unos videos promocionales a negocios particulares, me pagaron trescientos dólares. Súpercontento con eso, por supuesto. Sin embargo, sin que haya vodka ninguno de por medio, el simple hecho de mencionar esa cifra, me apena. Al cambio actual son más de 115 mil pesos. El salario de dos o tres años de cualquier trabajador común. Cómo decirlo… siento como un cargo de conciencia por tener yo dinero y que haya tanta gente pasando muchas, pero muchas necesidades. Claro, hay otros que están haciendo miles de dólares de forma legal, o bastante legal, supongo. Con esos no tengo problemas, lo veo normal, me alegro de que ellos avancen. Sin embargo, cuando se trata de que soy yo el que hace dinero…  no sé. Supongo debe ser que me caló hondo el falso igualitarismo en que crecimos o que no asumí muy bien lo de «a cada cual según sus capacidades».

Es verdad lo que me dicen, que yo he invertido tiempo en aprender un montón de cosas, que he desarrollado habilidades y ponle que, además, tenga cierto talento para algunas cosas, y que la suma de todo eso se traduce en oportunidades que otros no tienen. Así y todo, me cuesta aceptar la abismal diferencia que hay en nuestra sociedad. Cuando crecíamos, nos decían que eso era típico del capitalismo, y llegamos a verlo normal. Te digo que no estaba preparado para verlo aquí, y creo que esa sensación no va a cambiar mientras yo viva en este país.

A veces ayudo a quien me pide dinero. Igual, ya he aprendido a discriminar a quién le doy y a quién no. A los ancianos, seguro. El otro día llegó uno de cincuenta y pico de años y le di un rotundo «No tengo». Fuerte que estaba. Si no sabe hacer otra cosa que se ponga a recoger latas y las venda. El kilogramo lo pagan a 80 pesos. Eso ya te lo dije, creo. Más duda me da un adolescente con síndrome de Down que pide dinero fuera de los bares. He visto noches en que se va con un par de miles de pesos. Conozco a otra muchacha con el mismo padecimiento, que teje prendas y las vende a artesanos que a su vez venden a los turistas en Varadero. Son diferentes actitudes y diferentes familias. Es muy complejo todo.

Igual, siento que repartir de mi dinero a personas puntuales no es la mejor forma en que puedo ayudar. El otro día me encontré en Facebook a un fotógrafo brasileño, Brian Baldrati, que hace fotos a desconocidos por la calle. Pero antes les pide que cuenten su historia. Son gente normal, trabajadores, personas humildes. Las historias de vida que vi son durísimas, o bellas, me han llegado al alma. Eso es algo que definitivamente quiero hacer. No por tener más seguidores ni likes, sino por contar, por documentar con su propia voz las historias de los cubanos de a pie, cosa que se está haciendo muy poco. Necesito comprar una GoPro y un mejor micrófono del que tengo. A ver si esto no se me queda en la idea, en los planes, como mismo ha quedado ir a un gimnasio, hacerme una revisión en el dentista y así otro montón de cosas que tengo por anotadas en diez posts it y en la agenda del teléfono.

No es por justificarme, pero es que aquí todo va tan despacio, hay tan pocos cambios, que a uno le parece que tiene todo el tiempo del mundo, que no hay apuro para nada. Y lo que hace es posponerlo todo. Claro, porque hay muy poco estímulo. La mayoría de las cosas se hacen, como quien dice, por amor al arte, o porque no te queda más remedio. Tú sabes, tú lo viviste. En este ajedrez que nos tocó, no se puede ni pensar con antelación más de dos jugadas. Hay que esperar a que pongan la corriente para cocinar o lavar o poder dormir. Esperar sin mucha esperanza, te digo. Esperar la guagua, esperar una amnistía, esperar que caiga el primer aguacero de mayo para que los mangos se maduren, aunque nunca los vamos a coger bajito ni aunque estén verdes.

Mira, voy a cambiar el tono porque aquí la cosa está mal, pero la gente encuentra el modo de seguir adelante y hasta de sonreír a veces. Hace poco vi a un señor sentado en el quicio de su casa sacándole la basura a los chícharos. En La Habana, en el Cerro, vi a unos niños bañándose en un hueco que abrieron en el medio de la calle y se llenó de agua por el salidero de la tubería. Los de aquí de Matanzas siguen tirándose desde el puente al río, aunque esté prohibido. De esas pequeñas cosas que alegran, los que entrenan a sus perros en la playa para las competencias caninas siguen yendo domingo tras domingo. Una muchacha recogió al gato deshidratado detrás del Capitolio y se lo llevó para su casa para cuidarlo. Una niña ayudó a cruzar la calle a una viejita y, en lo personal, me compré un paquete de café La Llave, boté las chancletas que cosí tres veces, para obligarme a buscar otras nuevas, y hoy me fumé seis cigarros menos, lo cual no me hace una mejor persona, pero sí más saludable.

Los muchachos de al frente tienen una fiesta. Están jugando dominó y sudando, supongo, porque todavía no han puesto la corriente. Por suerte para los vecinos y por desgracia para ellos, se les acabó la batería a las bocinas y terminaron con el reguetón. En medio de esta abulia y este sopor, que alguien haga una fiesta es muy admirable. Claro, son jóvenes y les llegó un pariente de afuera. No se les puede culpar de nada. A ver cuándo puedes venir tú. ¿Tendrás deseo? ¿Querrás arriesgarte?

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