Y el ‘cuentapropismo’, ¿liberó a las mujeres?

Diego Cobo  (Pikara Magazine)

Elisabeth (izda) y Carolina (dcha). Foto: Diego Cobo
Elisabeth (izda) y Carolina (dcha). Foto: Diego Cobo

HAVANA TIMES — “Nosotros, los cubanos, al no tener una cosa, nos adherimos a otra”, explica el profesor ante ella y otras siete alumnas en el taller de albañilería que organiza la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) en La Habana. Alguien pregunta: ¿Y qué es el aresco? El profesor responde: “El polvillo de escombros. Se utiliza cuando no hay arena”. Y seguidamente sugiere que “lo primero es dominar la actividad” para poder construir. La semana que viene levantarán un muro para poner en práctica lo aprendido en las jornadas de sábado en las que se desarrolla el curso de tres meses con grandes dosis, por qué no admitirlo, de paciencia. Muchas empiezan de cero.

“Esto es lo máximo”, reconoce Iliana, una mujer que ronda los 50 y habla con ilusión, “porque es una cosa que nunca se había visto. Una mujer trabajando en la albañilería es algo más para el país”. Ella, al igual que otras compañeras, comparte la pasión por alcanzar la autonomía de las mujeres introduciéndose en sectores donde los hombres, ya sea como profesionales o de manera más informal, resultan abrumadora mayoría. “Que las mujeres se incorporen a este trabajo en la sociedad para que el día de mañana no tengan que depender de nadie; que por ella misma diga `yo puedo y lo voy a hacer´. Ese es mi objetivo”, explica con ánimo de compromiso. Razones económicas son las que llevan a Bárbara, otra aprendiz de albañil, a involucrarse en el proyecto. “Lo hago para ayudar a mi familia. Es una oportunidad para las mujeres, para aprender y no tener que gastarme el dinero con un albañil”, expone a la salida de clase. Una cuestión de ahorro.

Algunas de las alumnas, como Bárbara, repararán sus casas; otras, simplemente, guardarán los conocimientos; y otras, probablemente, se incorporarán al sector de la construcción como ‘cuentapropistas’, la denominación de las personas que gestionan pequeños negocios por cuenta propia. El trabajo por cuenta propia, que fue impulsado en 1993, cuando más fuertes soplaban los vientos de la crisis económica en Cuba tras la caída del bloque soviético, sirvió de palanca para aliviar las penurias de un país hundido tras romperse los lazos económicos con sus aliados ideológicos. Hoy, de las 440.000 licencias existentes, solo el 26 por ciento pertenecen a mujeres.

El desarrollo de este pujante sector marca un punto de inflexión en la historia de los últimos 60 años de Cuba, ya que permite a las personas propietarias de negocios escapar de los exiguos sueldos del Estado y poder vivir holgadamente de su trabajo principal, algo inusual en la isla. Además, la regulación y ampliación legal de actividades ha permitido sacar de la economía sumergida, tan grande -o más- que la oficial, a muchas personas que anteriormente se ganaban la vida con las mismas actividades que actualmente realizan. Con una diferencia: ahora pertenecen a una categoría laboral que lleva asociada cotizaciones a la seguridad social.

La nueva normativa es sensible al contexto social y, considerando que muchas trabajadoras de edad avanzada no han pertenecido nunca al mundo laboral regulado, otorga beneficios a la hora de recibir pensiones de jubilación sin tener que llevar a las espaldas los mismos años de recorrido laboral que en otros supuestos. El Decreto 278 de septiembre 2010, que impulsó con energía este nicho de negocio privado ya libre de la estigmatización política que la riqueza y la ostentación suponían en un país socialista, consagra apartados específicos a la situación de gran parte de mujeres. A los beneficios de cotización se les unen derechos de invalidez, viudedad o maternidad, negadas en este sector aunque presentes en los trabajos asalariados estatales.

Sin embargo, las prestaciones por maternidad se concentran únicamente en “la trabajadora”, como detalla el capítulo VI de la ley, algo que choca con los derechos por paternidad que sí existen en los empleos estatales, en los cuales, desde el año 2003, el padre tiene derecho a licencia no retribuida de hasta un año y retribuida en caso de que fallezca la madre.

Lo que preocupa no es solo el bajo porcentaje de mujeres entre las personas que trabajan por cuenta propia, sino el tipo de actividades en que se desempeñan.

Unido al reconocimiento de derechos, el sector por cuenta propia permite ampliar los beneficios económicos de unos negocios que ya se encuentran formalizados y dotados de un mayor potencial recaudatorio, algo que puede beneficiar a las mujeres en el camino hacia su autonomía. “Las mujeres tenemos independencia económica cuando podemos trabajar”, explica Elpidia Moreno, de la dirección de la FMC, en el elegante salón de recepciones de la sede en el residencial barrio del Vedado. Desde el punto de vista estatal no hay limitaciones para trabajar en cualquier cosa. El 70 por ciento de los sectores de educación y salud está compuesto por mujeres”, detalla.

Pero esa realidad política y legislativa no se corresponde con el día a día de la calle, aún enfrentada a fuertes estereotipos y barreras que limitan el desarrollo de las mujeres en la sociedad. “En algunos sectores todavía se ve con recelos a que haya mujeres. Todavía quedan esos estereotipos, pero quienes nos limitamos a veces somos nosotras mismas”, opina Moreno.

Esta funcionaria reconoce ser deudora de la revolución, que elevó a la categoría de universal derechos que antes suponían privilegios. Y ella, de piel negra, se pone de ejemplo. “A las mujeres nos dieron la posibilidad de participar en todos los sectores”, expone. Lo reflejan ciertas estadísticas: la proporción de mujeres en la universidad o en algunos ámbitos estatales son mayoría, pero éstas siguen representando tan solo una cuarta parte del total de los cuentapropistas. “El trabajo autónomo está empezando ahora y las consecuencias no se ven de manera inmediata, pero el ‘cuentapropismo’ ha dado buen resultado y las mujeres son más creativas”, aclara.

Sin embargo, lo que preocupa no es solo el bajo porcentaje de mujeres entre las personas que trabajan por cuenta propia, sino el tipo de actividades en que se desempeñan, casi siempre centrados en trabajos tradicionales asociados al sexo y al género femenino, lo que se refuerza la división sexual del trabajo. Además, generalmente confina a las mujeres a trabajos relacionados con el hogar. La pedicura, la elaboración de alimentos, floristerías o las peluquerías son algunos de los más habituales.

Carmen, una mujer que regenta una peluquería en un destartalado local de La Habana, admite las bondades que la revolución trajo para el pueblo y para las mujeres, pero reconoce que “el cubano es machista”. Ella, una mulata camino de los 50 que trabaja entre la música que escupe la radio y los ventiladores que alivian el calor de la isla, desinfla las expectativas creadas en su primera afirmación al sugerir que “la mujer lleva la carga de la casa y, a veces, no trabaja porque se ha acomodado a esa situación, aunque tenga la oportunidad de hacerlo”. Además de las quejas en relación al suministro de materiales o de la excesiva regulación, abundantes entre esta nueva clase social con negocios privados, Carmen expone los beneficios desde que comenzara a gestionar su propia peluquería. A su sueldo mensual de 255 pesos como empleada (cerca de nueve euros), se unían las propinas, “de igual importe”. Ahora, tras el impulso del ‘cuentapropismo’ en 2010, sigue instalada en el mismo local, pagando 1.000 pesos de alquiler al Estado, pero ganando 5.000 (más de 165 euros). “Lo que antes ganaba en un mes, ahora lo gano en un día”, se sincera quien ha multiplicado vertiginosamente sus ingresos, pues ya no trabaja para el Estado y, por lo tanto, toda la recaudación va dirigida e a ella misma. “El ‘cuentapropismo’ está empezando. Todavía queda mucho”, advierte.

“A una ingeniera mecánica le pregunté un día por qué no trabajaba a pie de obra. Su respuesta fue que no hay condiciones para las mujeres, como pueden ser baños para nosotras”.

Es cierto que algunas mujeres han constituido un pilar importante en la sociedad cubana desde mucho antes de germinar la revolución en Sierra Maestra. También hay heroínas revolucionarias indiscutibles. Desde Mariana Grajales o Ana Betancourt en la etapa colonial hasta Celia Sánchez o Vilma Espín en la etapa revolucionaria, han jugado papeles estratégicos, por lo que todas ellas han sido laureadas desde las altas jerarquías de la revolución y su discurso…, pero los datos confirman únicamente que un tercio de los altos dirigentes del país son mujeres. La otra cara de la realidad es que la mayoría de profesionales y técnicas también lo son. En el contexto cubano aún no se puede decir que la igualdad sea una realidad palpable, aunque eso tampoco se oculta desde las instituciones.

“Hay que dar facilidades, no vale solo con voluntad. Y esas voluntades vienen del imaginario social”, apunta Isabel Moya, directora de la Editorial de la Mujer. “Socialmente no hay limitaciones, pero es que ella no se imagina. A una ingeniera mecánica le pregunté un día por qué no trabajaba a pie de obra. Su respuesta fue que no hay condiciones para las mujeres, como pueden ser baños para nosotras”. Elpidia Moreno, la delegada de la FMC, insiste en su idea central: “Socialmente no hay limitaciones”.

Una cuestión económica

La evolución de los trabajos por cuenta propia en el país ha estado muy ligada al devenir económico de la isla. Desde que en 1968 se prohibiera prácticamente toda la propiedad privada del país, la ampliación del ‘cuentapropismo’ en 1993 persiguió, entre otros objetivos, proveer a la población de ciertos servicios que el Estado, golpeado por una durísima crisis tras el fin de la Guerra Fría en lo que se dio por llamar ‘Período Especial en Tiempos de Paz’, no tenía capacidad para asumir.

El ajuste estructural acordado en VI Congreso del Partido Comunista de Cuba del año 2011 a través de un paquete de medidas denominado Lineamientos de la Política Económica y Social, sentó las bases del desafío al que Cuba se enfrenta. En la isla no hay vallas publicitarias, sino de propaganda. Y una de ellas, en el municipio de Playa de la capital, expone una de las prioridades actuales: la economía. El ‘cuentapropismo’ forma parte de esa estrategia nacional por cumplir uno de los lemas del sistema político cubano: socialismo próspero y sustentable, a través de un mecanismo encaminado a desinflar en más de un millón de personas el sector público, sobredimensionado.

Si hay un lugar en el planeta actual donde el estatus social nada tenga que ver con la posición económica, ese es Cuba. De ahí que las profesiones con mayor valoración social, como las relacionadas con la medicina o la educación, mantengan a buenos y buenas profesionales a pesar de los reducidos sueldos. El taxista o la mujer vestida con coloridos trajes y un habano de mentira en la boca mientras pide un dólar por cada foto que los y las turistas se hacen con ella, ganan más que un cirujano o una catedrática de universidad. Muchísimo más. El compromiso es el pegamento que mantiene esa relación difícil de entender.

Vichy y Ana (dcha). Foto: Diego Cobo
Vichy y Ana (dcha). Foto: Diego Cobo

“Gano más aquí que en cualquier otro lugar”, afirma Vicky Ana Piñate, propietaria de una cafetería en la céntrica calle 23. Vicky Ana, 26 años, abrió hace seis meses su negocio en los bajos de su casa después de trabajar un tiempo en otra cafetería cuyo jefe era un hombre. “Muchas personas tienen pensamiento machista y creen que el jefe tiene que ser un hombre, pero las mujeres también podemos”, explica al servir un café expreso.

– ¿Qué supone para una mujer tener un negocio por cuenta propia?

– Dignidad, responsabilidad. Me gusta este trabajo porque mi jefa soy yo.

Iliana, la aprendiz de albañil, tiene un discurso parecido tras escuchar las explicaciones del instructor de construcción acerca del mortero y los azulejos. “Esta es una experiencia que nos da el valor que tenemos que llevar a las demás mujeres”. Se muestra concienciada del potencial de estos cursos y de los valores que defiende, e insiste en su misión, tanto personal (“el día de mañana yo voy a trabajar principalmente azulejando, ya sea para mi casa o para trabajar por cuenta propia”) como colectivo (“vamos a aprender para transmitir los conocimientos a otras mujeres”) en un país que aún mantiene unos estrechos lazos sociales entre su población, pero en el que también se derivan consecuencias negativas, como es el aumento de la carga de trabajo en el hogar por parte de las mujeres cuando viven varias familias en la misma casa.

Efectos no deseados

Enfrente de la cafetería de Vicky está sentada Ekaterine Cabrera, que abunda en los efectos no deseados sobre las mujeres en este nuevo sector económico. Ekaterine es psicóloga y trabaja en el Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas. Está ausente mientras fluye la conversación con su hermana, Elisabeth, y su pareja, Mónica, quienes abrieron una dulcería nada más aprobarse el decreto que sacaba a muchas personas de la clandestinidad económica. “El ‘cuentapropismo’ es un arma de doble filo para las mujeres. Hay muchas que figuran como las dueñas legales del negocio, pero detrás está un hombre, que es el encargado de administrarlo ellas, realmente, son las empleadas”, argumenta.

El ‘cuentapropismo’ da acceso a los recursos económicos, y éstos a la independencia, como recordaba la funcionaria de la FMC. Pero las barreras ancladas en lo más profundo del imaginario hacen su efecto. “En las familias incluso es peor, ya que a veces está inscrita una mujer como propietaria: es ella quien trabaja pero un hombre quien administra, porque es el dueño de la casa. Ella no recibe salario porque es la esposa, mientras que si fuera una extraña habría que pagarla. La esposa no se queja porque lo tienen interiorizado”, prosigue la psicóloga.

– Pero, ¿por qué no ponen de titulares a las mujeres si son ellas las empleadas?

– Las razones son disímiles.

“El ‘cuentapropismo’ es un arma de doble filo para las mujeres. Hay muchas que figuran como las dueñas legales del negocio, pero detrás está un hombre, que es el encargado de administrarlo ellas, realmente, son las empleadas”.

La primera es que las personas cuentapropistas pueden tener más de un negocio, a través de las licencias múltiples. “Y tratan de no llamar la atención por acumular dinero”, explica. Otra razón son las visitas de los inspectores, ya que cuando acuden a los negocios es la mujer quien está presente. “Te evitas los impuestos que supone contratar a una empleada y, además, se supone que ella es la dueña, lo que le da un estatus de poder”.

Otra de los inconvenientes que Ekaterine observa en el emergente sector es el que conlleva trabajar en casa, ya que las mujeres se ven sometidas a la doble jornada: trabajan fuera del hogar, generalmente en los portales de sus casas, pero también dentro, con las tareas del hogar. “La familia cubana no hace esas distinciones: el dinero de la familia, el negocio de la familia. Pero el que lo administra es él”.

Elisabeth y Carolina, que combaten la dificultad -o disfrutan de los avances- en el ‘cuentapropismo’, comparten los progresos de las mujeres en Cuba. Carolina abrió el negocio nada más terminar la carrera de Sociología, aunque ya fabricaba dulces anteriormente, que vendía por las casas. “Teníamos un público anterior”, matiza, por lo que ya empezaron con una clientela fija. Ambas chicas, que rondan los 25 años, son los pilares económicos fundamentales de las dos familias. “El cubano no sabe cómo funciona y cómo llevar un negocio”, dice mientras una joven empleada sirve a la clientela, formada principalmente por trabajadores estatales sin mucha solvencia y muchachos que salen del colegio.

Ambas chicas mantienen un discurso independiente y en favor de la autonomía de las mujeres, pero también reconocen que se enfrentan a batallas diarias con muchos hombres que las tratan de engañar casi a diario. “Al comprar las materias primas, por ejemplo”, detalla Elisabeth. “Los hombres se basan en que las mujeres no saben. Nos traen azúcar que no es blanca, que es la que utilizamos para hacer los postres, sino ligada, que es la prieta [morena] batida, que tiene un color blanco. ¡Como somos mujeres piensan que nos pueden mentir!”, se queja. Algo parecido sucede con la harina, otra materia prima básica para elaborar los productos: “Usamos la harina de calidad media y muchas veces nos traen la harina gruesa en un envoltorio de la media. Ni hablar de lo que puede pasar con el cemento…”, concluye al observar las obras de ampliación que están llevando a cabo en el interior de la tienda.

El impacto del ‘cuentapropismo’ entre las mujeres tiene dos caras: por un lado, está impulsando la autonomía de las mujeres propietarias de negocios que ven incrementados sus ingresos mensuales y su estatus; por otro, supone una nueva fórmula sofisticada de dominación en la que hombres propietarios utilizan a mujeres para sus propios beneficio. Aun así, los peligros de una desigualdad entre sexos llevan acarreados perjuicios, como es la doble jornada –dentro y fuera del hogar-. ¿Serán estos los primeros pasos del proceso de liberación de las mujeres en Cuba?

La reforma de la seguridad social ya mencionada o la autorización a contratar a personas empleadas también pueden contribuir a lograr la independencia e igualdad. La primera medida por tener en cuenta el contexto laboral y la legión de trabajadoras en la economía sumergida; la segunda por acabar con una prohibición que reforzaba el papel de las mujeres en las labores domésticas además de en las profesionales, ya que los negocios por cuenta propia se encuentran generalmente en los portales de las casas.

Pero quedan algo más que residuos en la ideología reinante que vincula a las mujeres con cierto tipo de actividades, generalmente relacionadas al hogar y casi siempre según los roles tradicionales. Uno de los hechos que mejor simboliza ambas realidades se condensa en un ejemplo en claro auge: el alquiler de habitaciones en casas particulares. Cuando está gestionado por un matrimonio, cada uno tiene bien definidas sus tareas. Y es difícil salir del trillado tradicionalismo: mientras él sale a buscar clientela o arregla los aparatos de aire acondicionado, ella cocina y limpia la habitación.

De hecho, Isabel Moya, la directora de la Editorial de la Mujer y editora de la revista Mujeres, explica que fue difícil atraer a las mujeres a los cursos que ofrecían. Mientras habla, ríe a carcajadas melancólicas. Y desliza con precaución, como entre una realidad triste y un futuro esperanzador: “Al principio les costaba entrar a las mujeres en el taller de albañilería. Preguntaban si no había cursos de peluquería…”.

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7 thoughts on “Y el ‘cuentapropismo’, ¿liberó a las mujeres?

  • “Una mujer trabajando en la albañilería es algo más para el país”… esta es una de esas frasesitas que disparan la aguja de mi Bullshit-O-Meter; porque los Liborios de este mundo trabajan para sustentarse, no para añadir “algo” a un país.
    Y si no, prueben a pagar sus deudas con sus supuestos aportes al país, y no con dinero… :-)

  • Yo no tengo preferencias porque me atienda un enfermero o una enfermera. Sí he notado que a los enfermeros hombres no los ponen en salas de mujeres pero no se sí hay un reglamento con eso.

    Una vez me di tremenda reventá en una bicicleta y quedé con quemaduras por fricción y me atendía un enfermero muy amable y profesional.

  • Eduardo, en derechos todos somos iguales, incluso el que a un enfermero hombre le guste otro enfermero hombre y que a la enfermera le guste la enfermera. Lo que pasa es que la palabra igualdad en Cuba es una palabra incomoda.

  • eduardo:

    Muy bien dicho; qué lastima que en política no pienses igual respecto a los que no simpatizamos con la pandilla Castro. La coherencia es muy bonita.

  • Un servicio novedoso que esta abriéndose paso en varios países es el taxi rosa, conducido por mujeres. La ha pegado, tanto en países islámicos como en lugares donde hay violencia. El taxi rosa te trasmite sensación de seguridad.

  • Me parece grandioso que las mujeres puedan desarrollarse en la actividad que les reporté mejores beneficios. He visto mujeres trabajando en la construcción, manejando taxi o equipo pesado, y hacen su trabajo muy dignamente y reciben la admiración de la gente.

    En Cuba, por los 90, conocí a una mujer que trabajando en la micro se certificó como azulejeadora. Luego volvió a su puesto en oficina, pero como el dinero no alcanzaba se iba a poner piso los fines de semana. Muy trabajadora y siempre tenía dinero.

    Aún esta pendiente que el INDER levante el veto a las mujeres y les permita practicar cualquier deporte que ellas elijan.

  • Que manía con la igualdad, si la naturaleza hubiera querido que fueramos iguales no nos hubiera hecho diferentes, a los hombres y mujeres les gusta las enfermeras y no los enfermeros, en fin, que me alegro que seamos diferentes. Lo dice uno que limpia, cocina, friega y va al agro.

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