Varadero, un paraíso abandonado por los turistas

e inalcanzable para los cubanos

Vistas desde la terraza de La Casa de Al, un restaurante estatal en Varadero que explota la imagen del mafioso estadounidense Al Capone. (14ymedio)

La Tarea Ordenamiento (reformas económicas) y la devaluación del peso cubano han golpeado duramente al entramado comercial del balneario

Por Natalia López Moya (14ymedio)

HAVANA TIMES – Hasta hace unas semanas todavía se escuchaba hablar en ruso en las calles de Varadero, pero la guerra en Ucrania se ha llevado a los pocos turistas que seguían llegando en medio de una temporada alta que no logra despuntar. Ahora, solo en las zonas más próximas a los hoteles se ven algunos pequeños grupos de canadienses y británicos. El resto parece una península fantasma.

Los carteles de “Room for rent” asoman en casi cada fachada y en la playa se puede caminar largas distancias sin toparse con nadie. Las sillas de madera de los salvavidas están vacías y ninguna de las cafeterías que antes vendían para consumir desde una tumbona, mirando las olas, está funcionando. La más famosa playa cubana se enfrenta a su tercer año de mala racha.

Primero fue la pandemia, que obligó a cerrar las fronteras del país, paralizó los viajes de turismo a nivel mundial y condenó a los residentes de Varadero a refugiarse en sus casas para evitar el contagio. Cuando el pasado 15 de noviembre empezó la reapertura de la Isla y aterrizaron los primeros vuelos comerciales, miles de personas pusieron sus esperanzas en que la península de Hicacos volvería a vivir sus tiempos de gloria.

Pero con el paso de los días quedó claro que no era cuestión solo de lemas, al estilo de “Cuba destino seguro” ni de aviones que arriban. “Cuando cerramos por el coronavirus teníamos una dualidad monetaria, ahora que abrimos ya llevamos más de un año con la Tarea Ordenamiento y esto es un caos porque casi no se encuentra nada para comprar en pesos cubanos”, lamenta Alexander, conductor de un coche tirado por un caballo.

Cuando un turista le pregunta a Alexander cómo se llama el animal, siempre responde que “Caramelo”, pero no es cierto. Ese es el nombre que dirán cada uno de los que, como él, se dedican a transportar turistas de un lado a otro de la estrecha península. “En realidad es hembra y se llama Roncha pero a los turistas les digo Caramelo porque les resulta más simpático”.

Los coches tirados por caballos son la principal forma de moverse dentro de la península de Hicacos. (14ymedio) Los coches tirados por caballos son la principal forma de moverse dentro de la península de Hicacos. (14ymedio)

“Tengo tres caballos más: Chambelona, Pirulí y Melcocha”, bromea. “Ninguno es apto para diabéticos”, sigue diciendo mientras la yegua trota por la avenida Primera, casi desierta a las 11 de la mañana. Alexander aprovecha el periplo para contar lo que ha ocurrido y exponer sus temores. “En este lugar todas las tiendas son en MLC (moneda libremente convertible), el que solo tiene pesos está bien jodido”.

El coche pasa frente a un comercio que exhibe refrigeradores y otros electrodomésticos en su vidriera. En la fachada, se lee el popular nombre de El Encanto, una referencia a la tienda por departamentos que ardió hace más de 60 años en una esquina de La Habana. También hay un Floridita y una Bodeguita del Medio como en la capital cubana, pero no hay clientes.

“Esta es la tierra del recordista mundial Javier Sotomayor, porque él es matancero de Limonar”, cuenta Alexander en un arranque que parece ir hacia el tema del deporte para dejar atrás la economía. “Y el Gobierno cree que nosotros somos como él y cada vez que logramos superar la varilla nos la pone más alta. Cuando vendieron las primeras ollas arroceras en MLC costaban un poco más de 40 dólares. Vieron que podíamos pagar esa cantidad y las subieron a 60. Ahora valen más de 70”.

Durante los largos minutos en que Roncha avanza hacia la avenida Kawama, no se ve un solo carretillero de los que por toda Cuba se han convertido en parte inseparable del paisaje urbano ofreciendo sus productos agrícolas. Tampoco se escucha el que se ha convertido en el pregón nacional: “el bocadito de helado”. Ni una sola cafetería privada ofreciendo pizzas o el típico pan con algo. Ni un solo puesto para comprar el paquete de audiovisuales de cada semana, ni una sola venta de garaje.

El caballo para frente a un enorme letrero que da la bienvenida a La Casa de Al. Recortada sobre el azul del horizonte, la mansión hecha de piedra de cantería funciona como un restaurante estatal que explota la imagen del mafioso estadounidense Al Capone. Pero el rey del alcohol destilado volvería a morir si pide un mojito en la amplia terraza con vistas al mar.

“Esto es un trago para niño, porque alcohol casi no tiene”, se queja un cliente que ha preferido pagar dos líneas de ron extra para agregar al desleído cóctel que le han servido. La carta, en mínimos de oferta, tiene los precios expresados en pesos cubanos y un plato con una porción pequeña de langosta alcanza los 350. A la hora de cobrar, los empleados aclaran que también se puede liquidar la cuenta en euros y dólares, pero a 1 por 24, como en el cambio oficial.

“Eso no tiene ningún sentido y es una de las causas por las que Varadero está tan deprimido. Al turista no le da negocio pagar estos precios”, cuenta Zenaida, una jubilada que ha llegado hasta el lugar para tomarse unas fotos junto a sus nietos, de visita desde Toronto. “Cuando fueron a pagar con tarjeta le dijeron que no tienen POS [terminal de venta] para leerlas así que todo tiene que ser en efectivo”.

El mar, de un azul intenso y, como un plato, por la falta de brisa, al menos compensa el desaguisado. “Vale la pena venir hasta aquí para ver esto, pero cualquier privado explotaría mucho mejor un lugar así, además de dejar más felices a los clientes”, subraya Zenaida. “Llevaba 13 años sin venir a Varadero y creo que me pasaré 13 más para volver, porque todo es muy caro y está bastante pelado de ofertas”.

La abuela y los dos nietos deciden probar suerte en otro restaurante estatal, dado que la presencia de paladares privadas es muy reducida, en contraste con otros lugares de Cuba. “Cuando preguntamos en la casa donde estamos alquilados, nos dijeron que aquí el Gobierno le ha hecho la vida imposible a los negocios particulares y casi todos han terminado cerrando”. Impuestos excesivos, inspecciones constantes y los problemas de suministro hacen muy difícil el emprendimiento en la península.

En otro coche tirado por un caballo, casualmente también apodado Caramelo, la familia se traslada hasta Castell Nuovo, un local de comida italiana. Con un amplio portal y toldos de los colores de la bandera de ese país, el restaurante parece el sitio ideal para refugiarse del intenso sol vespertino, disfrutar de unas pizzas y tomar algo refrescante.

“¿Qué cerveza tienen?”, pregunta Zenaida a la camarera. La mujer se queda un minuto en silencio, da media vuelta y entra hacia la zona de la cocina. Regresa diciendo que “ha llegado solo una caja de Mahou y no está fría”. Unos minutos después aparece con tres copas con hielo y sirve la bebida ante la mirada sorprendida de los comensales. Han tenido suerte, porque otras mesas ni siquiera han alcanzado una lata y comienzan a reclamar a la empleada que acalla las quejas con un lapidario: “No nos han traído más”.

En el restaurante estatal Castell Nuovo suministran tan poca cerveza que no da tiempo a enfriarla y los empleados le ponen hielo. (14ymedio) En el restaurante estatal Castell Nuovo suministran tan poca cerveza que no da tiempo a enfriarla y los empleados le ponen hielo. (14ymedio)

La falta de cerveza en el balneario es la comidilla de todos. “Llevamos tres meses sin casi suministro. No hay cerveza ni en las tiendas en MLC”, asegura Walfrido, custodio de un hotel que debe explicarle a unos turistas locales por qué no puede dejarlos pasar al bar aunque paguen en dólares o con tarjeta bancaria extranjera.

“Este lugar es con todo incluido, solo podemos permitir consumir a los clientes que están hospedados. Ahora tenemos cerveza dispensada, pero la cantidad es limitada así que no podemos venderle a gente que venga solo a consumir al bar. Si quiere tomar cerveza tiene que reservar al menos una noche”, explica con una mueca de inconformidad.

“¿Quién ha visto una playa tropical sin algo frío que tomar?”, se queja un joven que camina por la orilla preguntando a las personas que encuentra en el camino si saben dónde están vendiendo el producto. Pero solo se topa caras largas, rostros que se mueven de un lado a otro o historias similares a las que él ya conoce: “Nada, ayer alcanzamos las últimas dos en aquel restaurante”, dice una mujer y señala hacia una esquina.

En el local, en el que solo se puede pagar con tarjeta magnética en divisas, se ha racionado la cerveza a cuatro por cada plato principal que el comensal pida, pero incluso esa partición no ha impedido que el producto se agote pocos minutos después de que aparece. “Esta semana solo nos suministraron unas pocas cajas de Hollandia y no pasaron del almuerzo del primer día”.

“Esto tiene que ser intencional”, considera Víctor, conductor de un triciclo eléctrico con el que transporta mercancías desde las tiendas hasta las casas de alquiler. “Tiene que ser algo que decidieron por allá arriba porque no se entiende que en el lugar más turístico de todo el país, la gente no pueda tomarse una cerveza cubana Cristal o Bucanero. Eso no tiene sentido”.

Varadero 60, una de las pocas ‘paladares’ privadas que se mantiene abierta en el balneario. (14ymedio)

La hipótesis de Víctor apunta a una intención de las autoridades de obligar al turista a consumir solo lo que encuentra dentro de los hoteles pero su explicación no encaja bien con el hecho de que la mayoría de locales gastronómicos también son estatales. “Para mí que quieren impedir que los dueños de casa ofrezcan cenas a los clientes o les llenen el minibar con cerveza que también les reporta ganancias”.

Varadero tiene los precios más altos de la Isla en productos básicos, lo que ha fomentado la creencia, entre la población de que existe un inexplicable afán por empobrecerla. Lo que en La Habana vale 50, puede costar 100 y “cuando se sale a la calle hay que llevar billetes grandes porque aquí se cuenta de cien en cien y de mil en mil”.

La falta de mercados en pesos se extiende a las ofertas de alimentos del campo. Una mujer de acento argentino pregunta al guardia de seguridad de un hotel con bungalows de dos pisos si sabe dónde venden frutas. “¿Frutas?”, responde con incredulidad el hombre, que solo atina a sugerirle un mercado en MLC cercano donde “tienen latas de melocotón en almíbar”. El conductor de un coche de caballo, que escucha la conversación, propone a la turista llevarla hasta una placita en la calle 26 y Primera.

El lugar es apenas un pequeño portal con muy reducida oferta. Hay tomates a 35 pesos la libra, algunas malangas y unos sobres pequeños con especias, pero nada de fruta. La argentina tiene cara de sorpresa y vuelve a indagar por plátanos, piñas y guayabas. “No hay, solo se ven en los desayunos buffet de los hoteles”, sentencia el vendedor.

Y hoteles es lo que no falta. Las grúas no paran a la entrada del balneario, donde se levanta un enorme complejo con cientos de habitaciones. La obra la llevan trabajadores de la India a los que, durante el domingo, se les puede ver en alguna de las zonas wifi de Varadero hablando con su familia a través de videoconferencia.

La temporada alta de turismo ha estado muy deprimida este año en Varadero. (14ymedio) La temporada alta de turismo ha estado muy deprimida este año en Varadero. (14ymedio)

“Ahora viene la temporada baja en que hay mucho calor y normalmente no llegan tantos turistas pero, además, este año ya vamos con mal paso porque hasta los rusos ya no van a venir”, comenta Mabirí, dueña de un pequeño hostal donde alquila tres habitaciones. “Voy a tener que volver a los clientes nacionales porque no tengo ninguna reservación para los próximos dos meses y eso, antes de la pandemia, no era normal”.

Pero el turista cubano no viene buscando lo mismo que el foráneo. “Con estos precios, sin casi tiendas en pesos cubanos y sin cerveza no sé a quién le va a interesar venir aquí”, opina Mabirí. “Tengo vecinos que están pensando hasta en emigrar. Parece una locura, pero hasta de Varadero la gente se está escapando. Hasta de Varadero”.

Una bandera colocada en la orilla de la playa advierte a los bañistas de que hay algo de oleaje por lo que se aconseja precaución. Alrededor no hay nadie, solo decenas de tumbonas apiladas y un ranchón cerrado.

Los turistas rusos, los pocos que estaban creciendo en número, dejaron de arribar a Varadero tras la invasión rusa a Ucrania. (14ymedio)


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