Un editor en Cuba

Ernesto Pérez Chang

Foto: Juan Suárez
Foto: Juan Suárez

HAVANA TIMES — Me reservo su nombre porque él no quiere que lo escriba. No será necesario. Pudiera ser sustituido por cualquier otro. Solo diré que es editor. Quizás uno de los mejores de Cuba. Tiene sesenta y cinco años y más de la mitad de su vida la ha dedicado a publicar libros de todo tipo.

Ha hecho su trabajo con pasión, a pesar de las circunstancias terribles que lo rodean: un salario que apenas le alcanza para comer y una casa vieja, corroída por la humedad, a punto de venirse abajo totalmente. Lo agobian los problemas del día a día pero él no se queja, es incapaz de hacerlo, tiene miedo.

Hace unos días, mientras conversábamos por teléfono, lo sentía agitado, con la voz apagada. Me dice que había pasado la noche paleando los escombros de la sala de la casa. Con las lluvias otro pedazo de su vivienda se había desplomado y estuvo en peligro de perder la vida.

Entre el agua y los derrumbes lo ha ido perdiendo todo: los muebles, los libros de tantos años, las ropas. Ahora vive arrinconado en una esquina de lo que fuera la cocina familiar. Las cosas que ha logrado rescatar se acumulan inútilmente en un espacio mínimo.

Bien sabe que en cualquier momento también les llegará la hora. Las lluvias en Cuba no se detienen jamás por estos meses y no hay esperanzas de obtener otra casa porque mi amigo no es dirigente del Partido, ni militar, solo es un simple editor de literatura.

Me dice que en sus años de trabajo para editoriales del Estado ha aprendido a obedecer. Si de “arriba” le ordenan “boca abajo”, él debe apresurarse a dar la vuelta, sin titubeos. Ha podido comprobar en carne propia que nadar contra la corriente es sumamente arriesgado. Eso lo sé.

Me ofrece el consejo con la bondad de un padre sin reconocer que ha sido una víctima entrenada a golpes. Ese es su secreto para una mediana sobrevida en un país de sobrevivientes pero no se da cuenta de que apenas ha vivido los sesenta y cinco años que tiene.

Su vida transcurre detenida en una misma escena interminable donde cada año que transcurre es el mismo, bajo el asedio de iguales temores. La salud que se agota, una vida que termina, una casa que no soportará las próximas lluvias, los últimos días en un albergue de tránsito, sus libros bajo los escombros, su oficio despreciado por una ola de entusiasmo mercantil y maquillaje.

Ante la crisis económica que afecta todo, incluido el sistema editorial cubano, la mayoría de los editores han perdido sus trabajos y se encuentran subsistiendo a merced de los contratos que no abundan y que jamás pagarán lo suficiente para llevar una vida decorosa.

El oficio que tanto ama le ha enseñado que en Cuba la palabra escrita es un terreno pantanoso. En él ha visto hundirse a colegas que no advirtieron el mensaje subliminar de algún poema o por no haber interpretado “debidamente” el pasaje de una novela, la moraleja subversiva de un cuento, el verbo corrosivo de un ensayo.

La literatura en Cuba, la cultura en general, se hace bajo el asedio de los funcionarios suspicaces. No se puede arriesgar lo poco que se tiene y el oficio de editor es, en Cuba, leer con cuidado, siempre dudando, poner bajo sospecha. Las liebres saltan desde cualquier lugar.

Se pudiera pensar que una labor tan arriesgada rinde buenos dividendos pero el de la edición literaria, en Cuba, es un oficio relegado. Los salarios, extremadamente bajos, ridículos, se han mantenido invariables por más de veinte años y ya, por último, en esa política de “sálvese quien pueda”, puesta en marcha para reflotar cierto buque herrumbroso y hundido, se ha reducido el mercado laboral a niveles ínfimos.

Ante la crisis económica que afecta todo, incluido el sistema editorial cubano, la mayoría de los editores han perdido sus trabajos y se encuentran subsistiendo a merced de los contratos que no abundan y que jamás pagarán lo suficiente para llevar una vida decorosa.

La industria editorial no es constante, los ingresos de las empresas del libro dependen de unos mecanismos de distribución insuficientes y divorciados del productor, y abundan los tiempos muertos donde el editor y el corrector (otra especie en vías de extinción), que no dominan otro oficio y expuestos a la vorágine de desempleos y restricciones en todos los sectores más rentables de la economía, sencillamente se paralizan y son condenados a vivir en la peor miseria.

Si antes el salario no alcanzaba, al menos era una cantidad mensual, fija, que aliviaba la presión mientras servía para pagar los servicios de agua, gas, electricidad y teléfono cada día más caros y tarifados a espaldas de un ingreso medio.

Foto: Juan Suárez
Foto: Juan Suárez

Ahora la realidad es un abandono a la suerte de cada cual y no valen la destreza ni los años de experiencia, sino factores de otro tipo como estar en el lugar y el momento adecuados para obtener una contratación o una plaza vacante, disponer de una computadora en buen estado (un simple editor no puede darse el lujo de adquirir una máquina que le costaría treinta veces el monto neto de su salario mensual, muchos menos mantener sus piezas y actualizarla), dominar los programas de edición digital, aceptar las escuálidas tasas de pago y, luego de realizado el trabajo, esperar meses por que haya dinero en la cuenta de la empresa para saldar las deudas con los contratados.

Tengamos presente, además, que la edición no se puede ejercer por cuenta propia y que no está permitida la iniciativa privada en el sector editorial.

Bajo esas circunstancias, la vida de cualquier editor en Cuba se ha vuelto aún más tormentosa y no existe una organización gremial, especializada, que los proteja y esto, en gran medida, ha contribuido a que las medidas institucionales que los afectan se tornen irrevocables e incuestionables, porque nadie mejor que ellos para intuir los efectos negativos de la palabra escrita bajo el lente de un funcionario suspicaz.

Mientras escribo estas líneas, en La Habana llueve a cántaros. Las manchas de humedad en los techos de mi casa crecen por día y sé que no faltarán muchos años para que yo comience, como mi amigo, a replegarme en los rincones, evadiendo los derrumbes. Llueve sin señales de una breve escampada y mi amigo, que teme a tantas cosas, continuará en silencio.

9 thoughts on “Un editor en Cuba

  • el 22 enero, 2014 a las 8:34 am
    Permalink

    Ernesto, què bueno es no recurrir al “arte de morir a solas…” sino acompañada por la imagen ante el espejo de tu texto. Gracias por dejar que fueran tus manos. Impecable tècnica, inmejorable contenido.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *