Tras la lluvia, llegan los efectos de las tormentas en el Caribe

Este es un artículo de opinión de Luis Felipe López-Calva, subsecretario general adjunto de la ONU y director regional del PNUD de América Latina y el Caribe

Por Luis Felipe López-Calva  (IPS)

Los daños visibles en Dominica del paso de una tormenta por el país insular de las Antillas menores, que solo en 2017 perdió el equivalente a 253 por ciento, a consecuencia de los eventos climáticos. Crédito Michael Atwood / PNUD

HAVANA TIMES – La sostenibilidad es constitutiva del concepto de desarrollo. Así como el economista Amartya Sen ha argumentado que no tiene sentido discutir la relación entre desarrollo y democracia, porque la democracia es constitutiva del concepto de desarrollo, no tiene sentido tratar de separar la sostenibilidad de la noción de desarrollo en sí mismo.

Una base clave para promover el desarrollo sostenible es, por lo tanto, fortalecer la resiliencia.

Sabemos que la trayectoria de desarrollo no es lineal. Los shocks de diferentes tipos perturban este camino, y la vulnerabilidad a estos shocks puede ralentizar (o incluso revertir) el progreso.

La resiliencia es la capacidad de regresar a un camino predeterminado de desarrollo en el menor tiempo posible después de sufrir un shock adverso.

Para los países del Caribe, el desafío de fortalecer la resiliencia es particularmente relevante ya que las naciones sufren recurrentemente eventos climáticos extremos.

Los países están luchando continuamente para reconstruirse a raíz de los daños económicos, sociales y ambientales causados ​​por shocks exógenos, tales como tormentas tropicales, tormentas que los científicos del clima nos han advertido que se están volviendo más salvajes y peligrosas debido al calentamiento global.

Esto hace que la probabilidad de distribución sobre la intensidad de los shocks sea de “colas más gruesas”, lo que a su vez hace que el seguro sea más complejo y costoso.

Como fue publicado en un informe reciente del Fondo Monetario Internacional (FMI), “los desastres naturales ocurren con mayor frecuencia y cuestan más, en promedio, en el Caribe que en cualquier otro lugar, incluso en comparación con otros estados pequeños”.

Desde 1950, 324 desastres han ocurrido en el Caribe, causando una pérdida de más de 250,000 vidas y afectando a más de 24 millones de personas.

A medida que el gráfico avanza en el tiempo, vemos países que experimentan tormentas en repetidas ocasiones. Cada punto gris representa la pérdida de propiedad, cultivos y ganado de un país debido a los daños totales causados ​​por las tormentas en un año determinado, expresado como un porcentaje de su producto interno bruto (PIB) nacional (utilizando el PIB del año anterior a la tormenta)*.

En promedio, con el tiempo, se puede ver que los países del Caribe sufren pérdidas anuales debido a los daños por tormentas equivalentes al 17 por ciento de su PIB (durante años que fueron azotados por tormentas).

Por supuesto, esto varía mucho entre las naciones, tanto por la severidad de las tormentas como por el tamaño del PIB de los países, que van desde una pérdida promedio del uno por ciento en Trinidad y Tobago a una pérdida promedio de 74 por ciento en Dominica.

Solo en 2017, Dominica perdió el equivalente a 253 por ciento de su PIB (durante el huracán María). Esto fue solo dos años después de que perdiera el equivalente a 92 por ciento de su PIB (durante el huracán Erika).

Las repercusiones de estos daños tienen consecuencias de largo plazo a nivel nacional.

Un estudio reciente sobre el impacto de los ciclones en el crecimiento económico de largo plazo encontró que los impactos en el PIB persisten hasta veinte años después.

Luis Felipe López-Calva, director regional del PNUD. Crédito: PNUD

Además, encuentran que “para los países que están expuestos frecuente o persistentemente a los ciclones, estas pérdidas permanentes se acumulan, lo que hace que las tasas de crecimiento promedio anuales sean de 1 a 7.5 puntos porcentuales más bajas que las simulaciones de contrafactuales “libres” de ciclones”.

Por lo tanto, desarrollar resiliencia ante los shocks repetidos que enfrentan los países del Caribe es fundamental para asegurar su capacidad de lograr un crecimiento a largo plazo.

Como el Informe sobre el Desarrollo Mundial 2017argumenta, “el crecimiento a largo plazo no es tanto sobre cuán rápido crece uno sino más sobre la frecuencia con que se tropieza en el camino”.

El daño causado por los fenómenos meteorológicos extremos también puede llevar a consecuencias a largo plazo a nivel del hogar.

Utilizando datos sobre tifones en Filipinas, un estudio reciente descubrió que, además de la pérdida de activos duraderos, se redujo el ingreso de los hogares, que se transmite en decisiones de gastar menos en productos como medicina, educación y alimentos ricos en nutrientes, decisiones que pueden tener consecuencias a largo plazo para el desarrollo del capital humano.

Para mitigar las graves consecuencias de los shocks en el desarrollo, debemos centrarnos en fortalecer la resiliencia.

La capacidad de los países de la región para fortalecer la resiliencia de los hogares dependerá de los procesos que permitan a los hogares tomar decisiones que les ayuden a construir sus mecanismos de adaptación.

Sistemas de protección social eficientes, efectivos y flexibles para incorporar a las víctimas; sistemas de alerta temprana para desastres; inversión en mitigación de riesgos ambientales; y la infraestructura y los servicios sociales resistentes al impacto son algunas de las formas en que los gobiernos de la región podrían construir y fortalecer la capacidad de recuperación.

Además, para fortalecer efectivamente la resiliencia, necesitamos repensar cómo la evaluamos.

Tradicionalmente, los economistas han abordado esta noción desde una perspectiva de “flujos”, como el PIB, el consumo o el ingreso.

Sin embargo, si dependemos únicamente de este tipo de enfoque, los esfuerzos para fortalecer la resiliencia podrían llevarse a cabo a expensas del agotamiento del “acervos” de activos.

Por ejemplo, la recuperación del PIB a expensas del capital natural. Por lo tanto, si realmente creemos que “la sostenibilidad es un elemento constitutivo del desarrollo”, debemos pasar de un espacio de evaluación definido por “flujos” a uno que también incluya una medida de “acervos”.

Debemos pensar más ampliamente sobre la “riqueza de las naciones” al valorar no solo su PIB, sino también su stock de capital natural, físico, humano y social.

*Nota: La muestra está restringida a países y años para los cuales se dispone de datos de tormentas y datos del PIB.

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Viejo carro azul, La Habana, Cuba. Por Andrew Allcock, EUA. Cámera: Fuju XE-2

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