¡Sonría, le están vigilando!

Por Florence Rodhain  (IPS)

Foto: Shutterstock / Ink Drop

HAVANA TIMES – ¿Recordará la historia la pandemia de covid-19 como el momento en que los ciudadanos renunciaron a sus derechos civiles por motivos de salud?

Existen dos elementos que pueden ser usados a la vez para ejercer presión sobre la población: el miedo (Big Brother), y el entretenimiento (Big Mother). Dos ideas vinculadas al campo de la teoría psicoanalítica en la que el padre –el gran hermano– hace cumplir la ley, mientras que la madre nutre, en el amplio sentido de la palabra, y también entretiene.

Hacia una vigilancia generalizada

La vigilancia de datos ya está, en cierto modo, generalizada. ¿Aún creemos que nuestras conversaciones permanecen en el dominio privado, independientemente del medio utilizado y las protecciones declaradas?

La policía de Marruecos arrestó a una docena de personas por publicar en las redes sociales informaciones relacionadas con la covid-19 consideradas por las autoridades como “noticias falsas”.

En Hungría, al menos tres personas fueron detenidas por haber criticado en redes sociales la gestión de la pandemia realizada por Viktor Orban. Esta acción podría costarles cinco años de prisión gracias a una medida de emergencia adoptada el 30 de marzo para enfrentar la pandemia.

En Turquía, una persona puede ser castigada con tres años de cárcel por difundir lo que se describe como falsedades. Los Ministerios de la Verdad tienen una gran cantidad de candidatos: cualquier cuestionamiento de la versión oficial se considera una conspiración.

Durante el confinamiento se popularizó el uso de aplicaciones de videoconferencia como Zoom o Houseparty, hasta ese momento un nicho de mercado limitado al sector de la tecnología. Estas aplicaciones están ya en todas partes, incluidas las clases de las universidades y las reuniones de empresa.

La autora, Florence Rodhain

A pesar de que Zoom contaba solo con 10 millones de usuarios en 2019, actualmente es una de las aplicaciones más descargadas del planeta, con 300 millones de usuarios en abril de 2020. Sin embargo, al mismo tiempo nos enteramos de que Zoom enviaba los datos de los usuarios a Facebook sin su consentimiento, incluso sin estar registrados en esta red social.

En su declaración de política de privacidad publicada el 25 de marzo, la aplicación Houseparty declaró que era: “libre de usar el contenido de cualquier comunicación enviada por usted a través de los Servicios, que incluye cualquier idea, invento, concepto, técnica o conocimiento divulgado en ellos, para cualquier propósito, incluido el desarrollo, la fabricación y/o la comercialización de bienes o Servicios”.

Lo que es peor, Zoom no cifra las llamadas gratuitas y tampoco lo hace Houseparty con las conversaciones.

Finalmente, la geolocalización también es utilizada en las aplicaciones que permiten a los usuarios saber quién puede estar infectado en su círculo de conocidos. Es el caso de la aplicación Radar COVID de España.

Aplicación de la subvigilancia

¿Cómo lograr que los ciudadanos acepten esas medidas o al menos no las desafíen? El secreto es convencerlos para que se sometan libremente.

En lugar de hablar de la vigilancia, se recurre al principio de “subvigilancia”, en el que el individuo no es vigilado de manera activa sino que es seguido por huellas digitales, de manera discreta, inmaterial y omnipresente.

En la novela clásica de George Orwell, 1984, publicada en 1949, no se explica cómo el Gran Hermano llegó al poder o cómo surgió esa sociedad pero la describe minuciosamente. En muchos sentidos, ya hemos superado algunas de las características de vigilancia referidas por Orwell.

Por ejemplo, no predijo la pantalla portátil, o la sumisión voluntaria. Sin embargo recurre a la idea de un dispositivo de vigilancia por vídeo, “telepantalla”, que es muy similar a nuestras pantallas conectadas actuales.

Un mundo distópico

Lo que Orwell no anticipó es que estaríamos de acuerdo en someternos voluntariamente al equivalente actual de su telepantalla, el teléfono inteligente y que, además, sería de pago. Su uso se ha generalizado porque está diseñado para ser entretenidos. Los usuarios están contentos, distraídos y bajan la guardia.

En otra famosa distopía, Un mundo feliz, de Aldous Huxley, los ciudadanos toman la droga “soma”, que debilita su resistencia. En la novela, se describe al soma como una medicina simple, pero en realidad es una droga sintética que sumerge a los usuarios en un sueño paradisíaco.

Los dispositivos digitales de hoy parecen combinar el soma de Un mundo feliz y la telepantalla de 1984.

Un adolescente pasa casi nueve horas todos los días frente a una pantalla, sin ningún beneficio serio o educativo. El dispositivo digital se ha convertido en la extensión de uno mismo, una extremidad artificial.

Para seguir usando sus funciones, que son prácticas y, sobre todo, divertidas, renunciamos a un poco de libertad. Además, en el balance coste/beneficio del uso de estas herramientas digitales, los beneficios superan claramente a los riesgos de intrusión en la privacidad.

Los dispositivos digitales ofrecen entretenimiento al mismo tiempo que restan tiempo al conocimiento. Un estudio que realizamos entre estudiantes de escuelas de postgrado de Francia indicó que pasan 61 de los 90 minutos de clase divirtiéndose con las tabletas que les distribuyen sus universidades. Sólo el 20% del tiempo tenía alguna relación con los estudios.

En las redes sociales, cada “me gusta” que reciben las publicaciones de un usuario libera una dosis inmediata de dopamina tal como se observa claramente con usuarios conectados mientras se les realiza una resonancia magnética.

Huxley lo vio venir…

Big Brother: Miedo y obediencia

Las potencias mundiales han utilizado un lenguaje de guerra para luchar contra la covid-19. ¿Coincidencia?

La guerra parece autorizar comportamientos prohibidos en tiempos de paz, es el momento idóneo para tomar decisiones sin consultar, el de las excepciones. Cada guerra es también una guerra contra las libertades civiles.

Sin embargo, cuando se trata de vigilancia digital, la excepción se convierte en la regla. Quedó claro tras el 11 de septiembre de 2001, cuando se le dio un “impulso oficial” en nombre de la “guerra contra el terrorismo”, incluso antes de que se convirtiera en norma y se adoptara a nivel mundial.

En un documento técnico de 2011 sobre la seguridad pública difundido por el Ministerio del Interior de Francia se mencionó específicamente la resistencia popular a las nuevas tecnologías, que podrían considerarse intrusivas:

“[El] uso de nanotecnologías combinadas con geolocalización puede generar temores en cuanto a la protección de las libertades individuales”.

¿Cómo podría el Ministerio del Interior doblegar la resistencia contra la vigilancia electrónica? La respuesta se puede encontrar en el mismo documento técnico:

“No [hay] duda de que una sensación significativa de ‘amenaza’ (ya sea terrorista o económica) contribuye a una percepción más favorable del uso de nuevas tecnologías dentro de la sociedad”.

No se puede ignorar el hecho de que este método funciona, como hemos visto desde 2001. Cuando los gobiernos usan la tecnología disfrazada de guerra, los ciudadanos la aceptan con mayor facilidad.

Servidumbre voluntaria

Miedo al terrorismo y miedo a la enfermedad. Este sentimiento se mantiene a través de incertidumbres cuidadosamente seleccionadas y bombardeos de información continúa.

El entretenimiento, al igual que el miedo, conduce a una forma de servidumbre voluntaria que también se sirve del placer narcisista que ofrecen las redes sociales.

Benjamín Franklin dijo: “Aquellos capaces de renunciar a libertades básicas para lograr un poco de seguridad temporal no merecen ni libertad ni seguridad”. Aunque la frase se suele utilizar en debates sobre cuestiones de tecnología y vigilancia, su contexto era en realidad una disputa fiscal relativa a los gastos de defensa.

Sin embargo, en el contexto actual podríamos parafrasear a Franklin así:

“Quien está dispuesto a sacrificar un poco de libertad a cambio de un poco de diversión, no merece ni libertad ni diversión”.

*Florence Rodhain, doctora en sistemas de información y profesora de alto rango dinámico (HDR) en sistemas de información, en la francesa Universidad de Montpellier.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. 

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