Se fueron los hippies de la Playita 16 de La Habana, ahora invadida por la basura

La Playita 16 nunca ha sido un sitio muy cuidado por las autoridades. (14ymedio)

Por Juan Diego Rodriguez (14ymedio)

HAVANA TIMES – “¡No te quites los zapatos!”, le gritaba la mañana de este lunes una madre al hijo recién llegado a la Playita 16, un trozo de litoral al oeste de La Habana que sirve de consuelo a quienes no pueden costearse un viaje hacia las blancas arenas de Santa María del Mar o Boca Ciega, en la parte este de la ciudad. La precaución de mantener el calzado no es solo por el diente de perro filoso que asoma antes de llegar al agua, sino también por la basura que llena la zona, cubierta de botellas, latas vacías, papel y otros desperdicios.

Una empleada pasa un paño húmedo sobre el mostrador de una cafetería a pocos metros de las olas. En el local hay apenas un par de clientes porque, a pesar del calor, los altos precios de la cerveza y los refrescos espantan a los sedientos bañistas. Un joven pregunta a la mujer si la empresa de Comunales nunca pasa por el lugar para recoger la basura. “Ah, yo no sé. Este es mi pedacito y está limpio”, responde mientras se encoge de hombros. Afuera, el un montón de varios termopack tirados en el suelo refulge bajo el sol de agosto.

La Playita 16 nunca ha sido un sitio muy cuidado por las autoridades. Más bien se trata de un lugar fastidioso donde se reunían en los años 70 hippies, rockeros y todo tipo de gente incómoda para el poder cubano y sus ansias de “parametrizar” cualquier atisbo de diversidad. En aquel pedazo de costa del municipio de Playa la policía se cebaba poniendo multas y llevándose a los jóvenes melenudos. También desde ahí partieron innumerables y rústicas embarcaciones durante la Crisis de los Balseros de 1994.

Luego, a finales del siglo pasado la dolarización comenzó a cambiar el rostro de ese litoral sin arena ni sombrillas. La aparición de varios kioscos de venta de bebidas y alimentos atrajo a otros visitantes que alternaban la mirada sobre el atardecer con algún trago frío o un trozo de pizza. Quizás de aquellos años quedan todavía algunos bañistas más aburguesados que pasean sus trajes de baño, sus toallas coloridas y sus perros de raza por el lugar, pero son los pocos. La mayoría de ellos ha migrado de playa o de país.

Este lunes, casi al mediodía, a pesar de la dureza de El Indio y de sus flechas, un borracho que pasó la noche sobre la vía de concreto seguía roncando. Unos niños retozaban en la orilla y una señora observaba el horizonte bajo la protección de una enorme pamela. Alrededor de ellos, las bolsas rotas, algunas cajas de tetrapack que en su momento contuvieron jugos o pequeñas dosis de ron Planchao y los pomos vacíos también formaban parte de la escena.

Un pedazo de cartón voló desde un banco cercano para aterrizar sobre una de las pilas de desperdicio, justo al lado de una pareja con un cochecito de bebé que sacaba una foto con las mejillas rojas del pequeño en primer plano, detrás el azul del mar y a un costado la variopinta montaña de desechos.

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