Por mi mejoría hasta mi casa dejaría

Por Rosa Martínez

HAVANA TIMES – Lia es una joven que se mudó recientemente a  mi barriada,  al este de la ciudad de Guantánamo.  Ella llegó con su esposo Rafael, un joven campesino que se dedicaba a labrar la tierra y ahora es negociante de ropa.

Ellos fueron los primeros de una larga prole que cambió su domicilio en una zona intrincada de Manuel Tames para venir a San Justo, tratando de tener una vida más confortable, lo cual, evidentemente, no todos han logrado. En ese batallar por una mejor subsistencia se encuentra una docena de familiares de Lia y miles de pobladores procedentes  de diferentes partes de las serranías guantanameras.

Es tendencia actualmente en toda Cuba que cada vez haya menos personas viviendo en las áreas rurales, especialmente menos jóvenes, con todas las consecuencias que eso trae.

 En el caso de Guantánamo, el 80 porciento del territorio es montañoso, por eso la situación es más complicada que en otras provincias, lo cual demanda un urgente trabajo del Gobierno que incentive a los campesinos a permanecer en sus poblados y que disminuya la emigración de esa población.

Lo peor de todo, según datos recientes ofrecidos por la Oficina Nacional de Estadísticas (ONEI), es que los  que más emigran son las personas con edades de 15 a 39 años, que después de orientarse en cualquier profesión o estudiar alguna carrera universitaria no regresan a sus pueblos de orígenes. Eso trae como consecuencia el envejecimiento de la població rural, así como de la fuerza de trabajo disponible.

Son muchas las razones que provocan ese fenómeno demográfico que está dejando las áreas de dificil acceso practicamente vacías, el no querer trabajar en el campo es una de ellas,  pero ni remotamente la única.

Havana Times conversó con algunas personas de campo que actualmente viven en la capital cabecera -especialmente menores de 40 años-, para conocer algunas de los motivos que los hicieron dejar atrás su idiosincracia, el agradable clima campestre, y muchas veces la familia más cercana.

Marbelis, por ejemplo, es profesora de canto en la Enseñanza Primaria, se licenció en Estudios Socioculturales hace varios años. Ella es original de Maca, un poblado intrincado del municipio de Niceto Pérez, un lugar en el que todavía habitan mucha gente, pero cada vez menos jóvenes.

“En realidad las personas nacidas y criadas en Maca amamos el lugar, porque estamos acostumbrados a la tranquilidad de las lomas, a que todo el mundo se conozca y se relacione como si fuéramos familia, pero las opciones de trabajo son limitadas. Yo misma me gradué como instructora de arte, por el llamado que hizo Fidel,  y más tarde realicé la licenciatura, pero después de finalizar el Servicio Social dejé de trabajar en eso, porque son muy pocas las escuelas y ya tienen dos personas en ese puesto. No me quedó más remedio que insertarme en la ciudad, porque no sé hacer otra cosa”, comentó.

Sucede que muchos graduados procedentes de las zonas rurales, después de finalizar sus estudios no tienen posibilidades de ejercer en el lugar donde viven y prefieren dirigirse a la metrópoli o algunas zonas más pobladas donde creen que pueden conseguir un mayor desarrollo profesional.

José no es ni técnico ni universitario, pero culminó su 12mo grado en un pre en el campo en la Bamba, Yateras, y decidió salir de ese lugar de tierra rojiza y productiva.

“Yo vivía en Palenque de Yateras -uno de los municipios más montañosos de la provincia y el segundo productor de café-, toda mi familia es de allá. Mis padres tienen vacas, puercos, pollos y otros animales, también gran cantidad de tierra para sembrar. Siempre que tengo la oportunidad voy y los ayudo en los duros trabajos del campo, pero ya no me dedico a la agricultura, nunca me gustó la labranza.

“Para mí, trabajar la tierra es demasiado sacrificado, y al final los que más ganan no son los que echan la gota gruesa en el fango, sino los intermediarios  y vendedores. Por eso yo me convertí en eso, en vendedor, y es a lo que me dedico aquí en Guantánamo. Para esa nueva labor me sirve mi familia y los nexos que tengo en Yateras”.

Otro que salió huyendo, pero en este caso del Valle de Caujerí –uno de los principales polos productivos de Guantánamo- fue Rafael Ernesto, de 34 años y ya cinco de esos lo ha vivido en Guantánamo, en la parte sur de la ciudad.

“En realidad el Valle no es un lugar malo para vivir-dice. La tierra allí es prodigiosa, cualquier cosa que se siembra se da bien. También tenemos la fábrica de conserva que da empleo a mucha gente, aunque en realidad nunca es suficiente ni funciona el año entero. Cuando no es época de tomate –principal renglón productor del Valle de Caujerí-   muchas veces la industria cierra, porque el mango y la guayaba no dan para mantenerla en producción tanto tiempo

“Yo me fui de allá, porque vivía en un zona donde todavía no ha llegado la electricidad, o mejor dicho, hay, pero solo unas pocas horas diarias en la noche. El aburrimiento es extremo, pues son muy limitadas las opciones reacreativas. Para divertirse un poco hay que caminar varios kilómetros hasta Guaibanó donde sí hay fluido eléctrico y un poco de desarrollo social, además de todo lo que puede haber en cualquier comunidad: varias escuelas, bodegas, mercados, Casa de Cultura, banco, de todo…”

La realidad es que son muchísimas las  causas del acelerado decrecimiento poblacional de nuestros campos, entre ellas las faltas de oportunidades que limita a los jóvenes a trabajar exclusivamente la tierra, muchas veces no con las ganancias que se pueden obtener en otras provincias de occidente, pues aquí la mayoría de los campesinos no tienen ni regadíos ni sistemas de arado para obtener producciones con cuya venta puedan tener una vida decorosa. Eso sin mencionar los fenómenos meteorológicos que han golpeado la provincia en los últimos años, causando pérdidas considerables de todo tipo a campesinos de los municipios de Baracoa, Maisí y Yateras principalmente.

Todavía, en pleno siglo 21 quedan muchos poblados guantanameros que no tienen fluido eléctrico, a pesar de que en los años recientes el Gobierno ha realizado una ofensiva tratando de electrificar muchos territorios de difícil acceso.

La opciones recreativas son escasas por no decir que inexistentes, se limitan a una o dos fiestas populares en el año; a falta de un eficiente sistema de distribución de insumos, las personas deben transladarse hasta las cabeceras municipales para adquirir comida o productos de primera necesidad;  la transportación generalmente es irregular, depende en su mayoría de vehículos particulares que cobran elevadas tarifas que no todas las personas pueden pagar ; los caminos para las zonas intrincadas están en pésimas condiciones.

Aunque la presencia del médico de la familia es permanente en cada rincón serrano, cuando ocurre algún accidente o una persona enferma de gravedad repentinamente no son pocos los sofocos que pasan los guajiros para llevar a los aquejados hacia un hospital.

La unión familiar  es también una de las causas principales del éxodo de las personas de campo. Por ejemplo,  podemos mencionar a Hilda,  una señora de 60 años de edad, a quien no lo quedó más remedio que convencer al viejo de salir de un rincón de Bayate, en el municipio de El Salvador, porque sus cinco hijos viven en la ciudad, tres en la capital provincial y dos fuera del país.

“Un día me dije, pero si toda mi gente está en Guantánamo, qué hago yo aquí donde el diablo dio tres voces y nadie lo escuchó. Por más que nos gusta la vida montuna, cuando uno de nosotros se enfermaba creábamos un problema para nuestros hijos, porque no es lo  mismo ciudarnos aquí cerquita de ellos que allá lejos, donde solo el traslado es un dolor de cabeza”.

En esencia, la gente busca mejores oportunidades y mayor calidad de vida. Por esa misma razón los del campo van a la ciudad y los de la ciudad a otras provincias o a otros países. Ese es un fenómeno que no es exclusivo de Guantánamo, mucho menos de Cuba y que no cambiará ni detendrá nadie, pues es la ley de la vida, no por gusto existe ese refrán tan cierto que dice: por mi mejoría hasta mi casa dejaría.



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Cabo San Lucas, Baja California, México. Por Ray McCloud Hensley (EUA). Cámera: Google Pixel

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