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Marcas cubanas: cuando se quiere y no se puede

Por Eileen Sosin Martínez  (Progreso Semanal)

 

HAVANA TIMES –  “Aprovecha y guarda, que el café está perdido”, sugirió la señora, mientras entregaba a otra los dos paquetes. Es la enésima vez que escucho un comentario por el estilo. Donde se lee “café” podemos dejar un espacio en blanco y completarlo con cualquier otro artículo.

Vivimos con el desabastecimiento como quien vive con una enfermedad crónica. Dicen que lo que no te mata te fortalece. Pero en este caso, lo que no te mata te mortifica; un poco cada día.

En ese eterno quejarse de que no hay, y llevarse lo que haya, se escapan matices importantes. Por ejemplo: el consumidor nacional tiene gustos, preferencias, y en muchas ocasiones sus favoritos son los productos cubanos. Cerveza: Cristal y Bucanero; café: Cubita, Serrano, Turquino…; conservas Conchita, mayonesa Doña Delicias…

Escrito así quizás no parezca gran cosa. Sin embargo, es una ventaja enorme. En el mundo “mundial” los gobiernos realizan campañas para que la gente adquiera las mercancías hechas en el país, frente a las etiquetas de importación. El envase de algún café instantáneo fabricado en México —por poner un caso— recuerda a los clientes que con su compra están ayudando a los caficultores locales.

Por otra parte, la tendencia a escoger productos de factura nacional, el también llamado “efecto made in”, ha sido documentado en diferentes áreas geográficas, y resulta un tema recurrente en la literatura especializada.

Ya que el consumo constituye uno de los motores de la economía, esas personas comunes que hacen la factura resultan actores primordiales.

Los consumidores son al mercado lo que los ciudadanos a la política. Deciden. Impulsan.

(O deberían).

Con la imperiosa puja por incrementar las exportaciones, tal vez se subestima la capacidad —y necesidad— de compra de muchos paisanos. Los electrodomésticos comercializados en divisas “de verdad” lo han demostrado.

“A ver, y si entonces yo quiero pagar en dólares otras cosas, ¿no puedo?”, preguntaba una muchacha. Más de uno se cuestiona —versionando el dilema del huevo y la gallina—, cuál es el sentido de exportar determinado producto mientras la demanda interna permanece insatisfecha.

¿Quién lo ha tenido claro? Havana Club, por ejemplo. El principal mercado del ron cubano es la tierra que produce la caña de azúcar. Brascuba, otra exitosa empresa mixta (fabricante de los cigarros Popular, Hollywood, H. Upmann…) señala en su perfil institucional la intención de ocupar el primer lugar en el mercado doméstico.

De hecho, según declaraciones de sus directivos, la planta que establecieron en la Zona Especial de Desarrollo Mariel destinará solo el 20 por ciento del rendimiento a las ventas externas. El resto se queda en casa.

Además, el consumo posee un lado afectivo no menos trascendental. Marcas como Taoro, Hatuey o Vita Nuova se guardan en la memoria sensorial de la gente, sus nombres implican calidad, y basta mencionarlas para desatar conversaciones. Casi todos conocemos a cubanos migrantes que después de sus vacaciones en la Isla regresan allá cargados de semejantes “productos de la nostalgia”.

En cualquier situación, pero más en un contexto de asfixia económica, resulta un desatino tremendo no aprovechar tales características. Algo similar a cuando se prioriza la inversión extranjera y se ignoran las posibilidades del inversor nacional.

Esa demanda de lo “Hecho en Cuba” serviría para estimular la industria, aumentar ingresos, insertar mejoras tecnológicas… En cambio, nos enredamos con trampas administrativas, como en la cafetería de la tienda Carlos III, que días atrás solo permitía vender una cerveza Cristal o Bucanero por persona. El anti-comercio, la consagración del contrasentido.

No se puede concebir al consumidor cubano como un cliente de segundo orden, dispuesto a aceptar lo (poco) que le ofrezcan. Menos aún cuando su demanda encierra un gran potencial dinamizador.

Un análisis de la Organización Internacional del Trabajo (OIT, 2010), señala que la crisis financiera iniciada en 2008 mostró la necesidad de un desarrollo más equilibrado que mantenga los instrumentos de integración global, pero que a su vez cuente con herramientas para fomentar el mercado doméstico.

Por ello, recomiendan una “estrategia de dos pilares” para promover el desarrollo sistémico de las economías, basado en la expansión del sector interno y la inserción competitiva en el mundo.

Durante los años noventa ganó fama el eslogan “Lo mío primero”, pegado en latas de refresco y bolsas de nailon. Su antecesor directo, tres décadas atrás, era aquel que invitaba: “Consuma productos cubanos”. Ahora mismo nos vendría bien cierta coherencia histórica para con esos propósitos.

Más acá, los funcionarios hablan de “sustitución de importaciones”, que puesto al derecho significa “producir”. Eso: producir.

Y producir lo que se vende, de acuerdo con la elemental lógica mercantil. Siguiendo con las frases publicitarias, recordemos aquella que decía que el pueblo nunca se equivoca.