La última cena de Solentiname con su Padre Cardenal

La última voluntad del poeta y sacerdote Ernesto Cardenal fue ser enterrado en Solentiname. | Foto: Carlos Herrera

El adiós de la comunidad a Cardenal: “Así vivimos con él”, explicó Esperanza Guevara Silva

Por Wilfredo Miranda Aburto  (Confidencial)

HAVANA TIMES – El sacerdote y poeta Ernesto Cardenal los volvió a congregar. Ancianos, mujeres, hombres, jóvenes, niños, niñas. Todos los de Solentiname fueron llamados a la misma mesa este viernes, cuando las reliquias del sacerdote de la trapa llegaron al archipiélago en el que en 1966 fundó su utopía: una comunidad contemplativa en la que fundió los evangelios con el arte.

Las reliquias del “padre” –como todos en la isla Mancarrón le llaman a Cardenal– llegaron de manera discreta al archipiélago en manos de Bosco Centeno, uno de los “hijos espirituales” del sacerdote, aquellos jóvenes a quienes el poeta apadrinó en los años setenta. Según Centeno, teniente coronel retirado del Ejército, las reliquias fueron enterradas la mañana de este viernes en una ceremonia pequeña, discreta, íntima, seis días después que Cardenal falleció a los 95 años en Managua.

Pese a que el entierro del sacerdote y figura clave de la Teología de la Liberación estaba programado para este sábado, Centeno aseguró que decidieron adelantar el rito para evitar que fuera “agraviado” por turbas de la dictadura Ortega-Murillo, tal cual sucedió el martes en la misa de cuerpo presente oficiada en la Catedral Metropolitana.

En 1966, el padre Ernesto Cardenal fundó una comunidad religiosa de pescadores, campesinos, y artesanos, que se hizo mundialmente famosa en Solentiname. | Foto: Carlos Herrera

Lo hicimos “en secreto para evitar agravios”, aseguró Bosco Centeno, miembro de la comunidad de Solentiname. “Decidimos enterrarlo aquí en el monumento, en la piedra donde están enterrados los héroes y mártires de Solentiname”, los exguerrilleros Laureano Mairena, Elvis Chavarría, Alejandro Guevara, y otros miembros de la comunidad que lideró Cardenal en los años setenta con su prédica del evangelio.

Luego de sepultar las reliquias, la isla Mancarrón empezó a llenarse de seguidores de Cardenal provenientes de todo el archipiélago, y también de amigos del poeta y periodistas que viajaron desde Managua para presenciar la despedida del sacerdote en Solentiname, donde él decidió ser enterrado. La presencia del “padre” en el archipielago del lago Cocibolca es perceptible a simple vista. Al desembarcar en Mancarrón, hay un rótulo que anuncia la llegada a la “comunidad P.E Cardenal”. Pese a que la razón que congrega es luctuosa, en la isla se percibía un ambiente de entusiasmo; de gente que entre ellos mismos se explicaban por qué agradecen al “padre”.

En la capilla de la comunidad de Solentiname fue despedido el poeta Cardenal. | Foto: Carlos Herrera

“Antes de la llegada de Ernesto no había ni una escuelita. Ahora tenemos nueve escuelas. Hemos trabajado con el nombre de él. Hemos logrado instalar la educación primaria en todo Solentiname”, dijo Esperanza Guevara Silva, habitante de Solentiname, y cuya madre ayudó al poeta a asentarse en la isla a mediados de los sesenta.

En Mancarrón hace un calor riguroso, tan húmedo que empapa. Decenas de niños juguetean en los columpios ubicados en torno al mausoelo de los “mártites de Solentiname”, mientras los mayores arman un proyector con parlantes, y ordenan decenas de sillas plásticas para homenejear la llegada de las reliquias de Cardenal.

Más que para una vela, los de Solentiname se preparaban para una velada para rendir homenaje al hombre que puso en el mapa mundial de la literatura y las artes este archipielago enclavado en la vastedad del Cocibolca.

Tras su muerte, hay quienes afirman que Solentiname es sinónimo de Macondo, en el sentido que tanto García Márquez como Cardenal construyeron lugares míticos. Por Solentiname pasaron grandes de la literatura universal, como Julio Cortázar, gracias a la poesía de Cardenal.

“Transcurrieron los años y el padre aquí descubrió la pintura primitiva, escribió el Evangelio de Solentiname, descubrió la artesanía y la poesía”, afirmó Guevara Silva. La mujer recuerda que Cardenal llegó como un sacerdote a Solentiname y toda su figura fue una verdadera revelación para una pequeña comunidad que escuchaba misas en latin y vivía aterrada por la idea del infierno replicada por los sacerdotes de turno.

“Fue impactante porque estábamos acostumbrados a los otros sacerdotes que venían con sotana grande. Eran muy rígidos y, diría, temible para quienes vivíamos en este mundo. Esos sacerdotes decían que teníamos que aguantar todo, y que cuando muriéramos solo íbamos ir al cielo si éramos casados, si no fumábamos, si no te echabas un trago, si no bailabas… y cuando Ernesto vino nunca dijo nada de eso”, recordó Guevara Silva.

“Fue un impacto porque no lo podíamos entender. Ernesto dijo que no iba a cobrar sus servicios católicos, como bautizos y casamientos. Hubo gente que no lo creyó. Volvieron a bautizar a sus niños en San Carlos, porque como no habían pagado, pensaban que quedaron mal bautizados. La idea de Ernesto era que se trataba de su aporte por la comunidad, para que no gastáramos”, dijo Silva.

Con una cena antes de enterrar sus cenizas despidieron al poeta del poeta y figura clave de la Teología de la Liberación. | Foto: Carlos Herrera

La tarde ensopada de calor cayó cuando los grillos iniciaron su rumoroso cri-cri, cri-cri, y el proyector fue encendido sobre una de las paredes blancas de la iglesia en la que Cardenal comentaba el evangelio con los campesinos, promoviendo su utopía, primero contemplativa, y después revolucionaria. Muchos campesinos, amigos y familiares del poeta tomaron la palabra. Pero las honras se sintetizaron cuando el vigorón comenzó a ser repartido. Todos los de Solentiname llamados a la misma mesa.

“Así vivimos con él”, explicó Esperanza Guevara Silva desde una puerta lateral del templo pintado con detalles primitivistas, mientras veía la comunión de decenas de platos de vigorón. “Después de misa teníamos un almuerzo o una cena, una comida con el padre… y eso era continuar la eucaristía. Aquí estamos en una eucaristía con Cristo”, enfatizó. Era la última cena de Solentiname con su “padre” Cardenal, bajo una noche de varias estrellas encendidas refractando sobre el manso oleaje del Cocibolca.



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