La fórmula para decir a los turistas en Cuba que “no hay”

Aunque apunta al turismo, La Imprenta padece las mismas carencias que otros locales con gestión estatal / 14ymedio

Por Juan Diego Rodríguez (14ymedio)

HAVANA TIMES – Viejas prensas, guillotinas, postes de hierro fundido y motivos tipográficos en las paredes, todo en el restaurante La Imprenta –ubicado en Mercaderes 208, en La Habana Vieja– lleva el sello de Eusebio Leal. El Historiador de la Ciudad no ahorró dólares para convertir un derruido taller del siglo XIX en un local que, en pleno apogeo de su Oficina, quiso emular al Floridita y la Bodeguita del Medio. 

Ahora, las camareras no pierden la delicadeza con el cliente extranjero que exigía Leal y echan mano de un sonoro eufemismo: la langosta y el pan no faltan sino que están afectados. Aunque apunta al turismo, La Imprenta padece las mismas carencias que otros locales con gestión estatal y los comensales no tardan en darse cuenta. 

Los más avispados echan un vistazo rápido al menú y, antes de que sea demasiado tarde, capitulan. “¿Te vas?”, preguntaba una de las empleadas a un turista italiano que se esfumó Mercaderes arriba. “Ellos no le hacen mucho swing a las cremas, que es lo único que tenemos”, le asegura otra camarera. 

Apurados por marcharse, quienes almuerzan no se fijan casi nunca en las máquinas de La Imprenta / 14ymedio

A los que sí se quedaron a almorzar este miércoles les esperaba un vaso de jugo atiborrado de hielo, una torre de atún con vegetales y algunos platos que los habaneros han acabado por llamar gourmet no por su calidad, sino por su reducido tamaño. Los taburetes de La Imprenta llevan en su espaldar distintas tipografías y el nombre –como Bodoni o Garamond– de su inventor. 

“Los manteles están empercudidos”, notaba un comensal cubano, evitando apoyar los codos sobre las manchas de la tela. Un grupo de canadienses ocupó una mesa cerca de la ventana y pidió unos entrantes. Las camareras trajeron lascas de jamón descolorido y queso, pero les negaron el pan. “Está afectado”, dijeron. 

Comenzaron a desfilar por la mesa otros platos. Puré de papa con sabor a boniato, arroz amarillo con una especie de jamonada y muy poca sal, una ración mínima de ropa vieja, pescado. “¿Vino?”, preguntan los canadienses. Con pedagogía y rumiando algo de inglés, la camarera explica: “En Cuba no hay vinos, los que tenemos son españoles”. 

Artefactos de inicios del siglo XX, de las marcas Oswego y Brehmen, las prensas restauradas rinden homenaje a un oficio que ya pertenece a otra época / 14ymedio

Al final de la comida esperan por el postre, helado frito. “El helado demora”, advierte una vez más la empleada, “la freidora no quiere freír. Tiene un bateo”. Los canadienses, desde luego, se miran unos a otros sin entender. “¿La cuenta, mi amor?”, remata la camarera, dando por concluido el banquete. 

El comprobante indica que son más de 5.000 pesos y trae un nuevo dilema. En cuanto uno de los comensales extrae de su cartera un colorido billete canadiense, la trabajadora hace una mueca y llama a sus compañeras. O euro o “verde”, los dólares de Canadá no los pueden aceptar, explica. Resignados, los clientes pagan en pesos cubanos. 

Apurados por marcharse, quienes almuerzan no se fijan casi nunca en las máquinas de La Imprenta. Artefactos de inicios del siglo XX, de las marcas Oswego y Brehmen, las prensas restauradas rinden homenaje a un oficio que ya pertenece a otra época y cuya mitología Leal quiso traducir en divisas. 

En 2010, la Oficina del Historiador movilizó a un equipo de arquitectos, ebanistas, herreros y artistas para remodelar la vieja imprenta La Habanera, activa desde el siglo XIX hasta el triunfo de Fidel Castro en 1959. El pintor Juan Carlos Botello y su ayudante Yailín Pérez Zamora fueron los encargados de crear un inmenso mural sobre la pared principal del restaurante, y dos lugartenientes del departamento de inversiones de Leal –Loreta Alemañy y Yaumara Fernández– dieron el visto bueno al proyecto. 

También se contrató a cocineros y baristas profesionales para crear un coctel “temático y emblemático”, al estilo del mojito o el daiquirí, que caracterizara a La Imprenta y lo volviera famoso a nivel internacional. Hasta el día de hoy, el restaurante de los productos “afectados” no ha encontrado ni su sello ni un sabor particular, y el Historiador que pagó por él ya no deambula por las calles de La Habana. 

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