La dama del Café París de La Habana Vieja

Leyendas de la Vieja Habana

Aunque el tiempo la ha difuminado entre las brumas de la leyenda, la historia de la Dama del Café París aún despierta la curiosidad de quienes han tenido la suerte de escuchar relatos sobre su singular y efímero paso por un café de la Habana Vieja. De esas memorias proviene esta crónica, mitad leyenda y mitad ficción, que sin embargo, tiene resonancias en la actualidad cubana.

Por Richard Potts

Café Paris de La Habana Vieja

HAVANA TIMES – En casi todas las capitales del mundo existe un Café París, tal vez en recuerdo o emulación de aquellos establecimientos de la capital francesa, en los cuales se ha escrito buena parte de la historia de Europa, que vieron grandes obras y movimientos artísticos.

Dicen que quien no se ha sentado en un “Café París”, a conversar, leer o arreglar el mundo ante una de esas mesitas de mármol con gruesos vasos de cristal, o simplemente ver a la gente pasar desde una terraza café de la ciudad, no la ha vivido realmente como sus habitantes.

Pues bien, en La Habana también había –existe aún- un Café París, en la esquina de las calles O’Reilly y Compostela, al que concurría habitualmente un selecto público de jóvenes lechuguinos, músicos e intelectuales, entre ellos, escritores y poetas, algunos de los cuales dejaron su huella en las letras cubanas.

Por ser un reino casi exclusivamente masculino, en aquella Habana de principios del siglo XX, recién estrenada la independencia, las mujeres no solían ser habituales de los cafés, a menos que fueran acompañadas de sus parejas masculinas, y estos no eran muy dados a llevar a su media naranja allí, donde se debatían temas que iban de la política a los encuentros amorosos.

Tal vez por eso, cuando una bella dama, de unos 30 años y elegantemente vestida se presentó una tarde en el Café París y se sentó solitaria a una mesa, despertó la curiosidad del público masculino del local, y enseguida surgieron cábalas e hipótesis sobre su presencia.

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Unos decían que se había citado con un hombre, probablemente casado, otros que intentaba atrapar a su esposo si venía acompañado de otra mujer… pero el tiempo pasaba y ni la supuesta cita llegaba, ni aparecía el esposo adúltero. Y los ánimos se seguían caldeando, mientras los presentes acariciaban la bella figura de la desconocida, con miradas ya codiciosas.

Al fin, uno más audaz o atrevido que los demás se acercó a la mesa e interpeló a la dama. Esta le respondió con una bella, pero glacial sonrisa, y el galán se retiró, apabullado. Al caer la noche, la dama pagó su consumo y se retiró, seguida por las avariciosas miradas masculinas.

Cuál no sería la sorpresa de los habituales, cuando la escena se repitió al día siguiente, y así cada dos o tres días, sin que nadie lograse desentrañar ni la identidad ni los propósitos de la misteriosa dama, que se resistía a todas las galanterías masculinas con su sonrisa de hielo.

Al final, a algún entusiasta de las apuestas se le ocurrió pedir al cantinero una jarra vacía y en ella depositó una moneda de oro –entonces circulaban mucho en aquella época- para el que lograra “levantarse” a la dama.

Ni cortos ni perezosos, otros parroquianos contribuyeron al “bote”, y así este comenzó a llenarse en pocos días, hasta llegar a una suma respetable para la época, pero nadie logró ganarse el premio… y la dama seguía acudiendo al lugar, a veces solo una vez a la semana, sin hablar nunca con nadie.

Alrededor de un mes después, entró en escena “el inglés”. Nadie sabía su nombre, le llamaban así porque era un caballero vestido como un verdadero “dandy” londinense, tan bien parecido como atlético, y con las maneras de un lord inglés, quien solía pasar por el café al regreso de uno de sus muchos viajes.

Nada más llegar y ver a la dama, le impusieron de la historia y la apuesta. El inglés sonrió enigmáticamente, pero no se acercó a ella esa tarde. Sin embargo, días después regresó con un libro bajo el brazo, tomó asiento en una mesa al lado de la dama, pidió un “bull” (cerveza fuerte con azúcar que sí, se tomaba en aquellos tiempos) y abrió su libro, sin dedicar a la mujer ni una mirada.

Al poco rato, uno de los lechuguinos no resistió más la curiosidad y se acercó para preguntar qué leía con tanto interés. El “inglés” le respondió lacónicamente: “Cartas de Amor.” – ¿Cartas de amor? Pero eso es lectura para damiselas – dijo el lechuguino.

-No lo creas. Algunas de estas cartas pueden enseñar a cualquier hombre cómo amar de verdad a una mujer. Escucha esto:

 “La próxima vez que te vea te cubriré con amor, con caricias, con éxtasis. Te atiborraré con todas las alegrías del espíritu y la carne hasta hacerte desmayar. Quiero que te sientas maravillada, y que te confieses a ti misma que ni siquiera habías soñado con ser transportada de esa manera. Cuando seas vieja, quiero que recuerdes esas pocas horas, quiero que tiembles de alegría cuando pienses en ellas”.

Entonces, y ante el asombro de los presentes, la dama misteriosa habló en voz alta, dirigiéndose al “inglés”: “Es de Gustave Flaubert.” El caballero dedicó a su interlocutor una sonrisa triunfal, y luego se volvió a la dama con gesto caballeresco y su mejor acento británico: “En efecto, bella señora. ¿Lo ha leído usted?” – Es mi poeta favorito- fue la respuesta.

Y se produjo el milagro: El “inglés” se levantó de su mesa, y con un breve “me permite” tomó asiento junto a la dama, extendiéndole el libro. “Creo que disfrutará hojearlo.” Ella, con una sonrisa nada fría esta vez, lo aceptó, y a partir de ahí la conversación continúo en tonos bajos y con alguna que otra sonrisa cómplice, ante la estupefacción de los parroquianos.

Cayendo la noche, el caballero extrajo su reloj del chaleco y anunció su intención de marcharse. La dama dijo que también tenía que irse, y el “inglés”, galantemente, se hizo cargo de la cuenta de ambos; después salieron a la calle Obispo conversando amigablemente.

Al día siguiente, el dueño del café estaba encantado, más temprano que nunca comenzaron a acudir los parroquianos en número cada vez más crecido, evidentemente con la idea de ver al inglés, que debería acudir a cobrar el “bote”. Pero no regresó, ni ese día, ni el siguiente, ni tampoco la dama. En verdad, a ella nunca más la vieron, ni en el café ni en ninguna otra parte.

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Los habituales llevaban un mes haciéndose cruces, cuando el “ingles” volvió a aparecer como si tal cosa, y enseguida lo acosaron a preguntas, que él declinó responder diciendo que un caballero no comenta en público sus lides con las mujeres. Cobró su bote, y con un gesto imperioso del bastón, tomó las de Villadiego.

Pasaron las semanas, pero la curiosidad de los parroquianos no cedía. En la próxima aparición del “inglés”, se confabularon para hacer una competencia de bebidas, y cuando ya estaba bien maduro, comenzaron de nuevo a interrogarlo: qué había ocurrido con la dama, si el asunto había llegado a mayores, que si esto y lo otro…. Hasta que el sujeto no pudo más y estalló:

“¡Señores, nunca llegamos a nada, porque la dama…  era en realidad un hombre!”

Y con la misma recogió su sombrero y su bastón, y salió tambaleándose del local. Nunca más se le volvió a ver por el Café París. En cuanto a la “dama”, desapareció totalmente del mapa. Mi difunto tío, periodista y parrandero que se conocía casi todos los bares y clubes de La Habana del siglo XX, solía especular que se trataba de un anónimo travesti, puede que uno de los primeros en la capital, que solía acudir al Café París solo para disfrutar el vestir de mujer en público, pero sin atreverse a hablar con nadie, hasta que el “inglés” la sonsacó.

Hoy el público del Café París es muy diferente, los prejuicios sexuales han retrocedido algo… pero continúan agazapados en los más profundos estratos de la sociedad. Leyenda urbana o no, si viviera hoy, la Dama sería uno de esos infortunados que se sienten atrapados en un cuerpo masculino, pero con una mentalidad femenina. Sería un “trans de closet”, o tal vez estaría luchando por su derecho a existir como otro ser humano más, bajo la luz del sol y no en una oscura mesa anónima en el Café París.

3 thoughts on “La dama del Café París de La Habana Vieja

  • Tiene usted razon, caballero. Lo más singular es que yo sabía bien la dirección correcta pues trabajé en las cercanías durante varios años. Sin embargo a la hora de escribir se me cruzaron los cables. Gracias por la aclaración. Saludos

  • Bella historia…y sí, el café está ubicado en la esquina de Obispo y San Ignacio, mantiene su encanto y continúa siendo un lugar concurrido…

  • Interesante historia… solo rectificar que el Café París está en la esquina de la calles Obispo y San Ignacio y no en la esquina de las calles O’Reilly y Compostela como lo menciona el autor. Saludos.

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