La cultura afro-cubana y chicanos americanos

Patrick Velasquez*

 With a history student at the University of Havana campus in front of their statue of Benito Juarez.
Junto a un alumno de historia en la Universidad de la Habana frente a la estatua de Benito Juarez

HAVANA TIMES, 13 Oct.-  Mientras termino de analizar las notas tomadas durante mi reciente visita a Cuba, solo puedo confiar en la memoria a corto plazo para describir algunas de sus direcciones investigativas.

Una de mis premisas es que la cultura afrocubana, que muchos practican en Cuba, le da a los jóvenes un sentido de pertenencia que no se ve con frecuencia en la juventud de latinos/chicanos americanos, hace generaciones sacadas de su país de origen e sumergido en la cultura americana, que anula su propia cultura étnica.

Muchos jóvenes cubanos encuentran un lugar positivo en la sociedad a través de su cultura afrocubana, incrementando sus conocimientos y responsabilidades (ver Jory Farr, Los Ritos del Ritmo).

Mi primera entrevista investigativa en Cuba fue al Dr. Lino Neira, instructor de música en la Escuela Nacional de Arte en La Habana.  Mi colega Agustín Orozco y yo  lo conocimos a él y a su esposa Nessie en el histórico y gran lobby del hotel Sevilla, en la Habana Vieja.  El doctorado de Lino se centra en uno de los muchos grupos culturales de la cultura afrocubana, el Abakuá.  Su conocimiento profundo y diverso del tema era realmente impresionante.

Lino hizo énfasis en el hecho de que, según su opinión, no existía una sola cultura cubana, sino una diversidad de culturas integradas a nivel individual, aunque en lo religioso un cubano puede incorporar elementos del catolicismo junto con elementos de más de una religión afrocubana (por ejemplo, el Abakuá, Palo, etc.).

Según Lino, hasta el cubano más blanco puede ser devoto de una secta religiosa afrocubana. El describió también reuniones periódicas o “congresos” de grupos afrocubanos que se realizan para intercambiar puntos de vista acerca de los valores y creencias y confirmar estrategias para transmitir sus religiones de una generación  a otra

Una de mis preguntas a Lino se refería a la enseñanza de la historia y la cultura afrocubana en el país. En la conferencia que participamos mi colega y yo durante nuestros dos primeros días en La Habana, una profesora cubana llamada Maya, expresó su satisfacción por ver cómo en las escuelas cubanas ahora, finalmente, enseñaban la herencia de los afrocubanos.

Sin embargo, según Lino, o esto era nuevo para él o no era tan conocida como decía Maya. Esto nos llevó a una plática sobre un tema que surgió también durante la conferencia, como es el continuo prejuicio y la discriminación contra los negros en Cuba.

Como estudioso de las etnias y razas (cada verano imparto un curso en la Universidad de San Diego que se refiere al racismo en la sociedad y en la educación superior), estoy convencido de que la jerarquía racial en Estados Unidos es mucho más difícil de desmontar, y lleva a más resultados negativos que cualquier sentido de jerarquía racial en Cuba u otro país latinoamericano.

De hecho, sería imposible formar una jerarquía racial al estilo americano, en un país como Cuba donde la mayoría de la población tiene alguna herencia africana (de la misma forma que en México, una jerarquía racial al estilo americano se enfrentaría a una población donde la gran mayoría tiene alguna herencia indígena).

Sin embargo, como el propio Fidel Castro admitió en su biografía, todavía hay un grado significativo de prejuicio individual y discriminación contra las personas de piel oscura y algunos “barrios negros” en Cuba viven en extremados niveles de necesidad material.

Unos de esos barrios fue el centro de nuestra segunda entrevista.  En la conferencia sobre justicia social conocimos a una cubana llamada María Isabel Romero, quien trabaja en el Centro Memorial Martin Luther King, ubicado en un barrio llamado Pogoloti, en el municipio habanero de Marianao.  Su trabajo requiere un gran esfuerzo para mantener la colaboración con la comunidad y resolver sus variados problemas sociales.

El Centro Memorial Martin Luther King se fundó en 1986, pero los proyectos comunitarios se incrementaron en los noventa, durante el llamado “período especial” – la prácticamente paralizada economía cubana después de la caída de la Unión Soviética.  Sin apoyo económico, la economía cubana se tensó extremadamente como para resolver las necesidades básicas de la población.  Este problema afectó más seriamente vecindarios como Pogoloti, que María Isabel describe como uno de los  barrios de la clase obrera más viejos de La Habana.

En Pogoloti los habitantes también practican muchas religiones afrocubanas diferentes. Desafortunadamente, la violencia, incluyendo la doméstica, fue otro aspecto que caracterizó a este barrio habanero.  Según María Isabel, este contexto llevó a  la decisión de nombrar al Centro de la comunidad igual que el de un defensor de la paz como fue  Martin Luther King.

Durante este período de severa crisis económica, que se mantiene hasta la actualidad, el Centro Martin Luther King logró que los líderes de la comunidad buscaran soluciones colectivas para sus numerosos problemas sociales.  Este cambio a comunidad basada en el análisis y soluciones de los problemas representó de alguna forma una transformación del modelo tradicional que tiene al Estado como unidad central que identifica y resuelve los problemas.

María Isabel describió el trabajo del Centro como parte de una red cubana de comunidades basadas en estrategias.  En la conferencia también conocimos de sus organizadores sobre un proyecto parecido en un barrio superpoblado en la ciudad de Matanzas

Según María Isabel existen 28 proyectos de este tipo en varias localidades de Cuba, cuyos ejecutores se reúnen dos veces al año para compartir estrategias.  Ellos forman parte de una gran red regional de esfuerzos comunitarios en todo America Latina.  Yo me sentí identificado por su trabajo cuando ella mencionaba el gran reto que significaba mantener la red, pues muchas comunidades no tenían acceso a un e-mail o a un teléfono.

Antes de irme del Centro, María recalcó la continua y severa crisis económica que Cuba ha enfrentado, y que el bloqueo económico impuesto por los Estados Unidos tiene gran parte de culpa en ello.  Reiteró que en su país, el sistema de análisis basada en la comunidad esta todavía sub-desarrollado en una sociedad que con frecuencia  acentúa un compromiso con asuntos de nivel internacional.

Yo siento un respeto inmenso por Isabel y por todos sus compatriotas, quienes luchan por mantener como primera preocupación la vida diaria de la clase trabajadora (para ver un sitio Web que tiene cartas dedicadas al Centro Memorial Martin Luther King, visitehttp://www.ecaminos.cu/).

Mi tercera entrevista fue con uno de los habitantes más reconocidos de Pogoloti, Oscar Valdés, percusionista ganador del premio Grammy.  Valdés es un producto de este barrio de clase obrera, que no contaba con ninguna escuela antes del triunfo de la Revolución, y se hizo famoso internacionalmente como  co-fundador del grupo de jazz Irakere.   En su estudio, en la segunda planta de su casa, rodeado de tumbadoras convencionales (conocidas en los Estados Unidos como tambores de conga) grabamos, mi colega y yo, una entrevista de media hora a este maestro de la música.

Me interesaba principalmente cómo el  joven Valdés aprendió a tocar la percusión y el papel de la cultura afrocubana en su socialización musical en uno de los barrios más pobres de La Habana.  Nos dijo que desde temprana edad, aprendió a tocar tumbadoras en ceremonias religiosas.

Valdés describió su experiencia precoz tocando los sagrados Batás con forma de reloj de arena y un juego de tres tambores de tamaños diferentes colgaban en la pared de su estudio.  Con la experiencia de tumbadoras religiosas, heredada de sus familiares, comenzó, más tarde, a tocar congas en la banda de su padre.

Cuando Oscar, el pianista Jesús “Chucho” Valdés  y el bajista Carlos del Puerto fundaron Irakere en 1970, el papel de Valdés incluía la infusión no solo del sagrado Batá dentro del armónico contexto del jazz, sino también el uso de tumbadoras provenientes de Pogoloti y de otros grupos religiosos, incluyendo el Abakuá y el Arará.  En el estudio Valdés también tiene estos tambores junto con el Premio Grammy y la nominación que Irakere recibió en sus mejores tiempos.

Después de completar la entrevista, Agustín y yo nos sentamos con Valdés en la sala de la planta baja, mientras su esposa nos servía el café más delicioso (y probablemente el más fuerte) que haya tomado jamás.  Nos habló de su reciente visita a Japón, donde tocó y dirigió talleres sobre percusión para una audiencia muy entusiasta, y nos mencionó sus planes de visitar los Estados Unidos, en diciembre de este año.  Aparentemente la entrega de visa por parte del Gobierno norteamericano a embajadores de la música como lo es Valdés se ha suavizado de alguna manera.

Mientras nos alejábamos de su confortable casa, en un barrio donde la mayoría de las viviendas están deterioradas (su hija comenzaba a practicar el bajo en el piso de arriba), me maravillaba lo fácil que me había resultado contactar y reunirme con uno de los más grandes percusionistas en la historia musical afrocubana.

El percusionista Chuck Silverman, quien viaja con frecuencia a Cuba, me había dado el teléfono de Valdés.  Simplemente lo llamé, me presenté y le pregunté si podría ir a su casa a hablar con él.  Él accedió como si fuera lo más natural del mundo.  Imagínese visitar los Estados Unidos y llamar a Bruce Spring para encontrarse con él.  Bastante simple, eh?  Cuba es, realmente, un mundo diferente.

Con información valiosa en nuestras manos, Agustín y yo regresamos a San Diego con una mezcla de sentimientos.  Coincidíamos en que habíamos aprendido muchísimo en este último viaje a La Habana, pero que siete días no era tiempo suficiente para analizar alguna faceta de una sociedad tan compleja. Por lo menos habíamos establecido algunas direcciones para responder a nuestras preguntas investigativas.  Nos espera futuros análisis.  En mi próximo artículo cambiaré la perspectiva de observación investigativa por una más intuitiva y conclusiones.



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Alfreda a la hora del café, Pons, Pinar del Río, Cuba. Por Irina Echarry (Cuba). Cámera: Nikon D3000

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