El Ron Puerto Príncipe tiene su buqué

Por Lázaro González

Combinado de Bebidas Puerto Príncipe, en la central ciudad de Camagüey.

HAVANA TIMES, 26 feb. — Pues sí, como lo leen, la camagüeyana Lina Estévez es una de las pocas cubanas autorizada por su esposo a llegar a la casa con aliento etílico. Claro, solo con un hálito, nada de borracheras. Ella es parte del equipo que chequea la calidad en el Combinado de Bebidas Puerto Príncipe, en la central ciudad de Camagüey, a unos 550 kilómetros de La Habana. Lleva 20 años en el sector y confiesa que como catadora le gusta el ron, “pero no soy adicta porque no tomamos todo el día, basta con un par de traguitos para evaluar los parámetros.”

Una permanente exigencia en todos los eslabones del control de la calidad de la cadena productiva, le ha valido a esta fábrica para alcanzar un buen posicionamiento de sus surtidos en el mercado nacional, ganar prestigio y satisfacer las exigencias sensoriales de un pueblo con una elevada “cultura etílica.” pues el ron aquí (como el tabaco y el béisbol) es idiosincrasia pura.

A pesar de contar con una vieja línea de producción artesanal y de los bajos salarios, los 87 trabajadores de esta industria entregan todo su empeño y experiencia en cada jornada laboral para que sus rones y vinos no “se destiñan.” y continúen conquistando el paladar de los cubanos, primer destino de sus producciones. La mayoría de los obreros de esta fábrica lleva más de 15 años de labor allí, porque “aquí siempre ‘se resuelve’ algo.” confiesa Ramona García, etiquetadora. “Resolver.” le llamamos los cubanos al robo o desvío de recursos en entidades y empresas estatales.

Mensaje en botellas

De cualquier modo, Florencio Brown, administrador ligado al mundo de las bebidas desde hace tres décadas, reconoce en la estabilidad del colectivo laboral una fortaleza: “Cada quien domina su labor al dedillo. La disciplina tecnológica facilita el cumplimiento de los objetivos. Ellos son los verdaderos protagonistas de que el pasado año, a pesar de las dificultades, cumpliéramos el plan de producción mercantil con dos meses de antelación, exhibiendo una alta productividad del trabajo.”

Brown se queja de la escasez de botellas sufrida durante el primer trimestre de 2010: “La Empresa de Recuperación de Materias Primas del territorio no pudo responder a nuestras necesidades.” afirma Brown, y agrega que la estrategia consistió en sacar buena parte de las producciones en envases plásticos de un litro y medio, fundamentalmente, “una alternativa que se mantendrá, porque la demanda es alta.”

De acuerdo con el administrador esta solución ha permitido reducir a la mitad la producción mensual de ron a granel, que era de unos 150 mil litros, minimizando así el clásico “bautizo” o adulteración, tan común y perjudicial para los consumidores.

El plan para el turismo, que abarca siete productos, lleva varios años incumpliéndose también por el déficit de botellas, éstas necesariamente importadas porque deben ser nuevas. De las diferentes variantes de ron Arecha y Puerto Príncipe concebidas para el turismo, en 2010 apenas se produjo un tercio de las 37 mil cajas previstas, dice Brown, quien también lamenta que las intríngulis de la doble moneda y sus efectos en la contabilidad empresarial no estimulen estas producciones; “en la concreta para cumplir mis planes me conviene más producir para el mercado nacional.”

El Ministerio de Comercio Interior y la red nacional de puntos de venta comercializan sus producciones principales, que son el ron refino Puerto Príncipe a 34 y 32 grados de alcohol, ambos embasados en botellas plásticas y de cristal.

El misterio del buqué

Un aire casi místico destila la bodega donde distintos tipos de ron, aguardiente y vino duermen el pesado sueño del añejamiento. Cientos de barriles de roble blanco canadienses o estadounidenses guardan tranquilamente en su panza los preciosos líquidos. De la madera van absorbiendo ese delicioso buqué que luego hace las delicias del gusto.

Soraida Álvarez, toda una maestra en este arte misterioso y milenario, indica que la capacidad de añejamiento total en esta industria es de casi medio millón de litros, de ella el 95 por ciento dedicada a los rones solera, utilizados como base en los productos finales. Estos rones permanecen añejados entre seis meses y siete años, según sus usos. En el resto de los barriles reposa el Tradición, un vino dulce de pasas que rinde culto a su nombre.

Alcohol, aguardiente añejado como mínimo un año y sirope alcoholizado son las tres materias primas básicas para la elaboración del ron base o solera, explica Brown. La tercera parte de este ron es empleado en los productos para el turismo, sobre todo en el ron añejo tres años.

Combinado de Bebidas Puerto Príncipe.

No obstante, el 70 por ciento de las producciones de la Puerto Príncipe se hacen con caldo de ron preelaborado procedente de la Destilería Ronera Cárdenas, fundamentalmente, y la Ronera Central Villa Clara, “que no siempre llegan con la calidad requerida.” asegura el quisquilloso administrador.

“Desde que entra la materia prima comenzamos a realizarle análisis físico químicos como el grado alcohólico, la acidez total y el contenido de ésteres, compuestos de gran importancia sensorial en el buqué de los rones base.” apunta Lina Estévez.

Tras 10 años de experiencia, a Darvin Castrillón, operario integral, sus compañeros lo llaman cariñosamente “el médico” de la máquina llenadora, el puesto donde más tiempo ha pasado, a pesar de ser el punto más crítico de la línea productiva por las frecuentes roturas.

“Aquí las principales dificultades están relacionadas con el desgaste de los pistones, que son muy viejos y me obligan a maniobrar mucho con las botellas para evitar que cojan aire. Una vez fui a acomodar en la estera una botella que había cogido aire y explotó, me hizo una herida de dos puntos en un dedo.” relata y enfatiza en la importancia de la seguridad industrial.

“Las mangueras también dan problemas porque son de una medida muy difícil de encontrar, el ron las endurece y es necesario ir cortándoles las puntas para que no aspiren aire y se llenen más rápido las botellas. Los muelles se parten, quedan cortos y me obligan a hacerle más fuerza a la palanca. Este precario estado tecnológico me exige mucho, es un trabajo agotador, pero me he acostumbrado y he aprendido a innovar, a hacer más con menos, algo en lo que los cubanos somos maestros.”

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