El miedo cruza la frontera de Nicaragua a Costa Rica

Por Ernesto Ramírez y Gabriela Selser (dpa)

Muchos nicaraguenses buscan cruzar la frontera por veredas.  Foto de archivo: J. Torres, laprensa.com.ni

HAVANA TIMES – Ingresan por puestos migratorios, senderos o puntos ciegos de la frontera norte. Decenas de milies de nicaragüenses dejaron su convulso país en los pasados tres meses para escapar de la violencia y la represión, buscando refugio en Costa Rica, según datos oficiales.

Se trata de un verdadero éxodo. Migrantes con rostros compungidos, que no ocultan el miedo, están dejando su patria debido a la violencia desatada desde el estallido de una cadena de protestas contra el Gobierno de Managua que comenzó el 18 de abril.

Muchos llegan a Costa Rica indocumentados, tras cruzar montañas y rutas clandestinas para evadir los controles de la Policía y el Ejército de Nicaragua, que ha desplegado a cientos de efectivos en la frontera común. Muchos inmigrantes se alojan en casas de familiares, pero otros no tienen dónde ir y hay quienes duermen incluso en parques o simplemente en la vía pública.

“Es casi como un hormigueo, todos los días decenas de nicaragüenses ingresan, algunos con sus enseres, ya sea hombres o mujeres cargando niños por esta zona”, dijo un miembro de la Cruz Roja de la comunidad de los Chiles de San Carlos, ubicada en la frontera sur de Nicaragua.

La huida es igualmente masiva por una ruta fronteriza conocida como “La Trocha”, una vía rústica que corre paralela al río San Juan, construida de emergencia por Costa Rica en 2010 tras denunciar la invasión de un enclave limítrofe por parte del vecino país.

Todos los inmigrantes dicen huir “del miedo y de la represión” del Gobierno del mandatario Daniel Ortega y su mujer, la vicepresidenta Rosario Murillo, que removieron a sangre y fuego los “tranques”, bloqueos de carreteras llevados a cabo tras las manifestaciones iniciales lideradas por estudiantes.

“Nos obligan casi a vivir escondidos en el propio país”, relató a un diario local Mario Osejo, quien a finales de julio dejó la capital nicaragüense, donde se ganaba la vida como comerciante.

“Este nuevo conflicto me empujó a escapar a Costa Rica mientras mis cuatro hijos quedaron en la zona del Rama y sus vidas corren grave peligro”, contó con angustia Juan Pérez, quien ingresó a comienzos de mes a territorio costarricense por la frontera norte.

Muchos nicaragüenses evidencian en sus rostros el temor y la desesperación. “No me tomés fotos ni video, hermano, mi vida corre peligro hasta aquí en Costa Rica”, dijo a dpa un joven nicaragüense en el parque de La Merced, ubicado en pleno corazón de San José. Ese parque es, desde hace muchos años, sitio de reunión de una enorme masa de nicaragüenses ya radicados hace tiempo en el vecino país.

Algunos dirigentes de las protestas y opositores están convencidos de que el Gobierno de Ortega infiltró entre los refugiados a fuerzas paramilitares y activistas del gobernante Frente Sandinista para espiar e intimidar a los inmigrantes que han huido hacia Costa Rica.

La propia hijastra de Ortega e hija biológica de Murillo, Zoilamérica Ortega Murillo, exiliada en Costa Rica desde 2013, lo advirtió esta semana en una entrevista para el “Semanario Universidad”.

“Yo pienso que es muy difícil para el Gobierno de Costa Rica admitirlo, pero la cercanía geográfica permitiría pensar que ese riesgo existe”, alertó la mujer, que en su día denunció haber sido abusada sexualmente por su padrastro durante su niñez y adolescencia.

Inmigrantes del parque de La Merced cuentan historias sobre supuestos secuestros e intimidaciones que atribuyen a seguidores del sandinismo.

El ministro costarricense de Seguridad Pública, Michael Soto, no descartó que se hayan producido infiltraciones “externas” en los hechos de violencia que sacudieron la capital el 18 de agosto, cuando unas 500 personas marcharon para protestar contra la inmigración nicaragüense, lo que dejó 44 detenidos.

A raíz de esas protestas, grupos académicos y sociales convocaron para este sábado en San José a una gran marcha contra la xenofobia.

Recientemente, la canciller Epsy Campbell dijo que unos 3.000 nicaragüenses estaban ingresando por semana a Costa Rica, a raíz de la crisis. Pero esta semana admitió que ya no hay certeza de cuántos ingresan.

Tampoco en Managua hay cifras de la diáspora, pero las oficinas de Migración en la capital permanecen repletas de personas gestionando pasaportes, en su gran mayoría jóvenes que huyen de los paramilitares. La mayoría no se ha involucrado en política, pero eso no importa, porque “parece que en Nicaragua el solo hecho de ser joven ahora es un delito”, dijo a dpa Marcos Carmona, directivo de la Comisión Permanente de Derechos Humanos (CPDH), una de las tres ONGs que trabajan con las víctimas de la crisis.

El propio Carmona y su equipo han sido amenazados de muerte y su colega Alvaro Leiva, director de la Asociación Nicaragüense de Derechos Humanos (ANPDH), ya es uno de los miles de exiliados en Costa Rica. Salió del país el mes pasado para salvar su vida.

También en Managua, el consulado de Costa Rica continúa atiborrado de solicitantes de visa. Hay hasta 900 solicitudes diarias, según fuentes de la sede diplomática.

Costa Rica ha sido tradicionalmente un país receptor de inmigrantes y refugiados por razones políticas. Y Nicaragua, con sus constantes crisis políticas y conflictos internos, es la fuente mayor de emigración, incluso por razones económicas.

Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), la inmigración aporta a Costa Rica un 12 por ciento del Producto Interno Bruto de este país, estimado en unos 80.000 millones de dólares.

Este organismo estima, sin incluir los flujos causados por la nueva crisis, que de diez inmigrantes que llegan a Costa Rica, unos ocho son nicaragüenses.

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