Cuba y su vaso de leche

Por Jesús Arencibia (El Toque)

HAVANA TIMES – Era la mañana del 26 de julio de 2007. El General Raúl Castro —que ocupaba por designio de su convaleciente hermano la presidencia interina de Cuba—, encabezaba el acto por el Día de la Rebeldía Nacional en la provincia de Camagüey.

En el discurso de clausura, justo en el momento en que apuntaba la necesidad de producir más leche en el país, se salió del guion escrito y dijo con tono ofuscado: “Hay que borrarse eso de los siete años, llevamos cincuenta años diciendo que hasta los siete años. Hay que producir leche para que se la tome todo el que quiera tomarse un vaso de leche. Y hay tierras para producirla…”.

Esa misma tarde, en la retrasmisión televisiva del discurso y, al día siguiente, en las versiones taquigráficas aparecidas en los medios estatales, el fragmento improvisado del vaso de leche había desaparecido. Una edición así—dado el funcionamiento vertical de la prensa partidista cubana— solo el mismo General o su hermano, podrían haberla ordenado.

Más de 13 años después del incidente, no solo se mantiene la misma restricción de la leche estatal subsidiada únicamente para niños de 0 a 7 años, embarazadas y enfermos con dietas médicas; sino que cada vez se torna más difícil conseguir este alimento —en polvo, fluida, condensada— y sus derivados, para que las personas puedan consumirlos regularmente.

Percibida en Cuba, según expertos, “como el producto más sensible para la alimentación de grupos vulnerables”, la leche es una asignatura pendiente del Gobierno insular desde hace décadas. De ahí “la imperiosa necesidad” de aumentar “la captación de leche industrializada de buena calidad, que sustituya importaciones e incremente la disponibilidad de este vital alimento”.

Sin embargo, en los últimos tres decenios, mientras  “la producción lechera mundial ha aumentado en más del 59 por ciento“; en la isla el decrecimiento ha sido notable. Según las estadísticas oficiales, de los 1131.3 millones de litros, en 1989, hasta bajar a la mitad en 2018, pasando por años críticos como el 2005, en el que tan solo se registraron 353.2 millones, la cuesta abajo evidencia serias fallas en este rubro. De tal suerte que la escasez y carestía de este producto y toda la gama de sus derivados es un muestrario de la ineficiencia de planes gubernamentales y las retrancas absurdas a la producción no estatal para suplir las ausencias.

DE “UBRE BLANCA” A UBRES POBRES

El 25 de enero de 1981, una vaca cubana entró al Libro Guinnes de los récords. 110.9 litros de leche en un solo día, le valieron a Ubre Blanca para que su nombre le diera la vuelta al mundo. El propio Fidel Castro, había seguido minuciosamente el desarrollo del animal y más de una vez la rumiante fue mención en sus discursos, máxime porque destronó la marca mundial de una vaca estadounidense. Esta hazaña hizo pensar que el futuro de la producción lechera estaba garantizado en el país.

El artista plástico Rafael Zarza, en el documental La vaca de mármol, de Enrique Colina, recuerda que se llegó a generar una idea en la población de que Cuba iba a tener más leche, queso y mantequilla que Holanda; lo cual, bien mirado, también debía ser consecuencia lógica de los múltiples planes de mejoramiento genético vacuno que desde la década del 60 se estaban desarrollando.

La realidad, como siempre, puso las ilusiones en su sitio. “Ni siquiera en la llamada época soviética, con concentrados alimenticios baratos y después de invertir mucho en la mejora genética de la masa ganadera […] fue posible producir la leche que el país demandaba”, apunta el economista Juan Triana.

Y entre los factores que cita como causantes de tal carencia están las “restricciones y precios que lejos de incentivar a los productores los desincentivan y […] la no generalización de tecnologías propias con resultados probados, como, entre otras, el silvopastoreo”.

Foto: Sadiel Mederos

De estas malas hierbas bien conoce Jacinto, un ganadero de Bahía Honda, en Artemisa, que lleva más de una década dejando la piel, literalmente en los potreros. La faena de ordeño de este campesino comienza a las 4a.m., debe garantizar a una de las bodegas de su zona un promedio de 20 litros de leche fresca por día, con lo cual, cada mes aporta a su comunidad más de 600 litros. El Estado le paga cada litro a 4.50 pesos*, menos de 0.20 USD. Ese mismo litro, si lo vendiera en el mercado negro, por su cuenta, le reportaría más de 5 pesos y, en algunos casos hasta el doble.

“La leche de agosto, la cobré los primeros días de octubre —se duele el labriego—. Y la de septiembre, aún hoy (24 de octubre), no la he cobrado. Ese es uno de los problemas que enfrentamos, la demora injustificada con los pagos. Otra cosa es que en los últimos años el costo de los pocos insumos a los que le podemos llegar va para arriba, pero el precio del litro de leche sigue donde mismo”.

Él, confiesa, no es de los más afectados, pues pudo agenciarse un sistema de riego para sus pastos y una máquina para procesar forraje; pero comprende que otros campesinos tengan que “inventar”, para sobrevivir. De ahí que algunos vendan la leche “por la izquierda” y no la entreguen al Estado.

¿Qué cambiar en lo inmediato para que mejore la producción lechera?, le pregunto. “Que los productores les podamos llegar, directamente y sin mediaciones a un grupo de tecnologías y recursos. Para no ir muy lejos: sembrar caña y King Grass en grandes proporciones requiere de equipos pesados. Y la mayoría no tenemos tractores. Otra cosa que pudiera hacer el Gobierno para ayudarnos es vendernos algunos buenos sementales, pues el ganado que tenemos los campesinos no es abundante de leche”, analiza Jacinto.

Lejos están aquellos años en que parte de las prioridades económicas y políticas del país, pasaban también por cruzar toros Holstein con vacas Cebú criollas y obtener razas cubanas que fuesen resistentes al calor y a la vez de ubres generosas.

Si en 1989 la producción lechera estatal era 4.5 veces la no estatal; esa proporción se invirtió a partir de 1994 (año en que la económica nacional tocó fondo), y para 2018, los no estatales ya producían más de 5 veces lo que el Gobierno. La gran paradoja es que no se les faciliten, para ello, los caminos necesarios.

POLVO AMARILLO EN LA BOLSA NEGRA

Si la leche natural fluida —base de la pirámide láctea— se torna incapturable, su “prima hermana” en polvo no menos esquiva. Solamente existe una fábrica que la produce en el país, inaugurada en 2015 en la provincia de Camagüey. Y de acuerdo con reportes para 2020 pronosticaba un plan “difícil de alcanzar” de 500 toneladas.

Este año, acota Granma, deben ingresar al país, según el plan de importación, 48.000 toneladas del demandado producto, y cada una cuesta entre 3.400 y 3.600 dólares. De acuerdo con la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI), la importación de este rubro se mantuvo entre 2010 y 2018 en el orden de 37.924 toneladas el primer año y 49.192 el último.

Entre los proveedores más frecuentes de leche en polvo a la isla, destacan Nueva Zelanda, Argentina, Holanda y Polonia, comentó en septiembre Dailys Álvarez Delgado, directora de Calidad y Tecnología del Complejo Lácteo de La Habana.

El demandado polvo amarillo ha ido elevando su precio hasta límites casi inaccesibles para el común de los ciudadanos en el mercado subterráneo nacional. En Cabaiguán, Sancti Spíritus, por ejemplo, la bolsa pequeña, antes de la pandemia de la COVID-19, se conseguía entre 45 y 50 pesos (2 USD), pero ya sobrepasa los 80 pesos, refiere la lugareña Yohandra, trabajadora estatal y madre, quien no se las ve fácil para garantizar los lácteos en su casa.

“La evaporada, cuando llegan algunas cajitas a TRD [tienda recaudadora de divisas] del pueblo es carísima, incomprable”, añade la mujer. Y explica que para su familia lo más rentable ha sido establecer contactos con campesinos de la zona para comprar la de vaca, de forma ilegal, entre 5 y 7 pesos el litro.

Por distorsiones económicas del país —explicó en el programa Mesa Redonda el miembro del Buró Político del gobernante Partido Comunista de Cuba (PCC), Marino Murillo Jorge—, a la industria nacional le da más resultado comprar y procesar leche en polvo a los altos costos internacionales que pagarla a 4.50 pesos a los ganaderos; cuestión que debe revertirse cuando avance la “Tarea Ordenamiento”, que incluirá, entre otros aspectos, la eliminación de la dualidad monetaria y cambiaria.

Ojalá dicho paquete de medidas económicas estimule la producción nacional y la sustitución de innecesarias importaciones en este campo y sirva para resolver décadas de improductividad.

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