Cómo una fantasía se convierte en pesadilla

Por Kate Chapell (IPS)

Foto: Melanie Wasser /Unsplash

HAVANA TIMES – Marcela Loaiza tenía apenas 21 años cuando un hombre se le acercó en su lugar de trabajo en la ciudad de Pereira, en Colombia, con promesas de fama y dinero. El misterioso compatriota, bien vestido, le dijo que podía darle una oportunidad para una vida mejor. 

“Dijo que quería ayudarme a convertirme en una bailarina internacional, que me llevaría a otro país a cantar», dijo Loaiza a IPS desde su residencia actual en la ciudad estadounidense de Vegas, sobre aquel momento en que fue abordada cuando trabajaba en un supermercado para mantenerse a sí misma y a su hija de tres años y medio.

Al principio, ella se negó, pero la economía empeoró y perdió su trabajo en el supermercado. Además, su hija fue hospitalizada por asma. Estaba desesperada, así que aceptó la oferta. El hombre pagó inmediatamente las facturas médicas, le consiguió un pasaporte y le compró un billete de avión.

“Me alegré de la oportunidad, y me creé mi propia fantasía de que iba a ser famosa y rica y que iba a dar dinero a mi familia, pero también me entristeció tener que dejar a mi familia», contó.

Loaiza emprendió el largo viaje a Tokio, la capital de Japón, y en el aeropuerto una agradable mujer, también colombiana, le dio la bienvenida. Pero le quitaron el pasaporte y Loaiza se dio cuenta de cómo la mujer la miraba de arriba abajo, examinándola de pies a cabeza. La llevaron a dormir a un lugar y, al día siguiente, comenzó la pesadilla.

“Ella se volvió un monstruo total”, contó Loaiza. Fue obligada a teñirse el pelo, a llevar lentillas y a prostituirse.  Si quería irse, tendría que pagar 50 000 dólares a los traficantes. “Comencé a llorar, me sentía enloquecer”, rememoró aquel momento. Luego le dijo a la mujer que llamaría a la policía, y la mujer respondió con una amenaza de muerte para su hija.

Más tarde, Loaiza se enteró de que la habían vigilado: sabían todo sobre su vida, los miembros de su familia, dónde vivían y las rutinas de todos.

Durante los siguientes 18 meses, Loaiza trabajó como prostituta con otras 30 mujeres. No cuenta los detalles de los horrores que vivió, solo dice que se trataba de explotación sexual.

Había pagado su «deuda» con lo que ella llama la mafia, pero seguía teniendo miedo de irse. Finalmente, la esperanza surgió cuando un cliente le tendió la mano. Le dijo que tenía que escapar y le compró una peluca, un mapa para llegar a la embajada de Colombia y le dio algo de dinero.

De esa manera, Loaiza se dirigió a la embajada, donde los funcionarios la alojaron durante una semana, ayudándola a prepararse para salir de Japón.

De vuelta a Colombia, Loaiza presentó una denuncia ante la policía, pero fue inútil. Las autoridades no creían que Loaiza no supiera de antemano que se convertiría en prostituta.

Seis meses más tarde, acudió a la comisaría para comprobar su caso. “Todavía tenía miedo. Me dijeron que nunca habían tenido ese caso. Esta gente es más poderosa que nadie», aseguró, refiriéndose a la mafia que cree que está detrás de lo que le ocurrió.

Loaiza sabe ahora que fue víctima de la trata de personas, pero en aquel momento no tenía ni idea del tipo de delito del que había sido víctima.

De hecho, es un delito con muchas nebulosas, que cambia rápidamente para adelantarse a las autoridades y adaptarse a la demanda.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) lo describe como «la captación, el transporte, el traslado, la acogida o la recepción de personas, recurriendo a la amenaza o al uso de la fuerza u otras formas de coacción, al rapto, al fraude, al engaño, al abuso de poder o de una situación de vulnerabilidad o a la concesión o recepción de pagos o beneficios para obtener el consentimiento de una persona que tenga autoridad sobre otra, con fines de explotación”.

Puntualiza que “la explotación incluirá, como mínimo, la explotación de la prostitución ajena u otras formas de explotación sexual, los trabajos o servicios forzados, la esclavitud o las prácticas análogas a la esclavitud, la servidumbre o la extracción de órganos”.

También incluye el trabajo sexual, la pornografía, el entretenimiento (bailes exóticos y otros similares), el trabajo doméstico, el trabajo agrícola/construcción/minero, el trabajo en fábricas, la industria de servicios alimentarios, la mendicidad, así como la pesca comercial, cuando se realiza en forma forzada y/o en condiciones de esclavitud moderna.

La trata de personas puede ser realizada en el propio país de la víctima, bajo diferentes formas de coacción, o en otros países, a los que es llevada la víctima bajo engaño. Cuando el delito es transfronterizo hay por medio en ocasiones traficantes que trasladan a las personas cooptadas al país de destino. El delito de tráfico humano puede ser parte del de la trata de personas, pero no necesariamente.

Ana Margarita González, abogada sénior de Women’s Link Worldwide (enlace mundial de mujeres), una organización sin ánimo de lucro que trabaja para promover los derechos humanos de las mujeres y las niñas, afirma que hay varias razones por las que la trata no se ha erradicado.

“Es un delito complejo», explicó, antes de asegurar que hay evidentes fallos en las políticas públicas. “La falta de formación de los funcionarios, así como la falta de atención a la trata de personas como delito, son también problemas”, añadió.

La ONU estima que hay unas 50 000 personas que son víctimas cada año de trata. Pero esa cifra se limita a aquellas víctimas del delito que contactaron con las autoridades, así que el número real se da por hecho que se multiplica varias veces.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) informa de que, en un momento dado de 2016, había 40,3 millones de personas en situación de esclavitud moderna, un término que se utiliza indistintamente con trata de personas. De ellos, 25 millones realizaban trabajos forzados (de los cuales 4,8 millones se encontraban en situación de explotación sexual) y 15 millones habían sido víctimas de matrimonios forzados.

En América Latina y el Caribe se carece de cifras confiables, pero sí se sabe que es una región ideal para las mafias de trata y tráfico humano, según un documento académico realizado por Mauricia John. Las razones son las vastas, variadas, porosas y costeras fronteras; la prevalencia del turismo y la migración, que dificulta el control de los movimientos; y los altos índices de delincuencia y violencia combinados con la escasez de recursos.

Entre los ciudadanos más vulnerables, destaca otro estudio de 2016 del gobierno de Estados Unidos, se encuentran los que se encuentran en situación de pobreza, los desempleados, los miembros de un grupo indígena, las personas analfabetas o que abusan de las drogas y alcohol, las sintecho, las que tienen antecedentes de abusos físicos o sexuales y de pertenencia a bandas, así como las personas del colectivo LGTBI.

En Trinidad y Tobago, Adrian Alexander dirige el Caribbean Umbrella Body for Restorative Behaviour (organización paraguas caribeña para la restauración del comportamiento), una organización que lucha contra la trata, entre otras actividades, aseguró a IPS que en ese país insular caribeño hubo 16 víctimas identificadas en el trienio 2016-2018. Según la experiencia, allí por cada víctima identificada, hay otras 100 fuera del radar.

A su juicio el delito se está ampliando por variadas razones. “Las vulnerabilidades siguen existiendo. La demanda está ahí, y la impunidad con la que los traficantes pueden operar sigue ahí. Es una actividad muy lucrativa y de bajo riesgo, y la gente se involucra en ella; muchos de los individuos que realizan este trabajo carecen de humanidad», afirmó Alexander.

«Otra cuestión que preocupa mucho a nuestra comunidad es la creciente sensación de inseguridad provocada por la lacra del tráfico ilícito de bienes y personas en nuestra región”, indicó Keith Rowley, primer ministro de Trinidad y Tobago y presidente rotatorio de la Comunidad del Caribe (Caricom).

En declaraciones a medios de su país, aseguró que “el tráfico ilícito de personas, han sido particularmente desconcertantes mientras la comunidad continúa su lucha contra la pandemia de covid-19”.

En la región latinoamericana y caribeña, el tráfico implica varios flujos, incluyendo la migración ilegal hacia la región de personas en tránsito hacia otros destinos, aquellos que buscan una vida mejor hacia América del Norte y Europa y la migración intrarregional de los países en mayor crisis de pobreza a los vecinos con mejor situación, destaca el estudio de John.

Ninna Sorensen, profesora del Instituto Danés de Estudios Internacionales, investiga la migración. Su trabajo más reciente se ha centrado en República Dominicana, donde la trata se manifiesta sobre todo en el trabajo sexual forzado.

Afirma que la trata es también resultado de unas medidas de control fronterizo más estrictas que obligan a quienes quieren migrar a buscar otros medios irregulares para llegar a los países de destino.

“Muy pocas de las personas que han sido objeto de la trata en la región que he conocido han sido conscientes de los riesgos que corrían al viajar de la forma en que lo hicieron o  si eran objeto de la trata para el trabajo sexual», aseguró.

Según su experiencia, las mujeres suelen ser conscientes de que son objeto de trata con fines de explotación, pero creen que podrán sortear la situación y les vale más intentar una oportunidad de una vida mejor. Tampoco forman parte de una amplia red criminal, sino de una red comunitaria o familiar, aseguró.

Los expertos afirman que hay que tomar varias medidas para frenar la trata de personas, como una legislación más estricta, campañas de educación, la lucha contra la corrupción y la reducción de la pobreza.

Loaiza, la superviviente colombiana de la trata de personas, dice que aunque ahora ha logrado tener una vida segura y satisfactoria, no es la misma persona que antes de su brutal experiencia en Tokio.

“Es como tener un tatuaje en el alma. Llevo 15 años casada y tengo tres hermosas hijas, un trabajo, mi propio negocio, pero siempre hay algo en cualquier circunstancia que me lo recuerda. Algún olor, alguna comida, siempre sale algo en cualquier momento y en cualquier circunstancia”, aseguró con tristeza.

Loaiza se ha convertido en una empresaria exitosa, es oradora motivacional, ha escrito dos libros y tiene una organización que ayuda a los supervivientes de la trata de personas.

Ella urge a los gobiernos a reforzar las políticas, a realizar campañas de educación pública y a proporcionar más recursos a las víctimas. Las familias también deberían hablar abiertamente sobre la trata, dice, especialmente en las redes sociales, que son un gran instrumento para las mafias de la trata.

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