¿Cómo emprender sin hacer daño a nadie?

Foto: Yandry Fernández.

Por Miguel Alejandro Hayes Martínez (El Toque)

HAVANA TIMES – Si alguien después de leer este texto decide recorrer La Habana para comprar carne de pollo o de cerdo, puede que pase el día entero desplazándose de un lugar a otro para conseguirlos. Porque no se trata solo de que los alimentos estén caros, sino de que, además, se venden en pocos lugares y acceder a ellos implica hacer colas.

Sin embargo, un número significativo de restaurantes privados de La Habana ofrece cierta variedad de platos con esas mismas carnes y alimentos de producción nacional o de importación. Así, dichoso quien encuentre una bolsa de leche en alguna tienda y alcance a comprarla (un verdadero producto mitológico para algunos consumidores), pero no falta el batido (con leche) en la carta de restaurantes privados.

Me sobran los ejemplos desde la primera vez que fui al famoso pan con perro de Coppelia (que no está dentro de Coppelia) y se había acabado el refresco de Cola de 10 CUP. Se podía comprar al lado, en una cafetería privada, por el doble del precio.

Pero no, los restaurantes y cafeterías no son culpables de nada, o al menos no es lo que intento decir.

Todo tiene que ver con todo

Las Ciencias Económicas hace más de 200 años plantean que en la sociedad en la cual se producen bienes, sea cerrada o abierta, todo está relacionado. La idea está más o menos clara desde que François Quesnay planteó algo tan relevante que puede ser comparado con lo que representó la ley de la gravedad para la Física: los que producen alimentos en una sociedad lo hacen para ellos y para los que no producen alimentos.

Ese principio reapareció sucesivamente en la historia del pensamiento económico, pasando por Engels y sus esquemas de reproducción simple y ampliada de sectores, descrito en El capital, pero también en cierta medida en el modelo de equilibrio general de Walras (y sus derivados) o en los sistemas de balance de materiales de los soviéticos. Este último le resta un poco de importancia en ciertos círculos, pero justamente ese sistema de balance de materiales sirvió de inspiración para que el economista norteamericano Wassily Leontief creara la famosa matriz insumo-producto y ganara un Nobel de Economía.

Posteriormente, se han desarrollado una serie de modelos y herramientas como el de contabilidad social (modelo SAM) y otros, de usos más complejos de la matemática y la programación, que en esencia muestran que lo que un sector de la economía produce es consumido por diversos sectores y que un sector consume de lo que producen varios sectores, y todo ello combinado. Lo que conduce a la idea clara de que cualquier cambio en la oferta y la demanda siempre puede traer implicaciones sobre toda la economía.

¿Quién se lleva el cerdo?

Así, los porcicultores trabajan para garantizar el consumo personal y el colectivo. Entre quienes no producen la carne estamos los que la queremos para consumir directamente y los que la compran para vender en un restaurante; es decir, la adquieren como un insumo. Como la oferta de la carne es insuficiente, todos competimos por ser el que tenga el «honor» de comprar.

En ese escenario, serán los ganadores los que estén dispuestos a pagar más. Es el restaurante privado el que puede pagar a mejor precio la libra (luego transfiere ese costo de compra al precio de venta) o llevarse más cantidades. También le conviene al que vende, que igual gana. El resto… sabemos que son (somos) los perdedores. No hay otra combinación posible, porque no alcanza para todos.

Del mismo modo que si en una habitación hay 12 sillas para 20 personas, sin importar quién se siente, 8 quedarán fuera. Es inevitable que en tiempos de escasez siempre haya un perdedor. La escasez nos empuja a una selva social donde prevalece una especie de selección natural económica. No hay buenos ni malos (al menos no son estos, de haberlos), solo circunstancias.

Cuando esta es la dinámica de una larga lista de bienes (sin distinción entre si son producidos o importados), como sucede en la realidad cubana, el estado de perdedor va mucho más allá de la carne de cerdo.

Cría tu propio cerdo o la culpa es tuya

Una primera conclusión es que en una sociedad donde escasea casi cualquier cosa, cuando un negocio privado compra un insumo, que es primero que todo un bien de consumo, está dejando sin ese bien de consumo a otro ciudadano.

El problema del desabastecimiento es tal que, aun teniendo los restaurantes la capacidad de pagar mejores precios (ya sea del agro, con arreglos informales en las tiendas o con arreglos informales legales), hay privados que, para asegurar sus insumos y escapar de la crisis y los altos precios que impone, han creado sus fuentes de insumos a través de fincas propias.

De ahí se desprende que: cada vez que un negocio privado crea o produce sus insumos, contribuye, en alguna medida, a aliviar el efecto de la escasez.

Sin embargo, existe el riesgo de que los productores de alimentos prefieran vender solo a quienes usarán los productos como insumo (o que lo procesen para agregar valor y vender más caro).

No es difícil suponer entonces que, si un emprendimiento busca beneficio económico o ser un emprendimiento con responsabilidad social, debe mirar cómo se relaciona con la escasez.

Un emprendimiento con responsabilidad social en Cuba debería ser uno que tenga en sus prioridades brindar una oferta sin dejar a otros ciudadanos sin bienes de consumo; es decir, que no contribuya a aumentar la escasez para los consumidores.

De nada sirve para mejorar el poder adquisitivo del peso cubano que un restaurante venda carne asada, si apenas la puede conseguir un ciudadano para su casa. Destruir una oferta para crear otra no es la vía para que una sociedad, dígase las condiciones de vida de sus miembros, mejore. Es solo quitar de un lado para poner en otro.

No todo se resuelve con la finca o la culpa es de otro

La responsabilidad social de los emprendimientos ante la escasez no tiene soluciones en todos los ámbitos. Si se trata de emprendimientos cuyos insumos son alimentos primarios o de producción nacional, que apenas llevan materias primas de importación, pueden aliviar los efectos del desabastecimiento. En cambio, todos aquellos que utilizan materias primas de importación (desde leche en polvo hasta plástico) no tienen alternativas. Están condenados a comprar insumos, ya sea por el mercado informal o por el legal, y a dejar sin bienes de consumo o materiales a consumidores y empresas estatales.

La solución comienza a aplicarse a escala con aquellos que logran importar a través de las entidades estatales. No compiten con los consumidores, sino que importan para ellos. Sin embargo, la discrecionalidad de las facilidades para importar, las altas comisiones, así como la poca efectividad de esta vía, hacen que pocas sean las producciones que pueden acceder de esta forma a sus materias primas.

Por eso no es extraño encontrar un flotante para el tanque de agua en el mercado informal a 15 MLC. ¿De dónde se supone que salió el plástico que emplearon para su confección? Es el mismo plástico que circula dentro del país y que, evidentemente, es escaso. Quedan obligados a quitar de un lado para poner en otro.

Esa es otra conclusión: cuando un negocio privado no puede importar sus insumos a causa del monopolio de comercio exterior que impone el Gobierno, se ve obligado a competir con sus conciudadanos por los bienes que el Gobierno importa, o con las empresas estatales por las materias primas que adquieren.

De no existir ese monopolio y si se priorizaran las iniciativas en las que el bienestar económico de las mayorías se vea beneficiado, los negocios privados podrían aliviar sus costos (reducir precios) y aumentar su producción (aumentar la oferta).

Aunque la poca importación privada que hoy se hace puede aliviar la carga, cuando se trata de cantidades (ya sea de alimentos o de plástico, por ejemplo), no es suficiente. El reciclaje como vía tampoco es solución: lo que se reutiliza no aumenta. Reutilizar lo que es escaso sigue siendo igual a escasez. Puede resolver problemas locales, sin dudas, pero este texto hace referencia al problema macro.

Cómo emprender sin convertirse en villano

Es poco relevante si lo antes expuesto es tan viejo como Quesnay, porque son ideas fáciles de intuir. Es poco probable que las personas cuyos intereses se ven reflejados en la gestión del Gobierno, así como los hacedores de política, se enteren de lo antes expuesto leyendo estas líneas: quienes manejan números o recursos todos los días saben muy bien que, cuando no alcanza, alguien se queda fuera.

Cambiar la restricción al comercio exterior no sería suficiente como política, pero sería un cambio estructural necesario como punto de partida. Sin embargo, tendría implicaciones sobre la hegemonía económica en la que se sostiene el poder político, dígase el mecanismo de control y las altas ganancias que se desprenden de las prácticas monopolistas. Así que es de esperar que se mantengan las restricciones, por lo que el emprendimiento responsable de cara a la escasez queda en manos de los propios emprendedores privados.

Claro está que ningún negocio privado que obtiene sus insumos de manera honesta y fruto de su trabajo y gestión debe sentir culpa alguna por comprar bienes de consumo o materia prima escasa, como tampoco deben valorar cerrar el negocio o cambiar a una actividad que no los ponga en esa situación de competencia con sus conciudadanos o empresas estatales, porque no crearon ellos las reglas del juego. El monopolio de comercio exterior que los obliga a competir con el consumo ciudadano es el culpable. Además, si escogieron la actividad que hacen actualmente, es porque se ajustaba a sus necesidades, capacidades y gustos.

En cambio, sería beneficioso para la sociedad que desde los negocios privados se comprenda la realidad, en la que la mejoría de unos es al mismo tiempo una afectación a otros. Sobre todo, para no vender discursos de prosperidad colectiva que, ciertamente, no son. Así mismo, y puede ser esta la última conclusión, si aquellos negocios privados que utilizan bienes de consumo que se pueden crear desde cero en Cuba asumen ese proceso de producción, sería un ejercicio de responsabilidad social ante la escasez.

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