Buscando asilo en la frontera estadounidense-mexicana

El muro desde el lado estadounidense.

Me han dicho que existe un lugar donde
Todas las calles están pavimentadas con oro.
Y está justo al otro lado
De la frontera

Por Ken Alexander*

HAVANA TIMES – Nogales es una bulliciosa ciudad de México que se encuentra en los límites de los Estados Unidos de América, 70 millas al sur de Tucson, Arizona.  Entre los turistas estadounidenses es conocida como un sitio para cruzar la frontera y encontrar dentistas económicos y medicamentos a mitad de precio. Pero para los solicitantes de asilo, procedentes del sur, que llegan a esa urbe mexicana, existe una historia bien diferente: una historia de esperanza, angustia y compasión.

Huyendo de las cruentas  pandillas, la violencia doméstica, así como de las altas tasas de homicidios, docenas de centroamericanos llegan a Nogales diariamente para pedir asilo en los Estados Unidos.

En su mayoría han viajado durante semanas para llegar hasta aquí, pero, a menudo, la única bienvenida que encuentran es la de una pequeña red de personas que ofrecen, de manera voluntaria, su tiempo y sus recursos para brindar refugio y seguridad. Muy pronto pueden comenzar a arribar por cientos.

Una de las figuras clave de esa red es Panchito, quien funge como enlace crucial entre los migrantes que llegan y los diversos servicios sociales proporcionados por organizaciones de voluntarios.

Panchito distribuyendo medicamentos a trabajadores en México

Oficialmente, él está a cargo del transporte. Extraoficialmente, es el pegamento que mantiene unida esa red de apoyo. Como una de las pocas personas en Nogales con licencia para transportar a los migrantes, Panchito es, a menudo, la primera cara amistosa que ven los solicitantes de asilo. Él proporciona tanto atención médica, como alimentos, agua, juguetes para los niños y, lo más importante, una sonrisa compasiva. Miles han pasado por Nogales, y él  siempre está ahí para saludarlos.

Hace diez años, Panchito encontró un nuevo propósito en su vida, en Nogales, México. Regresó después de vivir durante  tres décadas en los Estados Unidos, obtuvo su certificación médica mexicana y dedicó su vida a ayudar a los necesitados de cualquier manera que pudiera hacerlo.

Durante mucho tiempo trabajó en una vieja mini-furgoneta,  hasta hace tres años, cuando pudo armar una furgoneta Ford de 2001 muy usada y convertirla en una ambulancia totalmente equipada.

La provisionó con bancos para el transporte, una camilla para emergencias y llamadas al 911, una sirena que a veces funciona, luces de emergencia y las palabras Panchito y Su Cristina pintadas en los costados.  

Panchito comprando comida para los buscadores de asilo.

Cristina es el nombre de la ambulancia, y  se lo puso en honor a su hija. Abastecidos con  medicamentos, tanques de oxígeno, alimentos, agua, mantas y juguetes, Panchito y Cristina viajan de la oficina de Inmigración a refugios y orfanatos, durante las 12 horas del día, los siete días de la semana. En el pasado, en ocasiones él mismo sin hogar donde estar, continuaba su labor mientras dormía en la ambulancía.

“Solía ​​trabajar a tiempo parcial como policía en México y también atendía llamadas al 911 para transportar personas al hospital. Pero con el incremento de los solicitantes de asilo que llegan a la frontera, no tengo tiempo para permanecer en un puesto por un salario. Paso todas mis jornadas ayudando a los migrantes. La gente de las organizaciones sin fines de lucro aquí en México me dicen “Panchito, te necesitamos a tiempo completo para los solicitantes de asilo”.

Aunque los gastos básicos superan los $800 dólares al mes, él solo puede contar con unos $250 mensuales en soporte recurrente. La mayor parte del financiamiento proviene del propio bolsillo de Panchito y de las donaciones de ciudadanos y organizaciones estadounidenses afines a la causa.

Saliendo con Panchito

Es un viernes por la noche, cuando me encuentro con él, a una cuadra de la entrada a la oficina de Inmigración de los Estados Unidos en el lado mexicano. Su ambulancia está llena de solicitantes de asilo recién llegados de América Central, todas mujeres y niños. Después de realizarles exámenes médicos de manera breve, los transporta al refugio donde se les asigna un número. Cada familia debe esperar por su turno antes de poder solicitar asilo.

Buscadores de asilo siendo transportado en la ambulancia a un refugio en el lado mexicano.

Mientras tanto, pueden pasar hasta seis meses en un albergue mexicano en espera de la oportunidad de entrar siquiera a Inmigración. A quien llegó más recientemente se le asignó el número 201, y la Inmigración estadounidense  solo está procesando el número 135. Sesenta y seis familias esperan su turno en condiciones de hacinamiento y muchas más llegan diariamente.

Panchito explica que solo 10 familias a la vez pueden esperar dentro del área especial de retención de la oficina de Inmigración. El área de retención es una especie de tierra de nadie. Técnicamente aún en México, es una sección de piso desnudo, en el cual  un pequeño número de aspirantes pueden aguardar para tramitar su solicitud a las autoridades estadounidenses.

Una vez que su número llega se les permite ingresar a esa zona, pero la espera no termina ahí. Los interesados en asilarse pasan días y noches enteras en el suelo encima de alfombras  y colchas proporcionadas por organizaciones locales sin fines de lucro. Las mujeres atienden a los bebés, los niños inventan juegos para pasar el tiempo, y todos ellos ven cómo un flujo constante de personas al otro lado de la frontera pasa junto a ellos para ingresar a territorio de los Estados Unidos con sus documentos en mano.

Algunos de los estadounidenses que pasan por ahí miran con lástima, la mayoría con indiferencia y otros con compasión. De vez en cuando, un billete de a cinco dólares pasará a través de la barrera que separa a los que tienen documentos y a los que esperan una nueva vida.

En ningún otro lugar es mayor la diferencia entre los que tienen y los que no. Solo unos pocos de los solicitantes de asilo tendrán éxito. Para aquellas familias a las que se les niega la autorización, sus opciones son pocas, regresar al Triángulo del Norte de América Central no es una de ellas.

A la mañana siguiente, Panchito trae el desayuno, revisa las condiciones médicas de todos, dispensa medicamentos y escucha las preocupaciones y temores de cada uno de los emigrantes. Antes de eso yo había tratado de entrar por mi cuenta en esa área y me rechazaron. Mientras sigo al lado de Panchito me deslizo con facilidad.

Más tarde, nos dirigimos a la montaña para llevar medicinas, alimentos y juguetes al orfanato local. Todos los días Panchito recorre en su carro esos empinados caminos de tierra y llenos de baches. Él es la principal fuente de atención médica para cientos de familias mexicanas pobres en las comunidades de montaña fuera de Nogales. Este no es su trabajo, sino su vocación

Cristina podría estar cerca de su fín

Usando fuego para sellar una goma y el aro.

Sin embargo, Cristina es muy vieja, y después de hacer miles de viajes como este, apenas se mantiene en una sola pieza. Nos detenemos para reemplazar un neumático delantero que está liso y seriamente dañado. Por $22 dólares compramos una goma usada que tiene suficiente  banda de rodaje para durar unos pocos meses. Cuando el mecánico no puede montar el neumático, vierte gasolina dentro de este y lo enciende. La gasolina encendida eventualmente crea suficiente calor y gas para sellarla hasta el borde.

De vuelta en la ambulancia, Panchito toca dos cables de encendido para arrancar el motor, y Cristina grita en señal de protesta. El motor arranca, pero el ruido fuerte que produce es seguramente una señal de serios problemas. Manejamos a toda velocidad a una tienda de piezas de autos, al ritmo del metal molido contra metal, y reemplazamos el motor de arranque en el estacionamiento. Lo único que mantiene a Cristina viva ahora es la fe. Si la furgoneta deja de funcionar, finaliza un enlace vital que conecta a los migrantes con servicios esenciales.

Continuamos y recogemos comestibles. En un orfanato Panchito reparte bananos. En el siguiente orfanato, en las montañas, distribuye medicamentos a los trabajadores. Cristina se acerca jadeante a la ciudad  mientras nos dirigimos de regreso a Inmigración. Allí, él distribuye  sándwiches a las familias que esperan dentro. “Nadie será atendido hoy por Inmigración”, me dice. Será otra noche larga.

Una mujer procedente de los Estados Unidos llega a través de la entrada peatonal mexicana con mantas para que él las distribuya. Las noches se están poniendo frías. Revisa para ver cuántas tirillas de prueba de diabetes le quedan. Ya hay pocas. La mujer que solía traerlas no ha venido desde hace varios meses.

Panchito hablando de noche en el refugio con las personas sobre la situación de sus solicitudes para asilo.

Después de una cena rápida, estamos de vuelta en Inmigración. Aparecen bolsas con pomos de agua embotellada y las reparte mientras habla con cada solicitante. Se realiza una reunión rápida con el supervisor del refugio, quien mantiene la lista de las personas que esperan asilo. Todo el mundo se actualiza de la situación. Se mueve un carrito, y la cena se sirve en tazones. Luego, todos se acomodan bajo el brillo implacable de las luces fluorescentes de otra noche llena de incertidumbre.

Cuando me voy al día siguiente, camino por la frontera con mi pasaporte en mano, cerca del mismo grupo de la noche anterior. Les saludo a través de la barrera, e intercambiamos sonrisas. Tienen más esperanza de las que probablemente deberían.

Algunos días después le escribo a Panchito y me informa que Cristina está en el taller. Nadie lo dice, pero todos sabemos que los días de Cristina están por terminar. A todos nos preocupa lo que eso significará para los que esperan y para los que recién llegan a Nogales, México.

Esa es la frágil naturaleza de la vida en la frontera.

Y cuando llegue el momento de tu turno.
Aquí hay una lección que debes aprender.
Podrías perder más de lo que
siempre esperarás encontrar.

Pero la esperanza permanece cuando el orgullo se ha ido.
Y te mantiene en movimiento
Llamándote a través
de la frontera

-Ry Cooder

*Ken Alexander es un fotógrafo y periodista independiente de Woods Hole, Massachusetts, EE.UU.  Puede ser contactado en: [email protected]

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Alfreda a la hora del café, Pons, Pinar del Río, Cuba. Por Irina Echarry (Cuba). Cámera: Nikon D3000

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