Bogotá sobre ruedas: Crónica de una cubana en el Transmilenio

Por Yusimí Rodríguez

El Transmilenio de Bogotá. Foto: caracol.com.co

HAVANA TIMES – Yo creía conocer Bogotá, porque la visité dos veces en 2016. Estaba errada. En ambas ocasiones solo fui a sitios a donde podía llegar caminando y, por tanto, nunca monté el Transmilenio. Por eso, no puedo decir que conocí Bogotá. Aunque vayas a Monserrat, la catedral de Sal, Chapinero, la Carrera Séptima, la catedral de Bogotá, la avenida Caracas e incluso a la discoteca Theatron, no puedes afirmar que conociste la capital colombiana, si no montaste el Transmilenio.

“Bogotá es la única gran ciudad de Latinoamérica que no tiene un metro. Lo que tenemos es el Transmilenio, que es algo brutal”, se quejaba hace dos años un amigo bogotano. Supuse que para él, La Habana no contaba como una gran ciudad, porque aquí tampoco tenemos metro. En nuestra capital existió un proyecto de metro, al que se destinaron recursos y fue muy publicitado en los años ochenta del siglo XX. Como otros grandes planes revolucionarios, fue abandonado poco después del inicio.

Ya había visto los grandes ómnibus rojos circular en Bogotá y a primera vista parecían simplemente una versión más grande (tienen dos articulaciones, en vez de una) de nuestros P.

Cuando Carlos, un colega cubano, nos conducía a otro amigo y a mí, a través de un puente peatonal, a nuestra iniciación en el Transmilenio, yo, habanera entrenada en el transporte público cubano, me preparé para llegar a un punto al aire libre, desbordado de gente al acecho y lista para correr, porque la guagua, o sea, el Transmilenio, pararía fuera de la parada o no lo haría en lo absoluto.

Pronto descubrí que mi entrenamiento era innecesario. Al final del puente, me esperaba una larga estructura metálica techada, que resguarda a las personas de la lluvia, el frío o el sol, durante la espera del autobús, que tiene frecuencia promedio de 7 minutos.

A lo largo de esa estructura hay varias entradas y encima de cada una, aparece indicada la línea del vehículo que para ahí. Cuando este aparece y sus puertas se abren, como por arte de magia, estas coinciden con las entradas situadas a lo largo de la estación. Si viene muy lleno y bajan pocas personas, usted espera el próximo. Si el que llega no es el que usted necesita, se hace a un lado para que suban otros pasajeros.

Por si fuera poco, existe la aplicación TransmiSitp, una iniciativa independiente para ayudar a las personas a movilizarse en el transporte masivo o taxi. No solo le dice qué líneas le llevan a su destino, sino, además, en cuánto tiempo lo hacen.

 Durante el viaje, le indica por dónde va y cuántas paradas le quedan. Si usted no tiene instalada la aplicación en su móvil, o no tiene móvil (no sé en Colombia, pero en Cuba aún es posible no tener o no tener uno lo suficientemente moderno como para instalar aplicaciones), en el ómnibus las paradas son anunciadas por una voz y una pequeña pantalla. Otra ventaja es que usa una vía exclusiva. En mis primeros recorridos, me preguntaba qué era lo que mi amigo bogotano encontraba brutal.

Para acceder a lo que a mí, acostumbrada a largas esperas a la intemperie y, muchas veces, a tener que correr, me parecía un paraíso terrenal, hay que cruzar un torniquete. Este te da paso después que colocas encima la tarjeta de Transmilenio previamente adquirida y recargada con saldo para la cantidad de viajes que desees. Encima del torniquete hay una pequeña pantalla que te dice cuántos te quedan. “Es importante que siempre te quede por lo menos uno, porque si es el último, tienes que comprar otra tarjeta”, nos advierte Carlos.

La tarjeta cuesta 10 000 pesos colombianos, lo que equivale a 4 USD más o menos, en dependencia del cambio. Cada viaje cuesta 2300 pesos colombianos, poco menos de un dólar. El acceso al paraíso no es precisamente barato, pero parece accesible a la mayoría de los bogotanos, pues el Transmilenio transporta unas 2 455 705 personas al día. Si tenemos en cuenta que con esos 2300 pesos usted puede cambiar de autobús en los intercambiadores para llegar a su destino sin pagar un peso más, en realidad resulta bastante económico, aunque no para todos. Vimos a algunos rodear la estación y trepar para eludir el torniquete.

El transmilenio en hora pico. Foto: eltiempo.com

Hay otra forma más barata de viajar en él. En las estaciones, junto al torniquete, se ubican personas que le ofrecen el recorrido por 2000 pesos. Colocan una tarjeta sobre el torniquete y “ábrete, sésamo”.

A nuestro colega Carlos, una muchacha lo tomó por uno de ellos. La lógica indica que si alguien te cruza por un precio más bajo que el oficial, pierde dinero. Carlos averiguó cómo funciona. “Usan tarjetas robadas; se las carterean a alguien, y después las usan para vender los tickets un poco más barato”, nos cuenta. O sea, que la buena vida es cara; la hay más barata… pero es ilegal.

Al pagar su pasaje, usted no paga solo por el trayecto, sino también por una especie de show sobre ruedas. Vimos a un rapero tan bueno que nos preguntábamos por qué no estaba en un escenario, a un jovencito que se acompañaba con background e interpretaba música romántica con calidad decorosa; otros se acompañaban con sus propios instrumentos.

Algunos cantaban solos y otros a dúo, en trío o en cuarteto. A algunos la gente les da dinero por la lástima que inspiran más que por su talento, como a un señor ciego, al que además le faltaba una pierna e iba acompañado por su mujer también ciega. Otro hombre ciego que tocaba la flauta, resultaba agradable de escuchar.

También nos llamó la atención un muchacho que exhibió un amplio conocimiento de la historia del país y mostró a los pasajeros su propia ignorancia. Otro nos entretuvo con juegos de agilidad metal, a los ganadores los premiaba con manillas tejidas. Al final de cada actuación, los pasajeros les dábamos algunas monedas y ellos se movían a otro segmento del autobús o bajaban al llegar al intercambiador para subir a otro. Había también vendedores de golosinas, bolígrafos, libretas. Casi todos eran hombres. En todas mis andanzas en el Transmilenio solo vi a una mujer joven que vendía bolígrafos.

A esa especie de elenco se suman los venezolanos que huyen de la crisis en su país. Cada uno cuenta una historia más triste que el anterior: un joven que salió de Venezuela porque lo que ganaba en un mes no le alcanzaba para la comida de un día de sus hijos; un hombre que vino con su esposa embarazada, otro hijo y el bolsillo lleno de bolívares inútiles; otro que dejó a su madre enferma en Venezuela con la esperanza de enviarle medicinas y dinero para que pudiera, al menos, comer. Otro aspiraba a encontrar trabajo para traer a su mujer y a sus hijos, pero no había tenido suerte.

Los colombianos los miraban con aburrimiento. Llevan más de un año escuchando tantas de esas historias que han llegado a inmunizarse. Pero nosotros, era inevitable que nos impresionaran. En Cuba, el canal multinacional Telesur me habla de los venezolanos que retornan a su país debido a las dificultades y el maltrato que enfrentan en aquellos a donde emigraron. No me habla de las causas que les llevaron a partir de Venezuela.

 Isabela Gutiérrez es una venezolana de 20 años que cruzó sola la frontera siete meses atrás. Canta y toca cuatro instrumentos: piano, guitarra, percusión y cuatro venezolano. Vive de hacer música en la calle con otros compatriotas y me cuenta que también suele tocar en el Transmilenio.

“Hace siete meses, cuando llegué, sí resultaba chévere, porque teníamos bastante entrada. Pero como en este tiempo han llegado tantos venezolanos a hacer lo mismo: montarse aquí a pedir dinero y vender lo que sea, pues es muy complicado. No ganamos lo mismo que cuando llegamos”. Hasta el primer trimestre de 2018, habían arribado más de 935 mil venezolanos a Colombia, según cifras oficiales.

Pronto mis amigos y yo nos damos cuenta de que hemos estado viajando en un transporte, más barato que un taxi o un Uber, para ahorrar dinero, pero terminamos soltando monedas cada vez que subimos a un autobús o cruzamos el puente peatonal, donde también encontramos personas mendigando o vendiendo alguna mercancía.

En una sola ocasión monté el Transmilenio a las siete de la noche, entre semana, y comprendí lo que mi amigo bogotano describía como brutal. Había tanta gente en la estación, que al bajarme del autobús no podía, literalmente, dar un paso. Quienes acababan de cruzar el torniquete para abordar los autobuses no podían avanzar; quienes intentábamos salir de la estación, tampoco. Me tomó más de quince minutos conseguirlo.

Fui afortunada. Otro amigo bogotano me contó que cuando el Transmilenio está tan lleno, corres el riesgo de que te cartereen. Si está muy vacío, el peligro es que suba alguien y a punta de pistola se lleve cuanto tienes encima. El paraíso puede transformarse en un infierno.

Me resultaba increíble que un medio de transporte con una vía para sí solo y una frecuencia promedio de 7 minutos, no dé abasto en una ciudad donde, además, hay tantos carros privados, taxis y Uber.

El transmilenio de Bogotá. Foto: espectador.com

Es que cuando se inauguró el Transmilenio (4 de diciembre del 2000), Bogotá tenía poco más de 6 millones de habitantes. Hoy, son casi ocho (algunos bogotanos piensan que, si se cuenta a los venezolanos, son casi diez). Muchos llegaron tras ser desplazados de sus ciudades, por el conflicto armado. Eso me contó un chofer de taxi que me llevaba al aeropuerto. Tenía tiempo de conversar, estábamos atrapados en un embotellamiento. Algo usual en Bogotá, más aún si llueve.

El chofer me preguntó si en Cuba había embotellamientos. Ingenuo. En Cuba, no hay suficientes carros para un embotellamiento. Mientras en Cuba, tener un carro propio es un lujo, en muchas ciudades desarrolladas los carros se han hecho tan asequibles que han terminado por convertirse en un problema, debido a las congestiones en el tráfico y la contaminación.

La solución es, sin duda, el transporte público. Pero no uno ineficiente e insuficiente como el que existe en Cuba. El Transmilenio, con virtudes y defectos, es un ejemplo de lo que puede hacerse en una ciudad sin metro. Pero para ello habría que comenzar por reparar las carreteras, cuyo mal estado es una de las causas de accidentes de tránsito en Cuba.


One thought on “Bogotá sobre ruedas: Crónica de una cubana en el Transmilenio

  • el 1 diciembre, 2018 a las 3:20 pm
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    Precisamente por tener tantos autos han introducido el “pico y placa” para que los autos circulen en dias alternos y tratar de reducir la congestion vehicular, que es agobiante. Por cierto, en Medellin, la segunda ciudad en importancia, hay metro,

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