Béisbol infantil en Cuba: la vida sigue igual

Por Ronal Quiñones

HAVANA TIMES – No es la primera vez que en estas páginas abordamos el tema de la práctica del béisbol en Cuba en las categorías infantiles. Marca dicha actividad la escasa celebración de partidos oficiales y el poco apoyo material que reciben.

A pesar de que se ha dicho muchas veces, por los medios de prensa estatales y no estatales, nada ha cambiado en ese aspecto, como pudimos constatar en una visita a uno de los centros en los que se preparan muchachos de siete a 12 años.

Los entrenamientos son de lunes a viernes, desde las 4.30 de la tarde hasta las siete de la noche, en casi todos los casos, y coexisten en el terreno al menos dos categorías a la vez, porque es en el mismo horario.

Sin embargo, esto último se maneja bien, pues los entrenadores combinan sus planes de trabajo para que mientras uno está sobre el terreno, fundamentalmente para trabajar la defensa, el otro hace prácticas de bateo.

Eso es metodología común también en otros deportes colectivos, porque todos los muchachos salen a la misma hora de la escuela y ese es el momento que tienen para acudir a los entrenamientos. Lo complicado es la celebración de los partidos, pero el fin de semana tienen todo el día y se arreglan entre ellos.

Así funciona todo desde el punto de viste metodológico, y no hay manera de cambiarlo, al menos en estas edades, por el proceso docente. Ya cuando los más capacitados entran en una Escuela de Iniciación Deportiva (EIDE) las cosas cambian, porque al ser el deporte el objetivo fundamental del centro, dedican toda una sesión a los entrenamientos y la otra a las clases.

Lo que no ha cambiado, y debió hacerlo hace tiempo, es la falta de apoyo material para el desarrollo de los talentos en estas edades tempranas.

Ha sido tradición, y desgraciadamente se mantiene, que son los padres los que corren con el mayor peso en el apoyo logístico para la práctica del béisbol en estas etapas, donde el Instituto cubano de deportes (Índer) ofrece un mínimo de recursos, léase pelotas viejas, algunos bates y mallas para las jaulas de bateo, que en su mayoría son improvisadas.

Hasta el mantenimiento del terreno corre a cargo de los padres, que son quienes chapean cuando hace falta, y lo mantienen lo mejor posible para poder jugar allí
.
Reinaldo Ramírez, padre de uno de estos chicos que bajo el sol abrasador intenta convertirse en una estrella futura del béisbol, nos ratifica el sacrificio que implica mantener vivo el sueño de su hijo.

“Yo soy una persona con posibilidades, como se dice, porque tengo un salario bastante elevado, comparado con el resto de los cubanos, y le digo que es muy complicado. Los spikes cuestan 50 CUC, los guantes igual, y los bates y pelotas también son caros. Estos últimos los compramos entre todos, pero son grandes los gastos. Yo he visto, lamentablemente, muchachitos con talento que no siguen porque no pueden económicamente. Los propios profesores, me consta, hacen el esfuerzo y los priorizan, pues saben que tienen posibilidades, pero he visto a varios dejar el deporte, ya que les cuesta demasiado y sus padres no pueden seguir este ritmo”, comentó.

Así se manifestó también Margarita Rodríguez, madre de otro niño. “La gente los ve jugar y entrenar y no se da cuenta de todo lo que eso implica. El hecho de que nosotros estamos aquí todas las tardes no es casualidad. Tratamos de participar y de estar involucrados, pues sabemos que si no es así pueden quedarse cosas sin hacer por falta de recursos. Nunca verás a un profesor pedir nada, pero uno se da cuenta. Para jugar muchas veces somos los padres los que ponemos el transporte. El otro día trajimos viandas para hacer una caldosa mientras ellos jugaban. Eso es bonito, porque fomenta las relaciones entre todos, pero si te pones a pensar es triste también, da la idea de lo desatendidos que están”.

Marlon Hernández, uno de los chicos que entrevistamos, no sabe cómo sus padres le consiguieron el uniforme que tiene su apellido en la espalda, y solamente trata de hacerlo todo bien en el terreno. “Yo quiero ser como Germán Mesa. El profe me dice que tengo buenas manos y fildeo bien, pero quiero mejorar mi bateo para llegar a Industriales y al equipo Cuba.”

Raiko Fernández, de la categoría 11-12, dice que su ídolo es Aroldis Chapman: “Yo quiero ser cerrador, el que viene a sacar los últimos outs y luego queda en la imagen de todo el mundo. Me han explicado que eso todavía no se trabaja a estas edades, en la que todos somos abridores, pero es lo que quiero en el futuro.”

Todos estos niños, con su inocencia natural y sus sueños intactos, no imaginan las noches de desvelo que en ocasiones tienen sus padres para que ellos puedan seguir jugando pelota.
Alcides, que no quiso dar su apellido, nos confesó que comete ilegalidades en su centro laboral para poder conseguir un poco más de dinero y dedicarlo, entre otras cosas, a que su hijo pueda convertirse en un buen cátcher dentro de unos años.

De más está decir que esa es la posición más cara, para no hablar de la más difícil desde el punto de vista deportivo. El receptor, además del uniforme y los spikes, debe tener una buena careta, un peto, una mascota, y los protectores de las piernas, utensilios que de conjunto fácilmente pueden superar los 200 CUC en Cuba, todo un reto para la economía de cualquier padre.

Todo eso, sin mencionar la alimentación que deben tener, y el resto de los gastos que demanda su vida normal y escolar.

Ellos no lo saben, pero muchos son privilegiados por poder estar en el deporte, y por eso tampoco asombra que las captaciones cada vez sean más pequeñas, así como la promoción a las categorías superiores, especialmente en la capital, donde cientos de miles de jugadores aspiran a un puesto en un equipo de 30 integrantes.

La vida sigue igual para quienes quieran tener un hijo pelotero: toca sacrificarse.



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