Una pequeña batalla de ideas contra la violencia (II)

Dmitri Prieto

Marcha en La Habana del 6 de noviembre, 2009.
Marcha en La Habana del 6 de noviembre, 2009.

La congregación no hubiese sido posible si prevalecía la demora cubana habitual, así que hay que decir que fue un éxito gracias a la puntualidad de los asistentes.

Antes de la partida, llegaron al lugar algunas autoridades del Ministerio de Cultura y de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), organización oficial de jóvenes creadores cubanos. No hubo confrontación de ningún tipo, sólo quizás algunas tensiones, sorpresas y torpezas: “¿por qué no nos informaron que lo iban a hacer?”; “¡tengan cuidado, pueden ser manipulados por el enemigo!.”

También estaban algunos blogueros disidentes. Uno de ellos, persona mayor de pelo encanecido que al parecer me conocía de un instituto teológico donde estudiamos, me preguntaba: “¿quién organiza esto? Veo que están la gente del socialismo del siglo XXI; esto debe ser una marcha oficialista.”

Se refería obviamente a Pedro Campos Santos, promotor del socialismo autogestionario, quien había llegado acompañado de unos camaradas.

En medio de esa mini-muchedumbre, que estoy seguro en su mayoría no era ni “oficialista,” ni “disidente,” uno podía disfrutar unos minutos de tensa y al mismo tiempo cordial pluralidad. El personal policial de civil era integrado por jóvenes que sobresalían por sus pelados bajitos, y ocupaban más bien el perímetro del parque.

El espacio se había llenado de conocidos trovadores, raperos, promotores culturales, actores, escritores y artistas de la plástica. No eran personajes “disidentes,” aunque sí la mayoría de ellos portadores de una voz crítica y prepositiva en sus obras. Junto con ellos, muchos muchachos y muchachas adolescentes, estudiantes universitarios, y una minoría de “personas mayores.”

Algunos funcionarios de la AHS se mezclaron alegremente con los “peregrinos.” No se trataba de un ambiente hippie, ni freaky, ni emo; las subculturas estaban subrepresentadas’. La diversidad era ostensible pero al mismo tiempo se sumía en la buena onda y el consenso. Estábamos aprendiendo a ser plurales, pero no promedio, sin dejar de ser normales.

Porque a pesar de la capacidad de “epatar” al público habanero, la caminata fue obra de gente normal, jóvenes la mayoría, vistiendo la ropa cotidiana de cubanos y cubanas de a pie. No hubo payasadas. Íbamos con carteles que decían “súmate” y “No + Violencia.”

A pesar de lo extraño del suceso, la mayoría de las personas del entorno mantuvieron una actitud tranquila ante la caminata, con algunas de ellas hubo diálogos interesantes. Se cantaban canciones de Silvio Rodríguez, de John Lennon y de Los Van Van. Íbamos dispersos, no en columnas, filas o hileras. Como unos transeúntes que van todos a tomar el mismo ómnibus.

Fin de la marcha.
Fin de la marcha.

La alegría casi eufórica fue un elemento clave en toda la movida. Después, algunos me comentaban que en ese tipo de acciones se necesita una preparación práctica y espiritual previa. Es verdad: el balance real era frágil, y a causa de esa fragilidad la caminata constituyó un gran atrevimiento. No tenemos la cultura de organizar marchas “desde abajo.”

Pero esta vez las fuerzas de seguridad nos acompañaron de manera ostensible y disciplinada, por fuera de la acera, como protegiendo y al mismo tiempo delimitando espacios. Recuerdo por un instante a los “bobbies” ingleses, de aquella gran marcha londinense contra la guerra en la que participé hace ya dos años y desde la cual vi por primera vez el Big Ben; allá también había que cruzar calles y parar el tráfico.

La presencia de fuerzas de orden posee un sentido de ambivalencia en acciones de ese tipo. No sabíamos todavía que varias personas fueron impedidas a participar. Por otra parte, la condición tácita de participación –reconocida también tácitamente por los agentes- era la no-beligerancia, entendida como renuncia a las consignas políticas explícitas.

Unos amigos sacaron un cartel de “socialismo autogestionario,” pero fueron persuadidos fuertemente por los propios “peregrinos” a retirarlo. Al inicio, recíprocamente, funcionarios de la AHS me advirtieron sobre el peligro de que los “derechistas pudieran ponerse a gritar consignas contrarrevolucionarias.” Tal cosa sin embargo no sucedió.

Esa indefinición, ligada con acometimiento (commitment) en el riesgo, daba a la peregrinación una tónica especial, la dotaba del sentimiento –para mí inconfundible- de un momento de revolución como creación radical de prácticas sociales. Parecía que en cierto sentido la peregrinación lograba un éxito, pero quedaba claro que las cubanas y los cubanos debemos apurarnos para ponernos a la altura de la praxis cívica que poco a poco aprendemos a hacer por nosotros mismos.

Después de la recurva de la peregrinación por la calle 23 a su punto de partida, comenzaba la peregrinación a los abismos nuestros. La peregrinación contra el miedo interior, acompañada misteriosamente del “profundo estupor ante la dignidad del ser humano.” Luchar contra la violencia es ser poeta en la creación de una sociedad planetaria mejor. Pero se comienza por lo más cercano del ser social: por uno mismo.

Dimitri Prieto-Samsonov

Dmitri Prieto-Samsonov: Me defino por mi origen indistintamente como cubano-ruso o ruso-cubano. Nací en Moscú, en 1972, de madre rusa y padre cubano; viví en la URSS hasta los 13 años, aunque ya conocía Cuba, pues veníamos casi todos los años de vacaciones. Habito en un quinto piso de un edificio multifamiliar, en Santa Cruz del Norte, cerca del mar. Estudié Bioquímica, Derecho (ambas en La Habana) y Antropología (en Londres). He escrito sobre biología molecular, filosofía y anarquismo, aunque me gusta más leer que escribir. Imparto clases en la Universidad Agraria de La Habana. Creo en Dios y en la posibilidad de una sociedad donde seamos libres. Junto con otra gente, en eso estamos: deshaciendo muros y rutinas.



Un comentario sobre “Una pequeña batalla de ideas contra la violencia (II)

  • Dimitri fue una buena apertura a la pluralidad. Te escribo esto a pesar de mi desconfianza al triunfalismo y a su vez confiando que si la alegría de esta puerta abierta permanece es que ella da a buen camino. Porque la alegría es buen amparo y da dulces frutos confío en ella. Seguro habrá que aprender a organizarse desde abajo, pero es práctica provechosa de vez en vez olvidar posiciones y cantar en grupo. Hay que contar con que en cualquier coro humano hay gente que desafina, gente que no ama la música, gente que canta por puro oficio, gente que esconde en los coros su voz por miedo o desconfianza, y los que defienden las viejas formas de cantar por las razones que sean. Pero es humana necesidad y humana bendición cantar. Me gustó su canto. Sigan entonandolo cada vez mejor.

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