Los que podían morir

Por Pedro Campos*

Escena de La Habana Vieja. Foto: Caridad

HAVANA TIMES, 18 abril — En la televisión cubana, se pasa en estos días  la serie “El que debía vivir,” relativa a los muchos atentados sufridos por el compañero Fidel en su vida revolucionaria. Su vida, como la de Raúl y la de otros dirigentes de la revolución, siempre fue y tendrá que ser un desvelo de nuestros órganos de la seguridad.

En Cuba, como en todas partes del mundo, los líderes políticos y sobretodo los que llegan a ser emblemáticos, están a expensas de atentados, secuestros, etc. Los Presidentes norteamericanos tienen para su seguridad el “Servicio Secreto,” que les protege de por vida.

Pero muy especialmente ha estado siempre en peligro, la vida del líder de la revolución que retó directamente al más grande y poderoso imperio de todos los tiempos y que ha pretendido construir una nueva sociedad a solo unas pocas millas, en una hermosa isla que los millonarios norteamericanos tenían, cada vez más, como paraíso de descanso y diversión.

El Jefe de la Revolución cumplirá 84 años el próximo agosto, gracias no solo a los médicos y para-médicos que le cuidan, sino también a esos muchos bravos. Los que podían morir para garantizar la vida de El que debía vivir, entre los que se encuentran nuestros 5 compañeros presos en EE.UU., otros que también ocupan celdas en cárceles norteamericanas  por las mismas razones, los que murieron –descubiertos- a manos del enemigo y otros muchos que sobrevivieron o no a los combates, guerras agónicas-prolongadas-complejas- interminables, debería decirse, que no por ser con métodos clandestinos eran menos mortales y peligrosas.

De ellos, que nunca usaron uniformes, grados militares ni condecoraciones en sus pechos, poco se sabrá siempre, aunque las páginas heroicas que escribieron y escriben, luego bien guardadas, quemadas u olvidadas, sean parte sustancial de los cimientos de esta revolución que sigue en pié de lucha por el futuro.

Conocí, por razones de mi trabajo en el servicio exterior, a algunos de esos compañeros, la mayoría capaces, anónimos, entrenados, estudiosos, auto-disciplinados, fieles, humanos, humildes, modestos, revolucionarios hasta los tuétanos, que han dedicado sus vidas, o los mejores años de ellas, a trabajar acá y allá y más allá, donde quiera que haya hecho falta, en las complicadas tareas por preservar la vida de los dirigentes de la Revolución, muchas veces exponiendo las suyas.

Los conozco, que luego de muchos años de servicio y de enfrentamiento directo con el enemigo, viven muy modestamente, como cualquier otro jubilado, trabajando en lo que puedan, teniendo que vender a veces los cigarros y el café de la bodega para comprar jabón o detergente, pero siguen -fieles a los ideales por los que lucharon- ya viejos y enfermos, colaborando –a su manera- en las actividades de los CDR, en los núcleos zonales del partido, en las asociaciones de combatientes, preocupados por el futuro, cuyas alegrías mayores se relacionan con la satisfacción del deber cumplido en la esperanza de que la Revolución y el Socialismo avancen y se consoliden.

Para Los que podían morir, pero siguen vivos, podrá haber series como En silencia ha tenido que ser, pero nunca documentales que los reflejen con nombres y apellidos,  no creo tampoco que a ellos les interese, pero quizás sin proponérselo, la serie El que debía vivir, nos trajo al recuerdo también a Los que podían morir, esos otros que con sus esfuerzos, inteligencias y sacrificios hicieron posible la neutralización de todos esos atentados.

A los pocos que conocí, a los muchos que nunca supe quiénes eran, a los que fueron, a los que siguen, a los siempre sin rostro y sin nombre y especialmente a Antonio, Fernando, Ramón, René y Gerardo llegue el sencillo homenaje de estas pocas líneas.

*Articulos de Pedro Campos se puede leer en el SPD bulletin.

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