El “socialismo de estado” es un oximoron

Por Pedro Campos

Que Fidel diga ahora que lo interpretaron mal, no elimina lo que casi todos los cubanos y la mayoría de los terrícolas sabemos: el “socialismo de estado,” en todas sus variantes nacionales, sustentado en la propiedad del estado, el trabajo asalariado y la centralización del poder económico y político, en verdad un capitalismo monopolista de estado disfrazado y administrado por un partido, ha fracasado en Cuba y dondequiera que se ha intentado.

Esto por la sencilla razón de que es un oximoron –un contradictio in terminis- una negación en sí mismo: el socialismo conlleva la acción conciente de los revolucionarios, los trabajadores y el pueblo a favor de la extinción del estado y no de su magnificación,  junto a la  abolición del trabajo asalariado.

El estado, con sus aparatos burocráticos, como institución supraestructural, -cuando el objetivo es avanzar hacia una sociedad nueva, distinta a la del capitalismo, socialista, donde los trabajadores  se autoorganicen como poder efectivo y real, para producir y gestionar la sociedad-, empezaría naturalmente a perder las funciones de control económico, político y social que por siglos le han venido otorgando las clases hegemónicas para garantizar sus intereses. Tales funciones serían pasadas paulatinamente a los colectivos laborales y sociales para dejar de ser acciones propias de aparatos especializados centralizados “colgados del cielo,” como escribe el amigo Malime.

El socialismo es el camino hacia la desaparición de las diferencias de clases y de las clases hegemónicas, a la plena libertad del individuo, a la verdadera igualdad que no igualitarismo, al ejercicio pleno de la integración armónica de los seres humanos con la naturaleza y no al predominio de intereses de instituciones clasistas sobre ambos. Es el paso de la prehistoria a la historia. Si se hace algo diferente, póngasele otro nombre.

Foto por Ihosvanny

Para que el socialismo llegue a triunfar algún día en la tierra, parece ser una precondición que los revolucionarios, los trabajadores, la izquierda en general y los pueblos, acaben de comprender que aquello que se le llamó socialismo en el siglo XX o “socialismo real,” eso que  -con sus variantes específicas- todavía tenemos en Cuba, nunca pasó de las buenas intenciones y algunos logros sociales, pero jamás llegó a serlo.

Igual, seguir insistiendo en que no se pudo porque el “imperialismo no nos dejó,” es aceptar de antemano la victoria estratégica del capitalismo, reconocer su superioridad y escamotear la verdad histórica sobre el carácter neocapitalista de los regimenes que en nombre del socialismo, han intentado sociedades autocráticas, estatalistas y buro-burguesas. Tras ese derrotismo se esconden la ignorancia, el oportunismo y la traición.

Otro modelo Cubano

El socialismo se trataría de un proceso, que no se lograría de una vez,  con dinámicas propias, resultante del influjo creciente de las nuevas relaciones de producción libremente asociadas,  cooperativas/autogestionarias, caracterizadas por la propiedad o el usufructo colectivo, la gestión democrática y la repartición equitativa de los frutos comunes del trabajo, que los estatalistas en todas partes siempre han resistido.

Los que hablan de que el fracaso del “socialismo de estado,” ese que nunca fue, es el fracaso del colectivismo, obvian premeditadamente que en tal sistema no ha existido predominio alguno del colectivismo, sino más centralización económica y política, incluso que en el capitalismo clásico, solo que con un intento de política distributiva social, dando lugar a una contradicción flagrante entre medios y  fines.

En cambio, el verdadero colectivismo, -y no me refiero todavía al socialismo-,  está triunfando incluso en el propio seno del capitalismo moderno, con el amplio desarrollo de las cooperativas, sistemas mutuales, cajas comunes, muchos pequeños negocios familiares y otras formas autogestionarias que, aún inmersas en medio de la crisis actual del sistema capitalistas, resisten exitosamente su impacto como no logran hacerlo las grandes empresas tradicionales que funcionan sobre la base del trabajo asalariado.

Los capitalistas interesados en continuar como clase hegemónica han tenido que ir modificando los términos de la explotación, dando alguna participación a sus empleados en  acciones, por ejemplo, la primera forma de descomposición del Capital, según Marx. Los trabajadores cansados de ser explotados, buscan cada vez más salidas individuales, familiares o cooperativas: formas de trabajo libremente asociadas.

Mientras predominen las formas asalariadas de explotación, sean por capitalistas privados o por el estado poseedor, las clases hegemónicas, los capitalistas y la burocracia respectivamente, precisarán de aparatos supraestructurales especializados (gobiernos, leyes, policía, ejército, controladores fiscales, etc.) para preservar sus intereses de las protestas y acciones de los trabajadores que ellos explotan.

Es lógico: mientras el socialismo no alcance a ser un sistema predominante a escala planetaria, las revoluciones -sean violentas o pacíficas- tendrían que desarrollar mecanismos propios de defensa frente a los intereses imperialistas internacionales; pero los propios de estas nuevas formas de producción como las milicias para la defensa colectiva y en situ (se intenta algo parecido con las MTT y las zonas de autodensa), la democracia directa, los presupuestos participativos, el autoabastecimiento alimentario, los poderes municipales autónomos y democráticos, la planificación democrática y otros.

Regreso a lo básico

El “obrerismo” -como bien lo denomina mi amigo Ramón García-, típico de los partidos comunistas tradicionales, al llegar al poder nunca se propuso cambiar las condiciones asalariadas del trabajo, por las libremente asociadas preconizadas por marxistas y anarquistas para el socialismo, y al mantener a los trabajadores sometidos a ese sistema de producción, reprodujeron  -en diferentes variantes- los esquemas del estado burgués, obviando todas las experiencias de la Comuna de París.

Como la producción y su organización es el centro de vida de las comunidades, para que los trabajadores puedan constituirse en poder efectivo, lo primero sería que ellos fueran los que decidieran en concreto en cada centro de producción o servicios, qué, cómo, cuánto y para qué se produce, lo que daría un nuevo sentido social a la propiedad y la producción misma, e implicaría la socialización de la apropiación, el camino a la superación de la contradicción fundamental del capitalismo entre la apropiación cada vez más privada y la producción cada vez más social.

En otros artículos se ha explicado a partir de las leyes de la economía regida por el trabajo asalariado, que la ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia, que lleva a las crisis de superproducción en el capitalismo por la paulatina concentración de la inversión en medios de producción en detrimento de la inversión en fuerza de trabajo, se hace mucho más patente en el capitalismo monopolista de estado –subyacente en el “socialismo de estado”.

Esto, por su necesidad de desarrollar amplios aparatos burocráticos para el control sobre los medios de producción y sus trabajadores asalariados, y por sus políticas paternalistas igualitarias de grandes subsidios, que llevan a enormes gastos, los cuales solo pueden salir de deprimir los salarios de los trabajadores productivos y la descapitalización de las empresas estatales menos “productivas” que no reciben medios para ampliar su mantenimiento y menos para ampliar su reproducción (lo que pasó con la industria azucarera por ejemplo); solo que acá las crisis que engendra es de sub-produccón.

No funciona

Al disponer cada vez de menos salarios, los trabajadores pierden interés en trabajar para el capitalismo estatal, lo que desestimula a la producción, lleva a los desvíos de recursos, la destrucción de las fuerzas productivas, la inestabilidad en la fuerza de trabajo, su traslado a sectores mejor pagados, a la desprofesionalización, a la emigración de los jóvenes y profesionales y demás degeneraciones bien conocidas por todos, cuya responsabilidad los burócratas insisten en endilgar a los trabajadores y su falta de “conciencia socialista.” No sé cómo podría adquirirse “conciencia socialista” siendo explotado en forma asalariada y arriba mal pagado.

No funciona, no puede funcionar un sistema que no es capaz ni de pagar a los trabajadores el costo de su fuerza de trabajo. Y no estoy diciendo nada que no haya dicho el propio Presidente Raúl Castro al reconocer que los salarios no satisfacen las necesidades de los trabajadores, solo que aquí estamos tratando de encontrar una explicación científica, más allá de enunciar el problema.

No se trata, como pretenden algunos defensores del sistema estatalista, de denigrar la Revolución Cubana, el socialismo, ni nada por el estilo. Mientras no se tenga plena conciencia del error, no se corrige. Se pretende explicar la improcedencia de seguir amarrados a un sistema improductivo, depredador de los seres humanos y del medio ambiente y generador de todo tipo de desviaciones, que está destruyendo las fuerzas productivas del país, impulsando a nuestros jóvenes talentos y profesionales a emigrar, envejeciendo nuestra población, que está generando diferencias sociales abismales y degradando los valores históricos del socialismo pensado por los grandes humanistas de todos los tiempos.

Mal que guste, el estatalismo cubano, es rechazado por las mayorías de las izquierdas latinoamericanas. Hace rato somos ejemplo de sistemas educativos y de salubridad para todos, al estilo de las sociedades de bienestar típicas del capitalismo desarrollado, aunque con innumerables deficiencias y una economía incapaz de sustentarlos, pero muy lejos en todas las otras aspiraciones que pueda tener un pueblo que hace 50 anos vive bajo un régimen denominado socialista.

El pueblo cubano, en su mayoría, está cansado ya de promesas, quiere vivir hoy, ya. El futuro es hoy mismo, se hace día a día, o es un embuste. El capitalismo “brillante” que nos llega del Norte, ha cegado ya las mentes de muchos cubanos y de no pocos burócratas, por culpa del propio sistema estatalista improductivo, negligente y fracasado, de ese “socialismo”  que nunca ha sido, el  cual cuenta cada vez con menos adeptos. Nuestra economía no puede estar más deteriorada. Nuestros fiadores internacionales o no tienen más para darnos o no quieren prestarnos. El bloqueo imperialista se ha aflojado, pero sigue presente en sus peores consecuencias.

Esperando el turismo norteamericano

Foto por Caridad

Algunos entienden las declaraciones de Fidel a The Atlantic, sobre Irán y el holocausto, como un giro en busca de apoyo del gran lobby judío internacional para el allanamiento a unas buenas relaciones de todo tipo con EE.UU.  La burocracia que controla el turismo explotado con trabajo asalariado, se hace y crea ilusiones, pensando que va a conseguir el beneplácito del imperio. Lo que haga el Tío Sam será para engullirnos.

Esperando que se permita a los norteamericanos viajar e invertir libremente en Cuba, según distintas informaciones, se reacondiciona el aeropuerto de La Habana para recibir cientos de miles de turistas norteamericanos, se acelera la construcción de paraísos turísticos en nuestras costas, se proyectan campos de golf y residenciales aledaños para millonarios, se readaptan instalaciones portuarias para recibir turismo de cruceros, ferris (con autos de los turistas) y yates con todas las implicaciones que esto tiene, especialmente para el medio ambiente y la despriorización de los desarrollos autónomos agrícolas, artesanales y poblacionales, áreas donde las leyes y regulaciones abusivas del estado, aún con leves movimientos en esa dirección, siguen dificultando el desarrollo comunitario, autogestionario, cooperativo e individual, el sector propiamente socialista de la economía.

Los que promueven esta invasión de turistas y dinero del Norte, ¿tendrán idea de todas sus consecuencias económicas, políticas, sociales y ecológicas?

Si los medios y los fines, tienen alguna relación, los medios priorizados donde se está concentrando la inversión para el “desarrollo,” no tienen nada que ver con el socialismo. Sería en el área propiamente socialista de la economía, ahora  despriorizada, donde habría que concentrar la inversión. ¿Alguien pudiera decir con exactitud cuánto invierte el estado en el desarrollo de sistemas cooperativos y autogestionarios y cuánto en preprarse para recibir turismo norteamericano? Esa diferencia indica el sentido de sus políticas.

Son tiempos de definición. La burocracia cubana decide claramente cambiar el modelo obsoleto de productivismo estatalista asalariado fracasado y avanzar hacia un socialismo más participativo y democrático que garantice el autodesarrollo de las comunidades y la producción de alimentos y bienes necesarios racionales para la población, o terminaría, como todas las burocracias “socialistas,” buscando la ayuda del capital internacional, aliándose al mismo y entregada a sus brazos para poder sobrevivir. La burocracia tiene dos caminos: se diluye en el pueblo compartiendo el poder con los trabajadores, o se mezcla con el capital extranjero, que en nuestro caso, no somos China ni Rusia, terminaría devorada.

Me niego a creer que eso último sea lo que desean Fidel y Raúl.

En Cuba, con nuestra situación actual, sin haber consolidado nuevas relaciones de producción, sin haber logrado una conciencia socialistas generalizada y dada nuestra historia, nuestras tradiciones, nuestra idiosincrasia y nuestras cercanía al imperio,  buscar la “salida socialista”  en ese tipo de relación mercantil y no en los procesos autónomos y comunitarios, sería como tender un puente para la penetración económica, política, social y de inteligencia del imperialismo, plagado de peligros anexionistas.

Nota. Se recomienda revisar un artículo del autor escrito en Agosto del 2007

Alerta Cuba: EE.UU. puede cambiar su táctica política, no sus fines estratégicos http://www.kaosenlared.net/noticia/alerta-cuba-ee.uu-puede-cambiar-tactica-politica-no-fines-estrategicos


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