Vacaciones diferenciadas en la Cuba de hoy

Por Yudarkis Veloz Sarduy  (Progreso Semanal)

En una playa de Cuba.

HAVANA TIMES — En Camagüey el mar nos quedaba lejos, por eso cada verano era una aventura planificar el viaje, cocinar la noche antes o durante la madrugada, e irse a las cuatro de la mañana a esperar la guagua que recogería la euforia de aquello que se usaba siempre:

-¡¿Para dónde van?!

-¡¡¡PARA LA PLAYA!!!

-¿De dónde vienen?,

-De la playa

Hoy la gente sigue yendo a la playa. Todavía habrá algún kamikaze que se espante las dos horas en camión —porque ya las guaguas están más bien extintas—, pero ya son cada vez más los que se pagan aproximadamente 200 y pico de CUC por tres días con dos noches en algún hotel de los que antes, en los noventa, mirábamos con arrobo pues eran solo para extranjeros.

También ya hay algunos que se planifican para en estas o en las otras vacaciones montarse en uno de esos cruceros que nos engolosinan cuando pasamos por la habanera Avenida del Puerto. A la niña de al lado de la casa de mi madre le regalaron por sus Quince pasarse dos meses en Nueva York. Y Ana y Héctor se irán a hacer canopi a Viñales, y Alejandra y José llevarán a Víctor a recibir sus primeras clases de parapente.

Las vacaciones son un medio excelente para superar la ansiedad y dejar atrás tensiones estresantes. Para ello, el destino que se elija debe ser adecuado. Hasta principios del siglo xx era común que los médicos escogieran cuidadosamente las vacaciones para sus pacientes, como se hace en general con los medicamentos. Y hoy lo común es que luego del regreso haya casi que acudir al médico porque la gente quiere más de ese estado de enajenación o porque “¿y ahora cómo recupero todo lo que gasté?”

Lo bueno de antes era que éramos pobres TODOS, y los que no lo eran tanto tampoco tenían cómo marcar las diferencias. A Sahily el universo le otorgó un viaje a Guamá después de tanta visualización creativa embobecida ante un afiche que había en la casa de sus abuelos. A los veintiséis años conoció a un extranjero que le preguntó “¿A dónde quieres que te lleve de vacaciones?” Y tomó la lancha rápida para atravesar La Laguna del Tesoro, y comió cocodrilo por primera vez, y se quedó de una pieza cuando vio lo que el gallego pagó.

Frank y Odalys ya se compraron por fin el terrenito, y este julio van a sembrar los cimientos. Por suerte Frank sabe bastante de albañilería, pero habrá que recuperarse un poco del bolsillo antes de ir haciendo lo demás. Quizá vayan un día a Guanabo en el tren que pasa por Guanabacoa —a los niños les gusta— y luego regresan en la 400, que no se pone tan mala si salen más temprano.

La Oficina del Historiador mantiene su iniciativa de Rutas y Andares. Te llevan a pasear con guía por la ciudad, y te señalarán que aquel edificio, hoy Hotel Manzana —donde un par de zapatos barato cuesta 300 cuc—, fue la famosa Manzana de Gómez, y el guía estirará el brazo solo lo suficiente, porque allí no podrá usted tomarse una limonada, pero señalará imperioso el Museo Nacional de Bellas Artes, al frente, donde entre, por favor, aunque todas las piezas allí expuestas lo miren con ganas de decirte Sé lo que hiciste el verano pasado.

También tenemos los Campismos Populares, remozados la mayoría, es cierto, con variadísimas ofertas que incluyen pista de baile con regguetón y “Esto está muy bueno”, dice la familia cubana a la que le ponen un micrófono y una cámara delante y todo lo ve en colores. Y están también los parques de diversiones donde la mitad de la jornada te cuesta una laaaaarga cola para comprar los tickets para los aparatos, y otra laaaarga cola para los tickets que te dan derecho a las otras colas donde se venden las chucherías.

Antes jugábamos al Monopolio o el Parchís y la Dama, y el Ajedrez de las calurosas tardes en el vecindario, cuando quienes se quedaban a nuestro cargo gritaban que nos estuviéramos tranquilos ya o nos acostarían a dormir la siesta. Y siempre había alguno que prestaba la sala de su casa y la única videocasetera del barrio para acallar el retozo y la algarabía.

Éramos más pobres —o no sabría si es correcta mi enunciación—, nos sabíamos muy bien aquello de “Los días de vacaciones se aprovechan, cada cual se divierte a su manera…”. Y cuando regresábamos cada septiembre a la escuela todas las tareas de Español-Literatura se llamaban “Un día en la playa” o “Un paseo por el campo”, y hasta podíamos leer todos a coro, porque la media era lo mucho que nos divertíamos a pesar de que bien que hubiéramos podido reciclar la parrafada del curso anterior.

Hoy prefiero pensar que ya no hacen esos ejercicios, me aterra imaginar a Juanito contando lo negro que se puso en la piscina del Comodoro, o a Cheyla describir la sensación que le provocó la piel de los delfines con los que se bañó en Varadero mientras Jean Carlos defiende su mochilita sin artificios de Power Rangers con el argumento de que tiene un bolsillo más que las tan a la moda, o Carla llega lloriqueando a su casa porque como siempre no tuvo nada que contar.

Me horroriza que el viaje a Nueva York de la vecinita de mi madre, en vez de arrancar un texto literario a la altura de aquel cinematográfico de Jim Jarsmusch en su Permanent vacations, propicie una lista pedante de squares, buildings y avenues. Me angustia que no se puedan leer a coro las tareas de Español-Literatura porque habrá voces engordadas en los All inclusive de hoteles de 30 cuc la noche (750 pesos cubanos, el salario medio de muchos cubanos de dos meses) y otras no.

Hace tiempo que somos desiguales, muy marcadamente desiguales, y esa no sería noticia para ningún periódico si el sistema que sustenta este país no estuviera basado en el “Con todos y para el bien de todos” que soñó Martí. A veces pienso en el tiempo en que TODOS éramos mataperros y a nuestros padres no les dolía la cabeza pensando de dónde sacar el dinero para igualarnos en pertenencias y lujos. Antes lo más notable era que un niño del resto de las provincias viniera a la capital, y ya nadie hace el chiste de  “¡¿Para dónde van?! ¿De dónde vienen?”, quizá porque el calor nos ha hecho olvidar aquel tiempo en que éramos tan pobres y tan felices, cuando Cuba era una fiesta apegada a su convicción.

Así me pasa cuando veo ostras en Galerías Paseo y mucho me gustaría darme el lujo, pero como el 90 % de la gente gasto mis ahorritos en el aceite, el detergente y el puré de tomate, y sigo con la vista a aquella señora que sí abre la nevera y saca tres o cuatro paquetes, los pone en una de sus cestas y se dispone a comprar un Toblerone, que el chocolate es también un medio excelente para superar la ansiedad.


4 thoughts on “Vacaciones diferenciadas en la Cuba de hoy

  • el 26 julio, 2017 a las 8:23 am
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    Tanya, yo no coincido con usted, con el mayor de los respetos. No conozco a la autora pero me pareció muy honesto su post (valorable en tiempos en los que semejante virtud escasea). Me da la impresión de que hay una fina ironía en la manera en que relata su mundo interno y el recorrido que hace desde lo emocional, que para mi no tiene otro objetivo en este caso que la denuncia. No relaciono el artículo con un lamento resentido, que sí tendría sentido si estuviese hablando de cualquier otro país normal. Pero oh sorpresa, habla de Cuba: imposible que aplique la misma lógica. Estamos ante la presencia de un modelo de país que no es ni lo uno ni lo otro y reúne lo peor del capitalismo y del sistema opuesto. La gente no hay ni que decirlo está a la buena de Dios desde lo psicológico, estructural, institucional, económico..y la lista sigue. Excelente post!

  • el 25 julio, 2017 a las 9:29 am
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    excelente respuesta suya a esta nostalgia a la pobreza. Pero ademas es un articulo tremendamente superficial. Tal parece que la autora prefiere que todos sean pobres y mira con cierto desden a los que tiene dinero. Es un aberracion total. Siempre hubo hijos de papa y mama y diferencia de clases, pero la propaganda acabo con el discernimiento. A mi me gustaria, me parece mas fructifero ( en vez de anorar un pasado mentiroso y pobre) anhelar un futuro donde cada cual con su trabajo JUSTAMENTE remunerado pueda irse de vacaciones a donde quiera y pueda.
    Por otra parte no me queda claro que los cubanos puedan embarcarse en un crucero porque el gobierno cubano no permite a los residentes montarse en barcos. Si cambiaron ese decreto no lo escuche

  • el 25 julio, 2017 a las 2:57 am
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    Me horroriza esta melancolía por unas vacaciones pobres, subsidiadas por la exURSS en la que la mayoría eramos más iguales en la pobreza. Las desigualdades son galopantes en la Cuba de hoy, pero eso no tiene que ver con los cambios sino con las políticas públicas en todos los sectores que son erráticas y culpa de un gobierno incompetente.
    Los dirigentes siempre tuvieron muy bien escondido vacaciones estupendas subsidiadas o gratis, mientras nos montábamos a las cinco de la mañana en algún camión para ir a la playa.
    Aspirar a la igualdad en la pobreza es parte del daño antropológico que han sufrido los ciudadanos de varias generaciones. El socialismo soviético cubano ha sido eso: un mal repartidor de pobreza y lo seguirá siendo. No hay ninguna señal de cambio ni en la incompetencia ni en el inmovilismo.

  • el 24 julio, 2017 a las 6:42 pm
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    Yudarkis, las diferencias siempre existieron, solo que antes eran más veladas, hoy son “a la cara”; el capitalismo tropical que se está cocinando en nuestro país es más feroz que el otro (el malo, el de “afuera”). Nunca olvidaré en los duros 90 un día que fuí al supermercado de 70 a comprar unos tres jabones (mi bolsillo no daba para más) para llevarlos a un amigo que estaba muriendo de cáncer, delante de mi una señora se gastó unos 120 “fulas” como si tal cosa con su carrito repleto de cosas, y esa historia mía fue y es la de millones de cubanos que no fueron agraciados con un pariente en la yuma o un buen empleo o negocio. Hoy donde vivo invariablemente paso mis vacaciones (con mis ahorros de simple trabajador, que no soy rico) en algún lugar turístico e invariablemente recuerdo que en Cuba jamás lo pude hacer. Saludos.

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