Una libertad que nos falta a todos

Por Verónica Vega

Graffiti Canales, de Yasser Castellanos. Parque de los Guagueros en Alamar, fotos de Roberto Ruiz

HAVANA TIMES — Una reciente y espantosa crisis de la cervical me llevó a tomar conciencia de las largas horas que paso sentada frente a mi laptop en una postura inorgánica y nociva. Y de que he olvidado esa libertad básica que creía haber recuperado a finales de los años 80, cuando descubrí la danza (o ella a mí), impulsada por la autobiografía de Isadora Duncan.

Esta mujer excepcional afirmaba que la civilización moderna atrofia la necesidad natural del ser humano de moverse, de explorar el espacio con su cuerpo en una relación lúdica que no sólo deriva en beneficios corporales sino también psíquicos.

Basta observar los movimientos que hacemos en nuestra rutina diaria: levantarnos, casi siempre abruptamente, apremiados por estresantes compromisos, sin siquiera estirar nuestro cuerpo como tan sabiamente lo hacen los gatos, y ahí empieza la carrera contra el tiempo.

Si trabajamos en una oficina o atendiendo al público, las opciones son permanecer sentados o de pie. Y el viaje de ida y vuelta que hacemos (la gran mayoría en guagua), nos ofrece las mismas alternativas. Los niños y adolescentes en sus escuelas están sujetos a idénticas restricciones.

Incluso los que laboran en fábricas o en el campo, o los que cargamos con la impertérrita inercia doméstica, mantenemos posturas más o menos limitadas donde el cuerpo no puede extenderse a plenitud,  replegarse o buscar variantes de movimiento por el mero disfrute de reconocerse.

Recuerdo cuando, bajo el influjo de mis clases de danza, a veces caminando por la calle sentía el impulso de danzar y lo hacía, afrontando el riesgo de la incomprensión (o el choteo). ¡Cuánto extraño ahora mismo esos tiempos!

Me sentía como esa expresión que alguien dijo al ver danzar a la propia Isadora: “…una niñita bailando en la primera mañana del mundo…”  Era la libertad de la inocencia.

Los bailes que la sociedad genera y desarrolla están condicionados por específicos ritmos y tendencias de turno, que ignoran las necesidades intrínsecas del cuerpo y aún más las individualidades.

El ballet y la danza como arte mismo tampoco escapan a los conceptos del coreógrafo y a ciertos patrones de movimiento. Estudiosos del tema como el húngaro Rudolf von Laban descubrieron principios un poco más autónomos en las danzas rituales.

Recuerdo que una vez vi bailar a un loco en el Malecón habanero. Sin música. Se movía con una libertad y una alegría que, confieso, no he visto jamás en nadie.

Siempre percibo en la gente que baila (además de las pautas del ritmo) una sensualidad casi uniformada y el tácito imperio de la vanidad y/o la competencia.

Los que creen liberarse mediante el estímulo del alcohol o las drogas están confinados a estas sustancias por las que deben pagar con dinero y daños a su metabolismo.

¡Cómo quisiera que aunque no tengamos la coherencia de defendernos de los controles políticos (el totalitarismo o la “democracia” del primer mundo con otras formas de esclavitud), la humanidad toda descubriese de pronto la necesidad de moverse y danzar, en cualquier parte, con esa libertad mínima que también nos hemos dejado arrebatar!

Un performance mundial de inocencia que haría tanto bien a niños, adultos, ancianos… A los civiles, los militares… Y también a los gobiernos.

One thought on “Una libertad que nos falta a todos

  • Lame…

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